Comenzaron en la Villa y Corte los tristes acontecimientos, que tan graves e irreparables secuelas tuvieron en nuestra ciudad, con un enfrentamiento entre monárquicos y republicanos el día 10 de mayo, cuando un mes escaso de vida tenía la Segunda República. Fracasada la intentona previa de asaltar y prender fuego al Círculo Monárquico Independiente por parte de grupos republicanos exaltados, éstos se dirigen a la sede del diario monárquico ABC con las mismas intenciones, pero el Ministro Maura manda un fuerte contingente de la Guardia Civil a pie y a caballo que disuelve a los revoltosos mediante tiros, pues los manifestantes se abalanzaron sobre la fuerza pública, y como consecuencia de lo cual se producen dos muertos y varios heridos.
Al siguiente día, jóvenes pertenecientes al Ateneo preparaban la quema de los conventos de Madrid, como protesta por la lenidad del Gobierno en materia clerical y por los disturbios del día anterior. Incluso se sabe que se repartieron latas de gasolina y trapos para iniciar las piras anticlericales mediante una lista confeccionada de antemano. El dirigente de esos grupos de agitadores fue el mecánico Pablo Rada, quien acompaño a Ramón Franco y a Julio Ruiz de Alda, en el legendario vuelo trasatlántico del hidroavión Plus Ultra.
El balance de lo destruido fue sumamente importante: conventos de jesuitas y mercedarias, iglesias de Santa Teresa y Bellavista, colegios de María Auxiliadora, Sagrado Corazón, Nuestra Señora de las Maravillas, Hermanos de la Doctrina Cristiana y el Instituto Católico de Artes e Industrias dirigido por miembros de la Compañía de Jesús. Declarado el estado de guerra aquella misma tarde, con la contumaz oposición de Azaña, el orden fue prontamente restablecido.
De madrugada, un periodista que se encaramó al edificio de la Telefónica en la Gran Vía, nos dejó un relato estremecedor: “El panorama que desde aquí presenciamos no se borrará fácilmente de nuestra retina. Era verdaderamente aterrador, dantesco, producía escalofríos en el cuerpo y una intensa amargura en el espíritu. La ciudad estaba silenciosa y tétrica. El cielo veíase rojo, negras columnas de humo hacia él ascendían. Era el resplandor de las tremendas hogueras que, en diversos sitios de la capital, elevaban hacia el infinito sus llamas inmensas”.
Las pérdidas en archivos históricos inapreciables, piezas de orfebrería, ricos bordados, tallas valiosas, antiquísimas pinturas, importantes bibliotecas, difícilmente se pueden evaluar, y, lo que es aún peor por definitivo, jamás se podrán rehacer, restablecer o restituir.
Razones muy poderosas y fuertes tuvieron los fundadores de la Agrupación al Servicio de la República, don Gregorio Marañón, don José Ortega y Gasset y don Ramón Pérez de Ayala que, sin abdicar un ápice de su liberalismo republicano, no tuvieron el menor reparo en escribir en el rotativo El Sol de 13 de mayo, la siguiente nota de urgencia: “La multitud caótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranías…Quemar conventos e iglesias no demuestra ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada, sino más bien un fetichismo primitivo o criminal que lleva lo mismo a adorar las cosas materiales que a destruirlas”.