En estos tiempos todo se reduce a llamar fascista y demonizar lo que provenga de la derecha, mientras se omite piadosamente todo lo que de totalitaria y liberticida tiene la izquierda. Que el comunismo haya sido la monstruosidad histórica evidente que fue, hoy no puede decirse, porque, si lo haces, serás tildado rápidamente de facha. Decir que el socialismo ha sido durante casi 40 años que ha gobernado en Andalucía, un partido corrupto, clientelar y de señoritos, está prohibido y, si lo explicas, eres un facha de tomo y lomo. Si en Cataluña dices que el separatismo es supremacista, racista, sectario y tanto o más corrupto que el socialismo en Andalucía, no tan sólo eres fascista, sino españolazo y “botifler”.
¿Que está pasando con el fascismo, que lo vemos asomar por cualquier rendija a las primeras de cambio? ¿Hay tantos fachas como se dice? ¿Existe una pandemia de “camisas negras” y no hay vacunas? No sabemos; pero lo único cierto es que si VOX ha irrumpido con fuerza y por la puerta grande en el ruedo de la política es por demérito de los partidos tradicionales. VOX se ha alimentado y se alimenta de la dejadez y soberbia de los partidos que nunca hacen la menor autocrítica, ni reconocen jamás sus errores, sus vicios, sus clamorosas carencias intelectuales y aún humanas.
Los llamados partidos progresistas cometen todos el mismo error: ven fachas por doquier y por encima de sus posibilidades. Habría que decirles que no es el fascismo, sino su propia estupidez, su egoísmo, su prepotencia moral, su incapacidad para cortar los problemas de raíz antes de que pasen a mayores, lo que propicia soluciones extremas.
Hay algo que es peor que ser facha, “camisa negra o azul”, reaccionario, franquista, españolazo, escuadrista e tutti quanti: es ser extremadamente estúpido o bobo de solemnidad.