Análisis y Opinión

Ante las Elecciones Generales del 20-D

DECISIONES TRASCENDENTALES

· Por Luis Sánchez de Movellán, doctor en Derecho, profesor y escritor

Luis Sánchez de Movellán | Viernes 18 de diciembre de 2015
El 20 de Diciembre se van a celebrar unas elecciones generales que, según todas las encuestas, significarán un cambio importante en el mapa político español. El surgimiento de nuevas fuerzas políticas (partidos emergentes) puede dejar al bipartidismo bajo mínimos y se tendrá que pactar entre ellos para poder formar gobierno. El sistema de partidos en España, lo podemos dividir en tres períodos: a) Formación del sistema partitocrático (1977-1982), en el que se conforma el sistema de partidos, al cual lo podemos llamar multipartidismo moderado. Había dos grandes partidos (UCD y PSOE) pero entre los dos no superaban el 70% de los votos, de manera que existían otros partidos pequeños (PCE, AP y partidos nacionalistas) que conformaban un sistema partitocrático moderado; b) Sistema de partidos predominante (1982-1993), que se caracteriza por las mayorías absolutas que obtuvo el PSOE de forma consecutiva. El segundo partido AP, estaba muy lejos de los socialistas porque era un partido fuertemente escorado a la derecha que no pudo captar al electorado de centro, al cual captó relativamente el CDS.


Cuando se refunda el centro-derecha con el PP, se produjo un realineamiento en el sistema de partidos; y c) Bipartidismo imperfecto (1993-2015), etapa en la que el PP y el PSOE se disputaban la victoria pero han necesitado el apoyo de otros partidos. En este caso, el apoyo solía venir de partidos nacionalistas. Las mayorías absolutas se han producido por una gran debacle del otro gran partido, normalmente el PSOE, en las mayorías absolutas del PP en el 2000 y en el 2011.

Viendo los datos de participación, en cinco elecciones ha habido una participación alta (1977, 1982, 1993, 1996 y 2004), mientras que en otras cinco elecciones ha habido una participación baja (1979, 1986, 1989, 2000 y 2011) Las elecciones con una participación elevada se caracterizan por ser unas elecciones de cambio. Exceptuando 2011, las elecciones con menor participación se caracterizan por ser unas elecciones de carácter continuista.

Estas elecciones del 2015 serán de cambio, lo que significa que es de esperar una alta participación. A causa del surgimiento de nuevas fuerzas políticas, el bipartidismo puede obtener su mínimo histórico, mientras que es probable que por primera vez haya un partido o dos que consiga entre el 11% y el 25% de los votos. Los conflictos territoriales, en especial Cataluña, parecen indicar que los partidos no estatales puedan obtener alrededor del 10% de los escaños en el Congreso, aunque las confluencias de Podemos con algunos de estos partidos puede reducir su influencia.

La principal función de un partido en campaña electoral es convencer a los votantes de que su opción es la mejor que se presenta. Hay muchas personas que ya tienen decidido su voto de antemano y la campaña electoral no les afecta, pero existen otras que no lo tienen decidido y que la campaña puede jugar un factor fundamental. Sin embargo, hay indecisos que tienen mayor o menor predisposición a votar por un partido en concreto, así que la campaña se vuelve menos decisiva para éstos, si bien todavía influye a individuos que estén dudando entre uno u otro partido.

Vemos desde hace dos años que el porcentaje de indecisos ronda el 20% (22,2%-Oct.15) Esto supone una gran cantidad de votantes y pueden decidir quién gana las elecciones del 20-D. En total, y respecto al censo, representan unos 7 millones de personas. No obstante, de estos indecisos hemos de restar los que sientan simpatía por algún partido, ya que muy probablemente acabarán votando por ese partido. Algo más de la mitad de los indecisos (53,6% CIS-Oct.15) no sienten simpatía por ningún partido; el PSOE y el PP han ganado algo de simpatía entre los indecisos, siendo Ciudadanos el tercero y Podemos perdiendo algo de simpatía entre los indecisos. Se advierte que los indecisos son más centristas que los que tienen el voto decidido y teniendo en cuenta que los individuos centristas se pueden basar más en el candidato o en la gestión que en la ideología, el PSOE hubiera tenido más posibilidades de obtener el voto de los indecisos, pero la imagen de Pedro Sánchez está ya seriamente dañada, máxime después del debate chulesco del pasado día 14 frente a Rajoy. También Ciudadanos tiene posibilidades de convencer a los indecisos, ya que su líder Rivera cuenta con más aprobación que el resto. El PP, después del debate frente a Sánchez y si termina la campaña sin fallos clamorosos, puede rebanar una buena parte de los indecisos. Y el partido que tiene menos posibilidades de obtener el voto indeciso es Podemos.

Con respecto a la campaña electoral, podríamos decir que estamos ante una campaña de “Viva la Gente, la hay dónde quiera que vas…Esta mañana de paseo con la gente me encontré…” o de “colores se visten los campos en la primavera…”. Es decir, estas semanas previas al 20-D se han llenado de pensamiento positivo en detrimento de los argumentos racionales: felicidad, ilusión, sonrisas y “buen rollito” marcan la comunicación pública.

Jóvenes, algunos guapos, sonrientes, positivos, habitualmente con camisas blancas y con actitud impostadamente relajada al entrar en los debates o en los mítines. Sánchez, Rivera, Iglesias, los aspirantes, se muestran afables y afirman repetidamente, como si fuera un mantra, que están para ganar los comicios, que esperan ser los primeros, que están convencidos de que las urnas les darán más de lo que les atribuyen las encuestas. Y después sonríen, exhibiendo ilusión y positividad.

No estamos en lo nuevo contra lo viejo, ni los emergentes contra la casta, ni lo fresco frente a lo alcanforado. El eje que está marcando esta campaña es la utilización de lo que el economista y politólogo germano-americano Albert O. Hirschman definió como Las retóricas de la intransigencia. De un lado, el PP insiste en que son personas responsables, que han hecho los esfuerzos pertinentes en una situación de crisis para salir adelante, que son personas sensatas, que saben gestionar y que, gracias a su sentido común, se han puesto en práctica ajustes, duros pero necesarios, que pronto darán sus frutos. Al otro lado de la línea, según el PP, aparecen los aspirantes, personas inexpertas, poco preparadas, que se guían por las ocurrencias o directamente por la ideología, y que van a poner a España en serio peligro. El mensaje de fondo es claro: o gobernamos nosotros o surgirán riesgos evidentes que, en algunos casos como el de Podemos en el poder, serían catastróficos.

Lo peculiar es que a esas retóricas de la intransigencia, los partidos que pelean están oponiendo sobre todo una versión televisada del pensamiento positivo. Hay mensajes que ponen de manifiesto los defectos del partido en el poder, pero aparecen fagocitados por el tono. En el caso de Pedro Sánchez, por su estética, su matonismo chulesco y su insistencia gritona, que los suyos han dado en llamar pasión, o en el de Rivera e Iglesias, por la fe carbonaria y absoluta en sus posibilidades. Sus formas de actuar intentan sugerir siempre que son eternamente jóvenes, guapos, limpios y aseados (casi oliendo a Nenuco), que son nuevos, que aportan ilusión incontenida y que su destino lógico es llegar a lo más alto, al triunfo, más tarde o más temprano…..y les falta decir: ¡Porque me lo merezco!

Todos los optantes a La Moncloa han priorizado la imagen televisiva, plantean la campaña para retransmitirse ellos mismos, más que para contar sus propuestas, y están pensando mucho más en las formas de la comunicación que en los contenidos, obligándose a la sobreactuación. Todos ellos parecen imbuidos de una enorme fe en sus posibilidades, por más que los datos sean tercos y sugieran lo contrario.

Estamos ante una versión electoral del pensamiento positivo, es decir, el que afirma que las cosas buenas llegan a nosotros porque hemos sabido atraerlas gracias a una forma positiva de pensar. Una especie de “pensamiento Alicia” para bobos solemnes. Parece que creer que uno va a tener un buen resultado y repetirlo de forma incesante, venga o no a cuento, es garantía de éxito. Es como si uno quiere hacerse rico y lo único que tiene que hacer es creer en ello a pies juntillas y repetirse todos los días que las cosas van a ir bien; lo que, pasado el tiempo, producirá un estado de ánimo gracias al cual se conseguirán toda clase de riquezas. De igual modo, si una persona no logra convertirse en un ricachón, será, sin ningún género de dudas, porque se ha dejado dominar por los pensamientos negativos ¿Cómo lo ven?

El caso de la campaña agitadora en las redes de Podemos, que es el punto máximo de esta tendencia, es de nota. Casi todos sus tuits están destinados a transmitir la ilusión y la convicción de que son una fuerza en auge, imparable, de que van a conseguir un gran resultado, de que lo tienen al alcance de la mano, de que de verdad van a ganar, de que asaltarán los cielos (“El cielo no se toma por consenso, sino por asalto”, Pablo Iglesias dixit) Pero esta actitud tiene un problema: nunca dicen en qué basan esa convicción. Pero no seamos aguafiestas y no pretendamos que transmitan ideas-fuerza, sino observemos cómo manipulan a las masas. El marxismo podemita nunca describe realidades, sino que las construye.

Pensar que la gente va a creerse lo que se les diga porque se lo repitan muchas veces es algo que ha ocurrido a menudo a lo largo de la Historia, pero nos topamos con un error estratégico: se requiere como condición de posibilidad que los mass media emitan todos la misma idea, como en los totalitarismos, pero no es el caso. En la actual democracia española y a pesar de sus imperfecciones, hay libertad de prensa y de opinión, por lo que los ejercicios de voluntarismo los percibe el ciudadano a menudo como un evidente producto de la fantasía.

Ahora que todo el mundo alaba los debates como un logro democrático, deberíamos detenernos a considerar cómo cada vez más los elementos racionales tienen menos peso y presencia, cómo esta clase de debates ayudan a simplificar los mensajes y a considerar a los ciudadanos como menores de edad e indigentes especulativos. En cierto modo, se convierten en una forma de postureo: sales allí, das una imagen guay del Paraguay, tratas de dar un par de collejas dialécticas a tus oponentes, sonríes, cuentas que vas a ser el mejor, que vas a ganar de calle y te marchas feliz de haberte conocido. Mientras tanto tu gente incendia las redes, diciendo simplezas acerca de lo bien que has estado y que has ganado el debate por goleada.

Estos juegos retóricos de pensamiento positivo han de ser valorados como enemigos de la construcción democrática. Son postureos que atentan contra el diálogo serio entre adversarios políticos. Individuos todos que, viviendo en un mismo país, retrasan con sus necedades verbales los acuerdos indispensables. Es probable que sean estas retóricas de la intransigencia las que mejor demuestren el estado muy inmaduro en el que todavía se encuentra la política democrática de España.