Se tiende a ser muy “generoso” con la corrupción propia y muy “exigente” con la ajena. Esto coge todavía una mayor dimensión cuando de lo que se habla es de la corrupción de partidos políticos o la generada como consecuencia del control de la instituciones por los mismos. En muchas ocasiones se roba para financiar la organización, en otras se prevarica para obtener rendimientos y ganancias personales a cambio de favores, aprovechando la capacidad de decisión y la posición de superioridad de uno de los intervinientes, y en la mayoría de las ocasiones el enriquecimiento ilícito se reparte en un complejo sistema de porcentajes que incluye a los distintos actores del proceso objeto de la corruptela.
Tenemos que ser claros y contundentes a la hora de condenar las prácticas corruptas, pero no comparando situaciones que no son las iguales y que merecen una cualificación distinta. No es lo mismo que roben aquellos que deben ser modelos para el resto de la sociedad y que manejan fondos públicos que nos son hurtados al resto y que tienen una posición de superioridad y conocimiento que los hacen ventajosos y tener un mayor grado de responsabilidad que aquel individuo que negocia con su fontanero o mecánico una factura para ahorrarse el IVA. Que ambas conductas pueden y deber ser reprobables es una obviedad, pero no es lo mismo. En el primero de los casos, el castigo debe ser ejemplarizante y mucho más contundente en la condena. El segundo supuesto me atrevo a decir que tiene el atenuante de que todos aquellos que deben dar y ser ejemplo han hecho dejadez de funciones, y no podemos pretender que el ciudadano de a pie sea distinto de aquellos que le gobiernan.
Todas las instituciones del estado parecen estar manchadas por el manto de la corrupción. No me viene a la memoria ninguna que de una u otra manera no esté o haya estado salpicada en algún momento de la existencia de esta lacra. Desde la más alta instancia que es la Jefatura del Estado, pasando por gobiernos donde algunos de sus ministros han sido involucrados en distintos casos, y por comunidades autónomas que robaban dinero para formación de parados, y terminando por ayuntamientos, consejerías, funcionarios, jueces como Garzón acusados de prevaricación y así un largo sin fin de casos y sucesos de corruptelas que en mayor o menor medida han conseguido que la ciudadanía este cada vez más alejada de aquellos que tendrían que ser ejemplo. Otra forma de corrupción es la mentira y la tergiversación de la historia buscando un rédito político y enfrentándonos a unos contra otros, pero esa es otra historia que merecerá capitulo propio. Porque quitar una calle, no es solo quitar una calle.