Secretos de un matrimonio es acaso el mejor ejemplo de las turbulentas relaciones sentimentales que presidieron tanto su vida –se casó cinco veces y tuvo otras dos parejas de larga duración, y nueve hijos– como su obra. Sobra decir que ésta se alimentó con frecuencia de la primera. La acción describe con todo tipo de detalles la evolución de un matrimonio modélico que experimenta, sucesivamente, la estación idílica de los primeros meses, los períodos de disimulos, insatisfacciones e infidelidades varias, los momentos de brutal sinceridad y sangrientos reproches previos al divorcio –con arrebatos de violencia incluidos–, y un último encuentro donde los ex cónyugues se vuelven a mirar a los ojos con serenidad y nostalgia. Al fin se consuelan sabiendo que amamos y somos amados, si bien de una manera limitada y casi siempre egoísta; que los quiméricos deseos se contraponen a aquello que somos capaces de dar o recibir, en cuanto nuestras vidas, pese a aspirar en el mejor de los casos al ideal, suelen ser más mezquinas que sublimes. Bergman no sólo puso de manifiesto a lo largo de su filmografía el fracaso del matrimonio como tal, sino la frustración de cualquier unión libre entre dos personas. Las parejas, sea cual sea su naturaleza, sometidas al desgaste de la convivencia, están destinadas a ser víctima de la saciedad y el aburrimiento, a distanciarse, destruirse o separarse sin remedio. La concienzuda e impenitente labor de la carcoma no perdona.
El tiempo ha transcurrido, y aunque me siguen entusiasmando las películas de Bergman, ya no percibo la existencia como un drama “bergmaniano”. Considero el dolor un camino para el crecimiento, pero también he avistado puertas de escape, destellos de esperanza, que me han obsequiado con otras perspectivas de la realidad. Haber vislumbrado ese camino en la juventud puede ayudar a liberarse de sus cadenas en la madurez. Sólo uno mismo puede forjar su vida luminosa y, en la mayor parte de casos, consiste en ser capaz de recrearnos una y otra vez con piruetas de la imaginación. Bergman fue presa del sufrimiento y premió su hiriente fidelidad haciendo de la angustia vital el centro de su filmografía. No pudo escapar de él, lo habitaba de una manera tan profunda, que arrancárselo habría supuesto mutilarse; sin embargo, lo intentó con cada uno de sus films, alaridos de un viejo lobo a la luna. Quizá por eso no se sintió cómodo en el papel de padre, sólo en el de amante de mujeres fantasmas, que dejaba ir o se le iban. Fue el eterno adolescente, arrastrando el trauma del padre luterano castrador, del Dios bíblico castigador, de esa concepción de las pasiones y el placer como pecado, tan presente en su admirado Dreyer, que subyacía diluido en el fondo de su obra, pese a su incisiva carga erótica. Por eso pulveriza el amor, desidealiza el sexo, y sólo otorga al dolor entidad de verdadero. Como mucho, al abrazo generoso que nos reconforta, sin pedir nada a cambio; o a la mano que roza otra mano, buscando un asidero a la zozobra. Y por eso, aunque un día ya no nos veamos reflejados en él, no le olvidaremos jamás.