En Hawiya, a partir de abril de 2013, como efecto de la tensión creciente entre tribus suníes y gobierno central de Bagdad, por sentirse las primeras marginadas de la vida política y económica iraquí, hubo unos enfrentamientos entre fuerzas de seguridad y manifestantes tribales, que empezaron a coordinarse tácticamente con EII. Después de formalizar la alianza, casi dos decenas de clanes tribales suníes iraquíes juraron lealtad a EI, aportando sus milicias. Varias decenas de miles de miembros de los cuerpos de seguridad, compartiendo vínculos tribales con los manifestantes/insurgentes, abandonaron sus puestos y se unieron a la protesta, que se extendió a toda la provincia de Al-Anbar. El resto es historia.
Sin embargo, es improbable que la derrota y desaparición de Irak de la insurgencia de un menguante Estado Islámico (otra cosa es hablar de sus acciones puramente terroristas) se traduzca en estabilidad y paz para el país mesopotámico.
Las causas de la convergencia de intereses entre yihadistas y tribus de Al-Anbar siguen presentes: el sectarismo, y su transposición a nivel social y económico, no ha desaparecido; de hecho, tres años de guerra han contribuido a profundizar las fracturas. La gestión de la “posguerra” en el Anbar suní es un desafío mayor para el gobierno de Bagdad, debido sobre todo al papel jugado por los centenares de miles de paramilitares chiíes, que difícilmente aceptarán ceder el poder y la preponderancia que han ido adquiriendo en la escena político-militar iraquí por contribuir a la derrota de EI, substituyendo unas fuerzas armadas rotas e incapaces.
Last but not least, el desenlace del referéndum de independencia del Kurdistán iraquí complica el panorama regional, tanto a nivel político interno como a nivel de seguridad internacional, preocupando a los países limítrofes que intentan callar la autodeterminación kurda. Bagdad podría realizar su cuadratura del círculo solo si conseguiera, por un lado, rebajar las expectativas de los protagonistas de la victoria sobre EI, sin dejar de reconocer su peso político; y, por el otro, respetar la diversidad identitaria que caracteriza Irak, incluyendo todos los actores locales, in primis los suníes, para reconstruir el país no solo infraestructuralmente, sino – y sobre todo – desde el punto de vista de la convivencia social.