La tentación de falsificar el currículum tiene su vinculación con la propia percepción de la ciudadanía sobre sus gobernantes, con la competencia política que se les atribuye y, desde luego, con el deseo de estos ‘fraudes con patas’ de ganar legitimidad y poder.
No es baladí que uno de estos politicastros (hombre o mujer) haya pretendido aumentar su presunto prestigio, buscando una imagen de inteligencia y preparación entera o parcialmente falsa. Tampoco lo es que ese politicastro haya perseguido una estampa de ‘seriedad’ para acceder o mantenerse en un cargo. Por descontado, y en entornos altamente competitivos como aquellos en los que se mueve nuestra casta parasitaria, a nadie le gusta ‘quedarse atrás’, y de ahí que sea lógico que estos estafadores busquen cimentar una trayectoria de falsa experiencia para reforzar su pretendida autoridad (la que no tienen ni por asomo).
Y, más allá de las causas que han movilizado a estos granujas de sexta regional (algunos han podido cometer infracciones penales, saltando de granujas a delincuentes), está la inevitable del propio narcisismo: la necesidad psicológica de reconocimiento, de ser lo que no se es, de inflar la autoestima… de, en definitiva, construir una identidad idealizada, aunque sea puro decorado de cartón piedra.
La responsabilidad de este esperpento, en primera persona, está claramente en quienes han pretendido presentarse como doctores o catedráticos siendo meras piltrafas, bachilleres rasos. Pero, ¿y la responsabilidad de quienes les nombraron? ¿Va a mantener la opinión pública española la sana y democrática presión sobre los ‘líderes’ de cada una de las formaciones que, no contestos con expoliar al pueblo, lo toman por idiota? ¿Tardará mucho esa misma opinión pública en tirar la toalla y fijar la atención en una diferente ‘serpiente de verano’? Al tiempo…