PREVENIR Y ACTUAR MÁS QUE CURAR
Por Fernando De Salas López, miembro de la Real Academia de Doctores de España (RADE)
Anabela Carrión (Viajar) | Martes 21 de octubre de 2014
Veinte días después de aparecer mi anterior artículo en este mismo medio: “El Ejército contra la Naturaleza Agresora”, se han producido seísmos o terremotos, “Ejércitos de la Naturaleza Agresora”, que se prestan a algún comentario, pues los Desastres Naturales no cesan de desconcertarnos, ni Naciones Unidas de perfeccionarse para paliar sus dañinos efectos. Acuden en último extremo a la ayuda de los “Ejércitos tradicionales de los Estados”, por ser un Cuerpo disciplinado que puede enfrentarse, de alguna manera, a las repentinas acciones de la Naturaleza. La Unidad Militar de Emergencias (UME) española es un buen ejemplo. Inicialmente, quiero señalar que la Naturaleza no se presenta ante los hombres como “agresora” de los humanos, pues le falta “intencionalidad de agredir”, de causar daño. La Naturaleza realiza todas sus acciones buscando su “propio equilibrio”, que requiere procesos de actividad permanente. Son los “efectos naturales” que nos causan daños y destrucciones, los que podemos, indirectamente, calificar de “agresores”.
Los terremotos o seísmos que se han producido en esta veintena han sido de no máxima intensidad y afortunadamente con pocas bajas humanas, pero sí con grandes destrucciones materiales. Ocurrieron en México, Nicaragua y Chile. En México, en Técpan de Galeana, el viernes 18 de abril de 2014 a las 9:27 (hora local), tuvo lugar un terremoto de magnitud 7,5 en la escala de Richter. El Coordinador de Protección Civil señaló que no hubo bajas mortales, pero sí derrumbes y cortes en el servicio eléctrico. Se produjeron 15 réplicas en hora y media.
En Nicaragua tuvo lugar, el jueves 10 de abril a las 23:07, un terremoto de magnitud 6,2 en Managua. Dejó dos bajas mortales, miles de damnificados y casas derrumbadas, además de abrir una grieta, o “falla geológica”, de 20 kilómetros de longitud.
Chile es territorio de seísmos o terremotos que son de dos clases: los denominados temblores, o simples estremecimientos, o sacudidas, que solo producen sobresalto y turbación en la población y destrucciones de infraestructuras. Y los grandes terremotos de alta graduación en la escala de Richter y que también causan maremotos o tsunamis y mayores destrucciones. Pero los dos exigen proteger a la población con medidas de evacuación, que conlleva el abandono de sus hogares y no pocos sufrimientos físicos y psíquicos de hombres y mujeres.
El 1 de abril de 2014, un terremoto de magnitud 7 en la escala de Richter sacudió la ciudad de Iquique. Causó cinco muertos y se llevó a cabo una evacuación preventiva en la zona costera, -ante el temor de un tsunami cuyo paso terrorífico de la muerte está muy bien reflejado en la película “Lo Imposible”-, lo que supuso el traslado de la población, que debió ser realizada según las normas a ejecutar por el Estado chileno y que no está exenta de múltiples sufrimientos y padecimientos humanos. No los he sufrido personalmente pero si tuve ocasión de escuchar su descripción directa por mi amigo el Coronel Don Jorge Quiroga Mardones, Jefe del Regimiento “Maturana” en mi etapa de Agregado Militar y Aéreo (1966-1970), en que me fue concedida la distinción de Miembro Honorario de dicho Regimiento.
Los mayores peligros de los terremotos los causan la interacción de sus vibraciones y las estructuras hechas por el hombre. Caen edificios, estallan incendios por fracturas de conducciones de gas o depósitos de combustibles, inundaciones por roturas de presas, etc. Los daños que producen varían según su magnitud y su localización más o menos cercana al punto de ruptura o foco, que suele encontrarse a varios kilómetros de profundidad.
Por el número de muertos, 830.000, el más antiguo fue en Shaanxi (China) en el año 1556. También en China, pero más moderno, es en Tangshan en 1976 de magnitud 8, con 242.000 muertos. En Irán en 1990, de dimensión 7,7, un terremoto produjo 40.000 muertos. Siempre que doy a conocer estos datos en alguna conferencia, las últimas en la “Tertulia de Natalio Rivas” en el Casino de Madrid, titulada “Los Desastres Naturales, los políticos y los militares” (20-03-2014). Y en la “Sociedad de Estudios Internacionales” de Madrid, el 31-03-2014 con el título “Naciones Unidas y Desastres Naturales: Nuevos Ejércitos”, el público queda sobrecogido ante la magnitud de la energía y el ímpetu que se encierra en la Naturaleza.
“El Ejército Virtual del Terremoto”, es uno de los que más preparación y entrenamiento requerirá del personal del nuevo “Ejército Humano de Naciones Unidas”, por sus peculiares características, según lo descrito en mi libro “Si yo pudiera… Visión ecológica y poética de los desastres naturales”: (Madrid, 14-11-2011, Editorial Pigmalión Edypro S.L.).
SEÍSMOS O TERREMOTOS
Si yo pudiera valorar la cantidad de seísmos graves ocurridos en el mundo en los siglos veinte y veintiuno, quedaría asombrado y horrorizado. Según los datos del Instituto Sismológico Internacional desde 1900 a 2010, han tenido lugar cuatrocientos treinta y cuatro terremotos. Los han sufrido sesenta y tres Estados situados en los cinco Continentes. De intensidad superior a seis grados, el mayor de 9,58 tuvo lugar en Chile en 1960.
Otros de menor magnitud también fueron graves, como el de Ancash (Perú) en 1970 de magnitud 7,8 grados que causó ochenta mil muertos y veinte mil desaparecidos. Los millones de muertos, heridos y desaparecidos. A lo largo del tiempo, son incontables. El sufrimiento físico y psíquico causados a los hombres y mujeres que se vieron sorprendidos por sus temblores, resulta difícilmente concebible. Todos eran diferentes por su edad, color de su piel, idioma y cultura. Todos eran iguales en las circunstancias vividas. Susto, horror, desconcierto, muerte. Si yo pudiera comparar los terremotos de baja intensidad que he padecido durante mi vida, con los grandes desoladores del Medio Ambiente, consideraría he sido un afortunado.
¿Cuántos terremotos tendremos que sufrir en el futuro sin tener mejor organizada la protección que Naciones Unidas debe exigir a sus Estados Miembro? La “Responsabilidad de Proteger” cobra actualidad día a día. Solo nos mueve en la investigación realizada el deseo de salvar vidas de los Desastres, desde hace 70 años. Por eso no ceso de escribir y de insistir que se está convirtiendo en labor de vida.
La Responsabilidad de Proteger
En un artículo con este título, el Teniente Coronel Emilio Borque Lafuente, publicado en la Revista Ejército de Tierra Español, en octubre de 2013, Número 870, describe muy acertadamente la situación actual del concepto y señala que:”Incumbe al propio Estado la responsabilidad principal de proteger a su población; cuando la población esté sufriendo graves daños y el Estado no quiera o no pueda atajar o evitar esos sufrimientos, la responsabilidad internacional de proteger tendrá siempre prioridad sobre el principio de no intervención”. El momento en que se aplica por primera vez el concepto de Responsabilidad de Proteger lo explica así: “El 17 de marzo, con la Resolución 1973, cuando, en referencia a la protección de la población civil, se exigía a las autoridades libias que cumplieran las normas que impone el derecho internacional y se autorizaba a los Estados Miembros a adoptar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles.
Esta aplicación suponía un importante y, en ese momento, decisivo cambio cualitativo en la línea de actuación de la ONU, porque pasaba por encima del hasta entonces intocable principio de no injerencia, consagrado en el artículo 2.7 de la Carta de Naciones Unidas. Hasta ese momento solo se había autorizado el empleo de la fuerza con propósitos de protección humanitaria, en el marco de operaciones de paz y cuando había consentimiento de los Estados en los cuales se desarrollaba la operación. Era, por tanto, el primer caso en que el Consejo de Seguridad ponía en práctica la doctrina sobre la Responsabilidad de Proteger”.
Concluye con esta interesante reflexión: “El tiempo permitirá apreciar claramente sus efectos y si estos serán capaces de superar a otros más tradicionales en la relación entre los Estados, aunque se de la paradoja de que Naciones Unidas sea, a la vez, impulsora del concepto de Responsabilidad de Proteger y que constituya un freno a su aplicación por las propias deficiencias de su estructura organizacional. El dilema de su aplicación no está tanto en el nivel de crisis coyunturales. Se trata más bien de algo que, por repetido, no deja de ser un problema estructural, un problema de valores, una crisis de la propia Organización, que mantiene todavía un anacronismo derivado de su fundación: la posibilidad de que los “vencedores” de la Segunda Guerra Mundial puedan vetar las decisiones del Consejo de Seguridad, la posición dominante de ser miembros permanentes del órgano que tiene que tomar las decisiones de intervenir para mantener los principios de Naciones Unidas. Pero, esto, es motivo de otra reflexión”.
Dado que el tema aún no está definitivamente cerrado y parece va a ser impulsado en su eficacia por Naciones Unidas, estimo sería muy conveniente se extendiera a los casos en que las catástrofes humanitarias y genocidios fueran causados por la magnitud de los Desastres Naturales y Tecnológicos o por el Medio Ambiente. Se igualarían, en parte, las actuaciones de los Cascos Azules y los Cascos Verdes. Sería un avance en la Protección de la Humanidad ante las crisis, cualesquiera que fueran su causa, tensiones o guerras entre Estados o provocados por la Naturaleza y realizado por el nuevo “Ejército Humano de las Naciones Unidas” que preconizamos y que estaría formado por las Fuerzas Armadas de los 193 Estados que la integran.
Siempre que la Protección de la Población Civil es decidida por la Jefatura de un Estado y su Gobierno correspondiente, por medio de evacuar a una parte o a toda la población con la finalidad de salvar el mayor número de personas, se producen unos efectos colaterales y humanos muy dignos de consideración, se trata de familias enteras: Abuelos, Padres e Hijos, hombres y mujeres de distintas edades, culturas y formación que han de convivir en el éxodo temporal de una emigración con una muchedumbre de personas, que se ven obligadas a abandonar su casa, su domicilio familiar por causa no voluntaria con la terrible duda de si la encontrarán en pie, tal como la abandonaron, o si habrá sido desvalijada o destruida. Se trata de una verdadera tragedia familiar. Si corremos las cortinas de la noticia, que es preciso acatar por todos los miembros de la familia, la contemplación de los actores es desoladora. Una madre con un hijo en brazos que llora buscando la teta que le alimenta. Otro o varios hermanos que gritan o corretean en las tiendas de campaña, convertidas en dormitorios a lo largo de los kilómetros del camino a recorrer para ponerse a salvo. El padre buscando los alimentos en las paradas y en el fondo de la tienda dos personas mayores, sentadas, inmóviles, cansadas, que no hablan, que no comen ni beben, si los víveres son escasos. Solo se miran a los ojos y sencillamente se mueren, antes de regresar a su casa. De esto en las noticias no se habla. Pero para todos los que son obligados por un terremoto a abandonar su pueblo y su casa “es como cargar la muerte en el bolsillo” en el lenguaje de García Márquez en “El Coronel no tiene quien le escriba” (Página 59, séptima edición octubre 2013).