El futuro inmediato se presenta con un cambio de ciclo apuntado por los analistas del Deutsche Bank, que proclaman el fin de un ciclo económico de globalización que se ha prolongado durante 20 años (1980-2020). Este amplio periodo es la realidad que hemos conocido hasta ahora, lo que en todos los medios se ha anunciado como normalidad y que se esperaba que volviese tras el primer brote del COVID-19. En estos momentos, nadie duda de que esta normalidad no va a volver, así que nos asomamos a un nuevo ciclo en el cual se desconocen las consecuencias, aunque hay muchos indicadores.
Para entenderlo tenemos que mirar unos cuantos años atrás, donde había un mundo de trabajos estables, subidas salariales y segundas residencias con una buena capacidad de endeudamientos soportados por un sistema financiero suficientemente estable. Atrás habían quedado otros grandes ciclos económicos como los de las grandes guerras y la Gran Depresión (1914-1945), Bretton Woods y la vuelta del patrón oro (1945-1971) y el comienzo del sistema fiduciario y la era de la inflación elevada (1971-1980). El último ciclo, basado en la globalización, es la realidad próxima que conocemos nacida por el impulso económico de la abolición de las regulaciones y el control de capitales, junto con una generosa demografía que aseguró un buen nivel de producción.
Si bien es cierto que se percibió alguna brecha en nuestra realidad, como la crisis del 2007-2008, que anunció los problemas que la globalización había creado, no se pudo prever el futuro que se acercaba. Esta crisis no fue el único indicador de cambio, el inicio de una nueva clase social llamada el precariado y las expectativas que los hijos del baby-boom vivían en peores condiciones que sus padres también ha sido una alerta constante en los últimos años. Si estamos al final de un ciclo, ¿qué periodo se abre? No está muy claro el nombre que va a tener, pero sí algunas de sus características, que serán un mayor endeudamiento por partes de los países, un mayor proteccionismo para proteger las economías, la vuelta a una guerra fría, volatilidad de precios, lucha de clases y de generaciones, además de una aceleración tecnológica. La descripción de esta nueva era no deja de ser un poco apocalíptica y algunos ya le han puesto el nombre de «la Era del desorden».
Una de las grandes incógnitas que se presentan es cómo quedará el mercado de trabajo. Tal y como apuntamos al principio, podemos acertar bastante a corto plazo, ya que es lo que estamos viviendo casi en estos momentos. Aumento de desempleo, destrucción de empresas, hundimiento de algunos sectores concretos y un mayor endeudamiento del Estado para mantener a la población en un nivel de consumo básico y no llegar a niveles aún peores para la economía y la población. Pero, ¿Cuánto durará esto? ¿Es sostenible?
Si nos vamos más a largo plazo vemos que la desigualdad aumentará en la población. El precariado, que ya asomó hace algunos años con empleos poco cualificados cuyo salario no da para una familia media, sufrirá más. Serán puestos con poco valor añadido relacionados con el sector servicios que perpetuarán las rentas bajas. Sin embargo, también habrá beneficiados, empleos estables de sectores estratégicos, como tecnología o farmacéuticas, que disfrutarán de trabajo y renta en un futuro dominado por la digitalización y las pandemias.
Queda pendiente si la desglobalización podrá ser una ventaja para los países, que podría recuperar el pulso de algunos sectores económicos básicos y generar empleo. Así se abre un escenario interesante en el que la recolocación de sectores clave que vuelven a instalarse en los países de origen puede ser una buena noticia para el fortalecimiento económico.
Este futuro mercado laboral se verá influenciado por elementos macroeconómicos y geopolíticos. Uno de los puntos de debate es cómo se comportará Europa ante este nuevo ciclo. ¿Habrá políticas unificadas o aumentará la desintegración europea? Esta pregunta abre dos escenarios diferentes: en uno, la unión de políticas comunes podría hacer que entremos en este nuevo ciclo económico con la fortaleza que da la solidaridad entre países, sin embargo, en otro escenario se presenta una desintegración europea con políticas dispares que haría que las economías se resintiesen aún más ante los cambios que se avecinan. Relacionado con la política común, está el nivel de endeudamiento y cómo funcionará el mercado financiero. Al respecto, los augurios no son buenos y se prevé que los desórdenes del mercado financiero sean algo habitual, así que tendremos que estar además sujetos a continuos shocks, crisis financieras y aumento de la inflación.
¿Cómo será el futuro? Será impredecible, se abre la era del desorden en la que el COVID-19 ha sido el catalizador del final de un ciclo económico de crecimiento y ha acelerado su final. Cambio de pautas de consumo, digitalización y teletrabajo son conceptos que se han instaurado en la nueva realidad de incertidumbre que abandona la era de la globalización.