No soporto esa costumbre tan española de ensalzar a los muertos, por muy malos que estos hayan sido en vida. Trasladado este dicho tan castizo, a la vida profesional, me atrevería a decir, que Mariano Rajoy ha sido malo, muy malo como presidente de España. Su legado es decepcionante. Dos elecciones perdidas frente al que podríamos considerar el peor presidente de la historia moderna de España, una victoria arrolladora, con una mayoría absoluta nunca antes repetida, y que su falta de coraje, valor y determinación, convirtieron en lo que fue considerado la tercera legislatura de Rodriguez Zapatero, con políticas continuistas y con una total sumisión a los organismos internacionales, con una cesión continua de soberanía, que han convertido a nuestro país en un títere de Bruselas, en el “hazme reír” continuo de Europa o de eso que llamamos los países de nuestro entorno. Traiciono a sus votantes y traiciono a la sociedad española que confió en el para recuperar el orgullo perdido con Zapatero, traiciono a las victimas del terrorismo, liberando a etarras y criminales, se traiciono a si mismo y a su partido, con la aceptación de las leyes de imposición de ideología de género, del aborto, cuando prometió modificarlo, aunque lo cierto es que lo hizo, pero no en el sentido que se esperaba y con su no derogación de la ley de la mal llamada memoria histórica, en virtud de la cual se esta retirando simbología, calles, placas y recuerdos de nuestros héroes y víctimas, para en la mayoría de los casos, sustituirlo por gente despreciable cuyo único merito es el de odiar al país que los vio nacer. Definitivamente Rajoy ha sido un mal presidente, entreguista con los enemigos de España, no supo cortar de manera eficaz el golpe de estado anunciado por el separatismo catalán, y pactista con todos aquellos que al final han acabado devorándole y apartándole definitivamente de la vida pública española.
Escucho voces, tímidos susurros que aseguran que le debemos la recuperación económica. Hasta esto es una afirmación incorrecta. Una recuperación que no acaba de llegar, un empleo precario y de baja calidad, un despegue basado en un endeudamiento que supera de largo el 100% de nuestro PIB, de nuestro producto interior bruto, una deuda que jamás podremos pagar y que nos mantendrá hipotecados de por vida y sumisos ante Bruselas, sin capacidad de recuperar nuestra soberanía. Una falsa recuperación que pagaremos a un alto precio.
Si el partido popular desea ser creíble, debe alejarse de inmediato del legado de Rajoy, debe huir de sus políticas y falsas promesas, que han conseguido incluso que gran parte del electorado, ya no los vea como el voto útil, como la única alternativa para parar a una izquierda con la que nos asustan cada cierto tiempo para que los incautos, vuelvan a depositar la confianza en ellos. Incluso en eso, la herencia de Rajoy ha sido pésima, han conseguido lo nunca visto, dar alas a una competencia que tiene todos los visos de que acabaran devorándoles. Es lo que pasa cuando se juega a ser Dios, cuando la soberbia y el desprecio por los demás acaban conformando la personalidad de una organización.