Gramsci recoge la herencia del humanismo renacentista, del jacobinismo revolucionario francés y de la Ilustración, elementos que unidos con el materialismo histórico y dialéctico, configuran una Weltanschauung de la inmanencia. Más en concreto, Gramsci afirma, en los Cuadernos de la cárcel, que “la filosofía de la praxis presupone este pasado cultural: el Renacimiento, la Reforma, la filosofía alemana y la Revolución francesa, el calvinismo y la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que se encuentra en la base de toda concepción moderna de la vida. La filosofía de la praxis es la coronación de todo este movimiento de reforma intelectual y moral”. Para Gramsci, el núcleo esencial del marxismo consiste en ser una religión de la inmanencia. El marxismo es una cosmovisión que tiene como enemigo a derrotar cualquier manifestación de una visión trascendente del hombre. El gramscismo neomarxiano es una revolución contra la trascendencia, en definitiva contra la religión y contra Dios.
El instrumento para construir la civilización de la inmanencia es el partido comunista, el partido revolucionario, denominado por Gramsci –gran admirador y devoto de Nicolás Maquiavelo- el Príncipe moderno. Siguiendo la cínica ética maquiavélica, para el ideólogo italiano cualquier medio es bueno si es eficaz para alcanzar el fin, que no es otro que el de llevar a buen puerto la revolución cultural.
El partido define los valores, que serán útiles en la medida en que ayuden a la completa secularización de la vida y de las costumbres sociales. Pero el partido no es sólo el inspirador intelectual de una nueva cultura inmanente, sino también y principalmente el eficaz ejecutor. En el interior del partido, a la usanza de las sociedades ilustradas de pensamiento, tiene que haber una élite cultural que pueda imponer a la masa puntos de vista inmanentes y antirreligiosos.
Hay que elaborar una nueva realidad social y cultural, desarraigada de la tradición cristiana. Todo medio que conduzca hacia la inmanencia y hacia la estulticia de lo “políticamente correcto” será calificado de moderno, avanzado, progresista y democrático. En cambio, los elementos de una visión trascendente o simplemente realista serán anatematizados con las adjetivaciones de antiguo, cavernario, oscurantista, sotanesco, reaccionario o simplemente fascista.
Después de la caída del Muro de Berlín y el sonoro desplome del Imperio soviético, desaparecieron los aspectos políticos y económicos del totalitarismo marxista. Pero en cuanto ideología materialista e inmanentista, el marxismo gramsciano ha sido el inspirador de una cultura agresivamente laicista y radical, así como deconstructora de valores y principios, que todavía está presente en vastos sectores de las sociedades occidentales.
En nuestra sociedad, en la española, el gobierno revolucionario radicalsocialista del Presidente Sánchez Pérez-Castejón, alumno aventajado, discípulo avezado y epígono furibundo del gramscismo más recalcitrante, ha sumido a la Patria en una orgía de deconstrucción axiológica, en un trastoque de valores, que hace que se produzca un desenfreno conductual, una miseria moral, una apatía nacional y una confusión intelectual más propias de un cotolengo fetén que de una sociedad madura, desarrollada, responsable, avanzada, interclasista y democrática.