Me gustaría pensar que la situación es muy distinta al momento en el que estalló toda la cuestión del procés. Para explicar la situación de inicio quisiera utilizar un cuento que leí en el libro “El Conde Lucanor”, de Don Juan Manuel. Un hombre que vivía en una villa quedó ciego. Estando ciego y pobre, se le acercó otro ciego que vivía en el lugar y le propuso ir a una ciudad cercana a mendigar. El ciego en cuestión le aseguró que conocía el camino como la palma de su mano y que por tanto no correrían ningún peligro. Tanto insiste que al final convence al primer invidente para ir a la ciudad. En cuanto llegaron a los sitios difíciles y peligrosos, el ciego que hacía de guía cayó por un barranco y con él cayó el otro invidente que tanto temía por su vida. En el fondo creo que al inicio de toda esta situación tanto el Gobierno central como el catalán estaban completamente ciegos. No querían ver más allá de las necesidades e intereses de toda la sociedad catalana.
Esta falta de visión ha provocado no solo la fractura de la sociedad catalana sino un estancamiento de la economía que ha llevado a muchas empresas ha tomar la decisión de abandonar el territorio catalán. Inclusive, la incertidumbre en torno a la evolución del procés ha provocado la caída de las inversiones extranjeras ahondando en un estancamiento aún mayor del tejido empresarial y comercial de Cataluña. Siempre que he escrito sobre este tema he intentado hacerlo con el máximo tacto para no herir sensibilidades y he defendido la importancia de fomentar un diálogo entre el Gobierno central y el catalán. A mi modo de ver la clave es fomentar un diálogo constructivo. Si bien ¿qué implica ese diálogo? Y lo más importante, ¿se dan las condiciones para poder fomentar ese diálogo constructivo? Me gustaría dar respuesta a estas preguntas desgranando las virtudes de ese diálogo.
Para que dicha loable iniciativa pueda alcanzar el resultado deseado, en primer lugar, debe de haber respeto entre las partes involucradas. Tras la publicación de la carta de Oriol Junqueras, Pedro Sánchez declaró que había “llegado el momento de buscar juntos un nuevo nosotros” con la firme voluntad de respetar y tener en cuenta a su contraparte. Ese mismo respeto implica aceptar que en ocasiones puede que no tengamos la razón, de modo que la clave es estar abierto a escuchar otros puntos de vista. De hecho, Oriol Junqueras ha reconocido en su carta que “desde ERC han hecho una reflexión profunda sobre sus fortalezas y debilidades, los errores y los aciertos” lo que puede llegar a interpretarse como un reconocimiento de que se han cometido errores y que quizás, parte de la sociedad española (incluida la catalana) no ha entendido como legítimas ciertas decisiones tomadas en el pasado. Incluso ha expresado que “otras vías no son viables ni deseables en la medida en que, de hecho, nos alejan del objetivo a alcanzar”, lo que ha sido interpretado por muchos como un abandono efectivo de la vía de la Declaración Unilateral de la independencia.
Añadamos un nuevo concepto a ese diálogo constructivo, ¿y si hablamos de diálogo sincero? En principio, la apertura de mente y el respeto por otras posiciones fomentará la sinceridad, aspecto clave para encontrar una solución al bloqueo que sufrimos en Cataluña. Es claro que el proceso de diálogo no será fructífero si no existe igualdad entre los interlocutores. Nuestra Carta Magna define en su artículo 1.1 a España como “Estado social y democrático de derecho” y la creación de la Mesa de Diálogo para tratar el tema del independentismo puede y debe erigirse como dispositivo democrático en el que las partes puedan expresar legítimamente sus desacuerdos y antagonismos. De momento, tanto Pedro Sánchez como su homólogo Pere Aragonés, han defendido el retorno a esa Mesa bilateral que lleva más de un año sin reunirse. Asimismo, Oriol Junqueras, en su carta no ha dudado en poner en valor ese instrumento para tratar un tema tan delicado que ha bloqueado las relaciones entre el Gobierno central y el autonómico.
Parece que la buena voluntad existe pero ahora nos enfrentamos a otro reto: convencer a la sociedad española en general -y a la catalana en particular- del cambio de la situación y de la idoneidad de variar la estrategia aplicada hasta el momento. Aquí es donde entra en juego lo que ha venido en llamarse la “pedagogía de los indultos”. Será una tarea difícil si tenemos en cuenta que según una encuesta realizada por el diario El Mundo, el 61% de los españoles está en contra de los indultos. De momento, los dos presidentes han dado un paso adelante en lo que para muchos ha sido definido como un suicidio político sobre todo para Pedro Sánchez. Por su parte, Pere Aragonés ha expresado que “es el momento de reanudar el diálogo y la negociación” provocando la reacción de sus socios de gobierno, firmes defensores de la vía unilateral. Son muchos los que desconfían de la sinceridad de Oriol Junqueras y que ven todo como una estrategia, ¿por qué reconoce que los indultos podrían ayudar a allanar el camino cuando en su momento se mostró firmemente en contra de estos?
Es imposible llegar a conocer al 100% las verdaderas intenciones, pero como he mencionado unas líneas más arriba, la confianza es básica para que el diálogo se reanude y para aquellos más escépticos, es importante no olvidar que se está hablando de indultos revocables y condicionados y de que los condenados por sedición ya llevan 3 años y medio en prisión. Si tenemos en cuenta la situación en la que se encuentra inmersa Cataluña y los resultados obtenidos con la estrategia del no sistemático, la aplicación del artículo 155 de la Constitución española y las sentencias emitidas por la justicia, ¿no vale la pena intentar otra estrategia con el objetivo de desbloquear una situación muy enquistada? Albert Einstein decía que “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio” y sin duda, “La negociación será extraordinariamente complicada”, tal y como manifestó Pere Aragonés. Sin embargo, esta circunstancia no debe llevar al inmovilismo o la pasividad.
Cataluña y España tienen la posibilidad de iniciar una nueva etapa en el procés y creo que es justo que se plantee un cambio de estrategia al respecto, siempre y cuando se respete la Ley y se lleve a cabo un diálogo sincero y constructivo. Estamos hablando del futuro de una región fracturada, dividida en bandos, cansada y estancada a nivel político, social y económico. La sociedad catalana siente incomprensión, frustración y hasta abandono por parte de sus propios dirigentes. Es el momento de quitarse la venda de los ojos, de sentarse en la mesa de diálogo con intención de llegar a un acuerdo, o al menos de debatir sobre un tema que tanto preocupa al Gobierno central y al catalán. No sólo está en juego el futuro político de los dos líderes: estamos hablando del bienestar de toda la inmensa mayoría de la sociedad catalana tiene ganas de mirar al futuro con otros ojos. No cabe duda de que la situación parece haber cambiado, dándose unas condiciones más idóneas para llevar a buen puerto ese diálogo. Los resultados están aún por ver y será difícil dar con una fórmula que satisfaga a todos por igual, pero lo más importante es volver a esa mesa lo antes posible pensando en el bienestar de todos los ciudadanos y dando cabida, por igual, a todas las posiciones.