En esta España nuestra se está produciendo, desde hace décadas, un fenómeno, curioso e inquietante, cual es la negación de la realidad. Desde los mass media se viene manipulando lo real y desde los voceros de la corrección política se impone una neorrealidad. Frente a la realidad de la verdad se pretende imponer la virtualidad de la mentira. La negación de la realidad quiere decir la anulación del ser de las cosas, la supresión de “lo que es y existe”. Y esto es lo que están haciendo los guardianes de las esencias “políticamente correctas”. El progresismo global niega la realidad, crea “su” verdad virtual y se recrea en la manipulación sistemática y en la mentira. Ya decía el pensador liberal francés, Jean-François Revel en su libro El conocimiento inútil, que “la primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira”.
El progresismo buenista, cuyo método es la vanguardia, es decir, siempre delante de lo que sea, no importa cómo ni de qué se trate, crea una realidad discursiva que se da de bofetadas con la realidad como tal. La quintaesencia del progresismo la podemos encontrar –ahora, por cierto, que están tan de moda los neobolcheviques de Podemos- en un camarada de Lenin, Gueorgui Leonidovich Piatakov, a quien se atribuye esta frase, demoledora pero muy clarificadora: “Si el Partido lo exige, un auténtico bolchevique está dispuesto a creer que lo negro es blanco y lo blanco negro”. Esto mismo, salvando las distancias históricas y cronológicas, se está produciendo en Occidente, en general, y en España, en particular.
La democracia totalitaria consiste precisamente en eso. Consiste en decirle al pueblo, a los súbditos más bien, que allí donde ve negro es blanco y obligarlo no solo a repetirlo, sino que lo que es peor que repetirlo, a creerlo. En una palabra, no se puede decir lo que es y existe, ya que la negación de la realidad pregonada por el progresismo nos dice y exige que afirmemos “su” creación virtual, su deconstrucción de lo real.
Uno de los pensadores católicos alemanes más relevantes de entreguerras, Theodor Haecker, sostenía que si Occidente seguía viviendo era gracias a lo que quedaba del orden de los romanos y de sus instituciones, una de las cuales, e importantísima, era la familia. Hoy vemos como en las sociedades occidentales, en un juego colectivo de inconsciencia suicida, se ataca salvajemente a la institución familiar, se la deconstruye y se la intenta llevar hacia el abismo de su disolución.
A la destrucción de Occidente y sus creaciones, colaboran, no sólo los traidores de la progresía más cañí, sino los orientales enquistados en los países occidentales, para los cuales la filosofía griega, el derecho romano, la democracia…y tantas construcciones de la civilización grecorromana y judeo-cristiana son algo incomprensible y digno de ser eliminado. La negación de la realidad va acompañada de una estética antitética con lo que se ha venido entendiendo como Occidente. La estética de la sangre y el dinero sobre las virtudes y los pesares. La estética de los disvalores sobre la de la axiología positivamente constructiva. La estética de la depravación sobre la sobriedad, la moderación y la decencia.
Incidiendo en nuestra patria, la realidad nos dice que tenemos casi un 30% de paro, que tenemos un 7% de la población en situación de pobreza extrema y un 22% en situación de pobreza relativa, que la diferencia entre los más ricos y los más pobres ha aumentado un 30% o que la desigualdad social haya hecho que aumente el número de millonarios en un 13% y la tasa de pobreza en los hogares españoles haya pasado del 19,7% en 2007 al 21,1% en 2013. Pero la negación de la realidad nos dice que las cifras de paro están infladas y nos recuperamos rápidamente, que los pobres son marginales y que su situación de “sin techo” es una elección personal de forma de vida, que los españoles cada día son más ricos y su renta per cápita está entre las más potentes del planeta y que cada día caminamos positivamente hacia una situación de plena igualdad social.
La negación de la realidad nos hace bailar y danzar desenfrenadamente, como en la película de Sidney Pollack, ¡Danzad, malditos, danzad!, en la inconsciencia propia de la desesperación, mientras que los morbosos negadores de la realidad (los gobernantes que roban y los personajes que usufructúan del poder y del gobierno) ya tienen a buen recaudo el botín, fruto de sus continuadas y pertinaces rapiñas.
- Luis Sánchez de Movellán es Doctor en Derecho y Director de la Vniversitas CEU Senioribvs