Análisis y Opinión

¿Dónde está el límite entre control/salud y los derechos privados de cada persona?

COVID 19

Por Edoardo Fano, Director del Máster en Derecho Internacional de la Empresa

Redacción | Martes 07 de julio de 2020
Recuerdo haber visto, a finales de los noventa, una película que se titulaba Enemigo Público, en la que se hablaba de privacidad: me quedé alucinado al ver cómo al protagonista le costaba escaparse de sus perseguidores de los servicios secretos debido a la facilidad para rastrear sus movimientos. Han pasado más de 20 años y nuestra privacidad peligra cada día más. En muchos casos somos nosotros mismos los que entregamos nuestros datos, más o menos sensibles, sin saber dónde acabarán, durante cuánto tiempo y si lo harán de forma anónima: que levante la mano quien haya leído las cláusulas de privacidad de cualquier tipo de contrato que haya firmado para luego sorprenderse de que en su ordenador las páginas de Internet se llenan, como por arte de magia, de anuncios sobre los destinos que se habían buscado o sobre su grupo de música preferido

Hasta nos complace que sea así, como cuando al comprar un libro en Amazon nos aconsejan autores que nos gustarán, y lo mismo ocurre en Netflix con las películas. La información, desde siempre, es poder, aún más a través de su elaboración informática y de la inteligencia artificial.

Pasando a hablar de la salud, si bien a nivel individual la cuidamos bastante, a nivel global hacemos todo lo contrario, empeorando sin parar el entorno en el que vivimos con todo tipo de contaminación sin querer admitir, ya que lo sabemos de sobra, que lo global afecta a lo individual.

Hasta que ha llegado el COVID-19. Una pandemia de dimensiones globales que ha puesto en tela de juicio nuestras libertades más fundamentales y, al mismo tiempo, las medidas necesarias para intentar limitarla y, ojalá algún día, eliminarla.

No cabe duda de que en los países democráticos tanto la privacidad como la salud son derechos fundamentales. La pregunta es si estamos dispuestos a renunciar a la primera, aunque solo sea en parte y durante un tiempo, para proteger la segunda. Si renunciar a nuestra privacidad no ha sido un problema de grandes dimensiones a cambio de los productos y/o servicios cada vez más perfilados que nos van ofreciendo (el reciente escándalo Facebook ya parece un lejano recuerdo), sí lo parece ser de cara a nuestra salud y, por consiguiente, a nuestra posibilidad de desplazarnos libremente.

Podemos decir que una actitud parecida se podría considerar egoísta y antisolidaria, otro ejemplo que ilustra que lo individual prevalece sobre lo global, a lo que se uniría un nivel de auto responsabilidad distinto según las diferencias culturales: al final no se trata de suspender el derecho a la privacidad, sino de limitarlo conforme a lo que establece la ley y durante el tiempo que dure la situación de emergencia (necesidad y proporcionalidad).

Se están planteando sistemas que puedan controlar el estado de nuestros cuerpos (temperatura, anticuerpos, etc.) a través de aplicaciones móviles el teléfono móvil, este instrumento todopoderoso que muy pronto nos servirá para hacerlo todo, hasta el punto de que si alguien no lo tiene constantemente delante de la cara parece un ser desconectado, un inútil, un perezoso, ¡un peligroso libre pensador! y hay países que planean la expedición de pasaportes de inmunidad, lo que afectaría de inmediato no solo al derecho a la privacidad sino también a nuestra libertad de movimiento, y podría devolvernos al confinamiento que tanto nos está costando aguantar en estos días.

Cada vez más se oye hablar de colaboraciones entre colosos del sector privado punteros en la tecnología de la geolocalización, como Google y Apple, y entidades gubernamentales: en China e Israel estas medidas se han llevado a cabo con la justificación del «estado de emergencia».

Para lograr proteger al mismo tiempo el derecho a la salud y el derecho a la privacidad, sin limitar demasiado este último, habría que crear un sistema capaz de permitir, gracias a la tecnología (especialmente la criptografía), que se compartan informaciones sin ceder privacidad, es decir, sin que las informaciones revelen los datos, sobre todo si son sensibles.

Pero a veces esto es imposible. Pongamos un ejemplo: la toma de temperatura, a la que nos estamos acostumbrando. A parte de las consideraciones sobre si se tiene que considerar o no un «tratamiento» de datos es una medida adoptada con la finalidad de evitar los contagios, por consiguiente, no puede prescindir de la identificación de las personas que resulten contagiadas. Eso lleva a la discriminación de estas personas que no podrán entrar, por ejemplo, en tiendas u oficinas, además de dar una falsa seguridad (debido a la existencia en esta pandemia de falsos positivos y de falsos negativos) y, al parecer, de poderse quedar como medida de seguridad una vez pasada la emergencia.

Si no se cuida detenidamente y desde el principio la anonimidad de los datos sensibles, la finalidad de su recogida y los plazos temporales de su almacenamiento, una vez pasada la urgencia de la crisis nos podemos encontrar con un derecho tan fundamental como el de la privacidad y la confidencialidad de nuestros datos muy debilitado y vulnerable, sin tener la posibilidad de dar marcha atrás. La libre circulación es un derecho que volveremos a tener y es fácil de identificar, mientras que las eventuales violaciones al derecho de la privacidad pueden pasar fácilmente desapercibidas.

Lo fundamental es que el difícil equilibrio entre privacidad y salud, tanto en el sector privado como en el público, nos permita a los ciudadanos tomar decisiones conscientes después de haber sido informados de manera adecuada y haber comprendido el contenido de la información, bajo la supervisión de organismos independientes de control sobre el tratamiento de nuestros datos personales. Entonces, la disponibilidad a aceptar unos límites a nuestro derecho a la privacidad por el bien de todos y el recurso a herramientas tecnológicas para reducir estos límites sería una posible solución en el corto y medio plazo, esperando que la emergencia de la crisis no dure más tiempo.
¿Y en el largo plazo? Estamos tomando conciencia del hecho de que el mundo después de la crisis no volverá a ser el mundo de antes de la pandemia, lo que se empieza a denominar la «nueva normalidad»: hay cambios que han llegado para quedarse.

La enseñanza a distancia, por ejemplo, pasa de ser la excepción a convertirse en la regla, sobre todo a nivel superior: en el futuro más cercano las universidades optarán para ambos canales, presencial y online, como soluciones paralelas, integradas más bien que alternativas. Lo que tendrá entre sus consecuencias la oportunidad para alumnos y docentes de tener que desplazarse menos sin perjudicar la calidad de los contenidos y la reducción de la contaminación de los transportes.
En estos días hemos entrado en contacto con múltiples tipos de plataformas para comunicarnos a distancia y hemos aprendido sus potencialidades: las reuniones del futuro se realizarán cada vez más de esta manera, con las ventajas que se acaban de subrayar.

Esto no quiere decir que ya no nos encontraremos cara a cara sin una videocámara de por medio, faltaría más, el contacto humano no perderá su importancia, al revés, ganará en calidad en detrimento de la cantidad; y muchos profesionales en lugar de vivir en aviones y aeropuertos empezarán a tener más tiempo para dedicarles a sus seres queridos, a sus intereses y a sus pasiones.

Cuando empecé a relacionarme con el mundo de la moda desde el punto de vista legal, las nuevas colecciones se sacaban dos veces al año. Ahora casi cada semana hay una «semana de la moda» en alguna ciudad del mundo a la que hay que acudir para no quedarte fuera. En estos días de crisis muchos empresarios de la moda han empezado a reflexionar preguntándose si no sería mejor ir un poco más despacio.

En los cursos que he tenido sobre comunicación y bienestar, el deseo más grande que se me ha compartido ha sido de poder bajar del tren de alta velocidad y gozar de los pequeños y grandes placeres del día a día que a lo mejor estamos descubriendo o redescubriendo en estos meses de confinamiento forzado en casa. El ser humano tiene la suerte de poderse acostumbrar prácticamente a todo, pero a veces tiene que sufrir una crisis para empezar a hacer lo que siempre ha querido hacer.

Entonces, la respuesta a largo plazo podría ser un cambio radical en nuestro estilo de vida, priorizando la calidad sobre la cantidad, limitando nuestros desplazamientos, volviendo a cultivar nuestro huertecito como el Cándido de Voltaire y salvando la salud, la privacidad y el planeta de un solo golpe. Lo que transformaría de verdad esta pandemia en una oportunidad y tantas personas no habrían fallecido en vano.