Recientemente me ha llamado la atención, de forma poderosa y tras ver “El experimento de Milgram”, cómo este científico, desde su obra, descubrió por desgracia en muchos casos a esos seres humanos que entierran su ética y moral, su preocupación por lo justo en favor de la obediencia injusta si ésta nace de una orden superior. El sociólogo comenzó sus estudios para entender cómo la sociedad alemana del Tercer Reich había sucumbido al terror de los líderes nazis. Y así, subordinados se limitaban a ejecutar las órdenes de sus superiores, desde luego las más atroces, sin pestañear, sin conciencia crítica, sin la más mínima reflexión, abducidos por el más aterrador de los pensamientos únicos que terminaría en fatal Holocausto.
Esta analogía, deliberadamente extrema, sin embargo es tremendamente útil para intentar entender cómo en este océano legislativo en el que nos encontramos hoy día (y que por desgracia padecemos) se dan regulaciones que posiblemente, con un mayor respeto a la moral, a los derechos humanos y a lo justo, se harían innecesarias; y lo más importante, viviríamos aún mejor, en términos no sólo de confort sino de protección a nuestra persona.
¿Acaso tiene que ser necesaria una norma para permitir a un detenido hablar con su abogado? ¿Acaso debe existir para tener conciencia de que desobedecer gravemente a la autoridad no es correcto? Son de una casuística infinita las situaciones en donde el sentido común parece quedar enterrado en una esquina, o encerrado en un cuarto oscuro, frente a un sistema en donde la norma parece ocuparlo todo, olvidando que los principios de un sistema debieran primar por encima de la especialidad de esas particulares normas. Ya no se trata de una cuestión estrictamente jurídica, de un dilema de leyes, sino de volver a una esencia (por idealista, irresistiblemente bella) de respetar el Derecho cuando éste se inscribe en mayúsculas.