La economía nacional, que se ha beneficiado de un aumento de los ingresos reales y de una marcada caída de la tasa de desempleo (HSBC estima un descenso de 10 puntos entre 2014 y 2020), se está recuperando con fuerza. Sin embargo, la inversión sigue siendo reducida y el sector bancario sigue siendo débil, aunque los bancos no han recurrido a la ayuda de emergencia (ELA) para acceder a la liquidez del BCE desde finales de 2018, y los depósitos de los hogares griegos están creciendo, aunque lentamente.
Y mientras la recuperación de su crecimiento se acelera, Grecia ha logrado una mejora fiscal, con un superávit primario estimado por el FMI en el 6,6% este año. Además, la deuda se está reduciendo, con previsión de caer del 188% del PIB en 2018 al 177% en 2019, y lograr un presupuesto equilibrado a partir de este año. Aunque esto es extremadamente positivo, hay un factor importante que hay que tener en cuenta: si las reformas aprobadas en materia de pensiones y recortes salariales en el sector público son constitucionales o no. El FMI ha advertido que habrá un costo significativo si estas medidas se consideran inconstitucionales.
El plan de rescate se extiende hasta 2022, pero Grecia sigue pagando su deuda. Además, las necesidades de refinanciación del país estarán totalmente cubiertas por las reservas de liquidez del Gobierno (cerca de 40.000 millones de euros) hasta 2023. Grecia ha regresado a los mercados de bonos y debería lanzar nuevas emisiones este año, dado el nivel de rendimiento (3,50% en el bono a 10 años). En vista de los fundamentos positivos y del atractivo de los rendimientos de los bonos griegos, con una volatilidad a niveles estándar, la deuda griega presenta oportunidades reales de inversión.