Los asaltos son el reflejo y consecuencia de relaciones bilaterales y, con la entrada de España en la Unión Europea, de un problema de alcance internacional. Es un asunto geográfico y político que tiene que ver con el control del Mediterráneo y sus rutas comerciales, o con ganar más territorio, como el Sahara Occidental. También es económico por el negocio de las mafias transportando inmigrantes y, de seguridad, por la cercanía con la creciente radicalización islámica en África. Otro de los enfrentamientos que plantean los medios de comunicación es el de la defensa de las fronteras en contra de los derechos humanos de los inmigrantes.
Sin embargo, la seguridad nacional no es en ningún momento incompatible con la promoción de los valores y derechos de la persona humana. Las polémicas vallas, aunque es cierto que produce heridas y cortes a quien alcanza a traspasarlas, no fueron puestas para que la gente las saltara, sino para disuadir la entrada masiva y descontrolada, así como, el desconocimiento de todos aquellos que lo hacen. A esto se le añade el valor que adquiere la amenaza de la creciente islamización en las regiones del Magreb y del Sahel, vecinas directas de España. El país no puede permanecer ajeno a este peligro y dejarse llevar por el relativismo y el permisivismo, que legitiman la libertad individual por encima de los deberes con los que se encuentran comprometidos los ciudadanos para lograr una convivencia armoniosa.
Por otro lado, en España, sin importar la ideología gobernante, no está bien contemplado el aumentar el gasto en Defensa. Así, el presupuesto es uno de los más bajos de toda la Alianza Atlántica, a pesar de las repetidas advertencias por parte de la OTAN. La población, en un aspecto más amplio, se ha acostumbrado a vivir sin amenazas, ya que la actualidad está presenciando el periodo más pacífico de la historia de Europa. Pero ello no quiere decir que para continuar este éxito de paz y de prosperidad haya que olvidar la importancia de mantenerse al día en cuanto a los avances tecnológicos, que, en el caso específico de los enclaves españoles, pueden contribuir a mejorar el sistema de disuasión con medidas mucho más avanzadas y menos agresivas.
Por tanto, cabe decir que el asunto de Ceuta y Melilla es uno que atañe a todos los sectores de la sociedad: política y diplomacia, seguridad, economía y relaciones humanas. Su enfoque, para su posible solución, no tiene cabida en un único ámbito, sino que se requiere de la necesaria colaboración de todos ellos. No solo está en juego la estabilidad de España o la sensibilidad de los que observan las imágenes injustas de los asaltantes. Es un continente que está en pleno desarrollo demográfico y que, además, representa el futuro económico del mundo entero por sus abundantes y ricos recursos en materias primas y minerales.
Como frontera avanzada, el Sahel es la región más inestable del mundo porque tiene todos los potenciadores de riesgos. Involucrarse en la resolución de sus conflictos y en su desarrollo social, institucional y económico, es una inversión que debe hacerse en la frontera sur de Europa. No responde a una ingenua generosidad o idealismo político, sino a una necesaria contribución por causa de nuestra total interdependencia geográfica y de un mundo cada vez más conectado y globalizado.