Análisis y Opinión

Imperio Bigtech y claves geopolíticas

CIBERESPACIO Y ECONOMÍA DIGITAL

· Por Pablo Sanz Bayón, profesor de derecho mercantil en Icade

Sábado 27 de febrero de 2021
El Imperio “Bigtech” es el conglomerado corporativo que domina el ciberespacio y la economía digital. Lo constituyen las gigantescas empresas conocidas como GAFAM (Google-Alphabet, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) -a las que habría que añadir Twitter, IBM, Uber y Netflix, entre otras-. Son los nuevos latifundistas o terratenientes de Internet, porque en una economía actual cada vez más digitalizada, han hecho de sus servicios un elemento imprescindible para infinidad de empresas y modelos de negocio. Sus usuarios y clientes se han convertido en una suerte de súbditos que habitan parcelas del ciberespacio que quedan a merced de la política de condiciones predispuestas por estos nuevos señores feudales cibercráticos. Internet en manos de las Bigtech está recuperando las antiguas relaciones de vasallaje, instaurando una especie de feudalismo cibernético.

Estos gigantes de Internet comparten prácticamente los mismos accionistas de referencia (los grandes bancos y fondos de inversión de Wall Street) y la misma inclinación o tendencia hacia el oligopolio y el monopolio. Controlan la casi totalidad del mercado publicitario online e influyen enormemente con sus algoritmos y procedimientos de big data en la producción, distribución y orientación de los contenidos digitales, a través de sus servicios y motores de búsqueda y las relaciones sociales que se generan en sus plataformas. El volumen y la calidad de la información que adquieren y procesan tanto de países y empresas como de sus miles de millones de usuarios en todo el mundo (a través de sus plataformas, aplicaciones, sistemas operativos, navegadores y servidores) supera inmensamente a la que pueden extraer y analizar cualquiera de los mejores servicios de inteligencia del mundo.

El Imperio Bigtech es una densa red de negocios e intermediarios que operan en una dimensión global y digital que hoy por hoy escapa de las capacidades de supervisión y control de cualquier Estado con su propio ordenamiento jurídico. Sus servicios de hosting y computación cloud (“en la nube”) pueden estar localizados en un sitio mientras que los centros de procesamiento de datos pueden estar funcionando en otro. Sus directivos, ingenieros informáticos, tecnólogos y científicos de datos viven y trabajan en diversos puntos geográficos del planeta mediante relaciones de subcontratos. Las sedes de las sociedades matrices y las de sus sociedades filiales o subsidiarias de estos grupos corporativos pueden a su vez estar radicadas en diversas jurisdicciones para beneficiarse de ventajas fiscales y administrativas.

En clave geopolítica, advertimos rápidamente lo problemático que resulta esta situación de servidumbre tecnológica. Las GAFAM y la mayor parte de las Bigtech que dominan mundialmente Internet son empresas estadounidenses y su epicentro se encuentra, sobre todo, en la región conocida como Silicon Valley (California). Sus magnates y directivos, grandes inversores, industrias y centros formativos, son los actores de un ecosistema que lógicamente es el que absorbe el mayor valor que genera el software y la tecnología digital que allí se diseña y produce, y la minería de los datos provenientes de los miles de millones de usuarios y clientes que estas empresas Bigtech tienen repartidos a lo largo y ancho del mundo.

Por esta razón, China, desde los albores de la aparición del Internet de uso civil, supo avizorar que debía crear una “gran muralla china digital” para evitar que las Bigtech estadounidenses (y por su puerta trasera o backdoor la CIA y la NSA) entraran y determinaran las relaciones sociales, políticas y económicas dentro de sus fronteras. El Partido Comunista chino supo hábilmente beneficiarse de la globalización capitalista al mismo tiempo que lo hizo trazando una estrategia para no depender de la infraestructura cibernética occidental. Y pudo conseguir sus objetivos construyendo una soberanía de su ciberespacio a través de la creación y consolidación de sus propios gigantes tecnológicos, el conglomerado denominado BATX (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi), al que habría que sumar Huawei, empresa mundial líder en redes 5G.

El contraejemplo geopolítico de China es Japón, Corea del Sur, India y Europa, cuyas industrias y poblaciones se encuentran “capturadas digitalmente” por las GAFAM, es decir, por los monopolios de Internet de EE.UU. En lo que respecta específicamente a la Unión Europea, el club liderado por Alemania y Francia ha sido incapaz en las últimas dos décadas de impulsar su propio conglomerado Bigtech. Exceptuando Ericsson y Nokia en el mercado de dispositivos o Spotify en el mercado musical, puede afirmarse rotundamente que no hay ninguna gran empresa de Internet bajo la gestión y propiedad exclusiva de ciudadanos europeos ni enteramente bajo la supervisión ni regulación completa de las autoridades europeas. Ninguna empresa europea de Internet tiene capacidad de rivalizar mínimamente con las GAFAM, que son las que dominan con sus monopolios el mercado digital europeo. Además, se ha permitido que Irlanda haga dumping legal y tributario alojando los tentáculos de las Bigtech americanas sobre las que pivota la economía digital del resto de los países europeos.

Esta realidad pone a los países europeos en una situación de gran vulnerabilidad, porque las comunicaciones online y el comercio electrónico de todo el continente depende de las condiciones y políticas de servicio de unas pocas empresas cuyos centros de decisión están fuera de su jurisdicción y que, además -en última instancia-, dichas empresas y sus principales accionistas y gestores responderán a los intereses e injerencias del gobierno de EE.UU. Mientras la UE no apueste por una cierta autonomía cibertecnológica que le permita proteger su soberanía digital, las empresas y usuarios europeos seguirán alimentando las bases de datos y los algoritmos de una potencia competidora. Es decir, mientras Bruselas no cambie de rumbo, la economía y las sociedades europeas seguirán supeditadas indirectamente a intereses ajenos marcados por las autoridades de EE.UU., y, en definitiva, a merced de la configuración informática de las plataformas, aplicaciones y servicios digitales realizada por las Bigtech estadounidenses.

¿Debe Europa emular en cierto modo a China y orientar su política de Internet hacia una soberanía de datos y de servicios digitales que proteja a sus gobiernos nacionales, empresas, ciudadanos y usuarios? ¿Está a tiempo la UE de levantar una “muralla digital europea” o se encuentra ya inexorablemente subordinada a las Bigtech estadounidenses? ¿Estarán los ciudadanos europeos dispuestos a abandonar las redes y plataformas de las GAFAM para empezar a usar alternativas europeas?