Análisis y Opinión

Longevidad y responsabilidad social

Juan B. Lorenzo de Membiela

BIOLOGÍA SOCIAL Y EMPRESA

Redacción | Martes 21 de octubre de 2014
¿Cómo vamos a llenar esas décadas adicionales de vida que la medicina nos regala? se preguntaba Maalouf en su obra « El desajuste del mundo » en 2009. ¿Cómo escapar del aburrimiento y el temor al vacío?, ¿a través del consumismo?. Tantas preguntas hace cuatro años que hoy, ante la crisis, se antojan impertinentes por su frivolidad. Uno de los argumentos para desprendernos de las expectativas que por el trabajo se adquieren ha sido la prolongación de la vida laboral.






Se pretende potenciar la productividad del país. Lejos de cuestiones políticas ajenas a mí, si quisiera cuestionar esta conquista humana publicitada desde hace tiempo. El diario « The Actuary » , publicaba en 28 de noviembre de 2012 un artículo escrito por Richard Willets en donde explica la disminución en Gran Bretaña de personas nonagenarias en un porcentaje del 15%: 30.000 personas menos que lo esperado sobre datos contenidos en el censo en 2011 de Inglaterra y Gales, según la Oficina Nacional de Estadísticas (ONS).

Lo más llamativo son las importantes revisiones a la baja de las estimaciones de población en edades entre 90 años y superiores para varones y para mujeres de 100 o más años. La polémica ha despertado algún interés. Demostrar que la supervivencia humana no es tan alta como la esperada puede cuestionar estrategias económicas frente a la recesión. La opción de prolongar la vida laboral en pos de productividad puede tener otras alternativas más efectivas.

Porque en edades avanzadas pocos son los que llegan en plenitud de condiciones físicas y neurológicas. Y justo es reconocerles un tiempo que puedan dedicarse a sí mismos, pues como dijo Montaigne:

« Paréceme que la soledad tiene más base y razón de ser para aquellos que dieron al mundo su edad más activa y floreciente. Ya hemos vivido bastante para los demás, vivamos, al menos, para nosotros este retazo de vida. Volvamos hacia nosotros y nuestro bienestar pensamientos e intenciones» (2008:267). Pero ese retorno hacia nosotros no siempre llega de buen modo: El tiempo todo lo carcome como el gotear la piedra agujerea (Lucrecio 1,313).

Fue en navidad cuando acudí a una residencia para visitar a un viejo amigo. Para estrechar las manos de aquel sumido en un olvido de silencio, con lágrimas, humedeciendo su rostro ajado, rescoldos sin calor. Voz balbuceante, ojos perdidos, manos temblorosas, frías. Aquellos para quienes sentados o tumbados en sillones suspiran una caricia, una atención, fugaz siquiera. ¿De quién? No importa. El hombre en la adversidad clama compasión de todos.

La ingratitud de las nuevas costumbres que a todos debe advertirnos, pues nada será mañana lo que es hoy. No son aquellos tiempos y tradiciones cuando los propios cuidaban de los suyos en la casa familiar con sus Lares y Penates. No son aquellos tiempos y tradiciones cuando hijos como Montaigne sentían:

« (…) Gustaba mi padre de regentar Montaigne donde había nacido; y en toda esta organización de asuntos domésticos gusto de servirme de su ejemplo y de sus reglas y haré cuanto pueda para que le imiten mis sucesores. Si pudiera más por él, haríalo. Y gloríome de que su voluntad se ejerza y actúe aún a través de mí. ¡Quiera Dios que no deje yo perderse entre mis manos imagen alguna de vida que pueda entregar a padre tan bueno!(...) Tanto más cuanto que llevo camino de ser el último dueño de mi familia, y de intervenir por última vez(…)» ( 2008:914).

Hay otra concepción vital más exclusivista, menos solidaria. Todo queda reducido a lo mínimo familiar. El minimalismo funcional que es devastador para el débil y el impedido; para el hombre autentico que no precisa de manadas para subsistir a la sombra, ni ensartar puñaladas a traición o buscar flaquezas para demoler personas con o sin razón. La comedia del mundo y de lo civilizado: codicia, vanidad, orgullo, falsedad…

Se prescinde de los mayores por una excesiva pluriactividad laboral. El hombre trascendente sometido a la contingencia del placer, a la exuberancia de lo voluptuoso, a la veleidad de las ideologías, a los intereses personales simulados de prosperidad social. Nada se construye sobre lo que de por sí es decadente. Como la enfermedad no se cura con la muerte o el corregir los defectos propios causando confusión generalizada no es solución propicia: solamente para aquellos que sienten avidez no tanto de cambiar las cosas como de destruirlas (Ciceron, off.2,3). Pues el bien no sigue necesariamente al mal (Montaigne, 2008:921).

La « omertà » de la conveniencia no conduce a otras sendas que a las ya conocidas ni a otros resultados que a aquellos que sufrimos. Sin cambio individual no hay cambio social. La crisis empieza y acaba en cada persona: muchos enseñaron a engañar temiendo ser engañados, y con sus sospechas otorgaron a otros el derecho a ser infieles (Séneca, epist. 3,3). Lo imperativo de la norma ética se agota en su propia publicación.

Para algunos pensadores políticos es suficiente contar con instituciones eficientes para que la sociedad funcione adecuadamente, es decir, para lograr una excelencia social ( Simmel,2003). Pero para otros ninguna institución puede operar sin la participación activa de los individuos que constituyen la comunidad.

Y ante esa encrucijada nos hallamos. Como explicara Emmanuel Lévinas y Hans Jonas, sin responsabilidad individual no hay responsabilidad social: La conciencia de sí es igualmente la de todo. Contra esa totalización ha habido, en la historia de la filosofía, pocas protestas ( Lévinas,1982:69).