Sociedad

¿Es qué consiste actualmente la profesión de politico?

· Por Alberto Serrano Patiño, ex Concejal del Ayuntamiento de Madrid, Funcionario de Carrera, letrado, docente y escritor

Domingo 30 de noviembre de 2025
Tuve el honor de servir en un puesto político en el Ayuntamiento de Madrid durante el periodo 2019 a 2023 como Concejal Presidente de los Distritos de Latina y Hortaleza, y esta pregunta, de acuerdo con mi experiencia, me la han formulado profanos ciudadanos hasta la saciedad. A lo mejor ustedes también se lo han planteado. Trataré de responder en breves líneas, igual les sorprende, pero es lo que hay en la actualidad. Como diría el gran jurista, Alejandro Nieto, la profesión de político es polimórfica y en todo caso, dinámica. Esta reflexión, en rigor, la refería el entrañable catedrático ya fallecido, al concepto de servicio público, pero me viene al caso.

En efecto, pese a que hay una intuición popular nadie sabe exactamente a qué se dedica un político. Desde luego, es polimórfica la profesión en el sentido de indefinida o ambigua, ya que no existe un catálogo concreto de las obligaciones que lleva aparejada, ni un horario ni, en definitiva, ninguna de las características que podrían definir un mínimo de su estatus jurídico-laboral. Pero además es muy dinámica, esto es, muy permeable al devenir de los tiempos, va evolucionando sustancialmente, pasando, por poner un ejemplo sencillo, de una actividad más de despacho a una profesión más de estar en la calle, de algún modo mimetizándose entre los ciudadanos, y al menos en apariencia, compartiendo sus problemas y anhelos.

Dicho lo cual, convendrán conmigo, que la aproximación más básica y elemental, entiende que un puesto político es aquel que percibe un sueldo de un presupuesto público. Y esta retribución ¿a cambio de qué? ¿Qué es exigible a un político por el partido que le coloca en tal puesto?

La política teóricamente podemos concebirla como el noble arte de ejercer el poder, cuyo principal objetivo sería el de dirimir y equilibrar los distintos intereses públicos, es decir, una actividad orientada a la adopción de resoluciones que posibiliten una justa y beneficiosa convivencia en sociedad. En definitiva, ejercer un puesto político debería ser tomar decisiones dentro del ámbito de su competencia en beneficio de los administrados y con los recursos públicos disponibles a tal fin de acuerdo con los presupuestos.

Por descontado, un político debe atender las demandas de ciudadanos concretos siempre que formen parte de la esencia del programa ideológico de su formación política. Pero como está todo tan desnaturalizado hoy día no es rara la vez que pretensiones típicas de la izquierda sean atendidas por partidos de derecha y viceversa.

Ello tiene una cruda explicación dada la realidad de nuestra clase política: tomar decisiones siguiendo el camino marcado es ciertamente agotador, y más si cabe para una persona que no ha pisado la administración en su vida y es profana de todo lo que supone procedimientos, licitaciones públicas, presupuestos y demás instrumentos del recio derecho administrativo. Además, hay riesgo de equivocarse, salir en los periódicos, y quedar estigmatizado en futuras listas.

Por eso, siempre queda lo fácil, esto es, que las decisiones teóricamente políticas las tomen los funcionarios que llevan toda la vida en el mismo sitio, y si sale todo bien, se pone la medalla el político de turno y si sale mal, con cortar un par de cabezas puede capear el temporal. Es el comportamiento generalizado de muchos políticos patrios: ser un pelele en el cargo público que detenta.

Entonces ¿por qué cobra hoy día un político? Con el tiempo lo entendí, aunque me costó lo mío. A un político se le coloca por su partido esencialmente para conseguir ganar las siguientes elecciones y para ello es esencial capitalizar logros y, lo que es más importante, que la gente lo interprete como tal.

Da igual que tales triunfos sea producto de un ímprobo trabajo o del mero azar. Se puede vender perfectamente, si te lo compran, una buena lluvia en tiempo de sequía, que se haya descubierto petróleo, el colgar una pancarta o izar una bandera en un balcón o asegurar que tienes la fórmula del bálsamo de Fierabrás. Lo importante es que los vecinos en su santa inocencia perciban algo meritorio atribuible a una persona de un partido concreto, lo cual exige unas altas dosis de talento de eso que llaman la comunicación política.

La comunicación política no es otra cosa, en efecto, que atribuirse tantos ante la opinión pública. Obviamente siempre es más fácil entre los incondicionales y más complicado en otros caladeros, pero también se intenta. Y por supuesto es más meritorio, o tiene más gracia en el ambiente, atribuirse méritos que no te corresponden robándoselos a otra administración o a una empresa privada o a una organización del tercer sector. Es esto hoy día por lo que se retribuye a un político, para bien o para mal.

Les comentaré para finalizar una anécdota personal de mi etapa en el Ayuntamiento de Madrid, y entenderán perfectamente la mentalidad. Resulta que había unas obras en marcha que generaban una gran resistencia vecinal con toda la razón del mundo. El proyecto no correspondía a la competencia de la Junta Municipal de la que yo era titular sino a un Área de Gobierno del Ayuntamiento, que además pertenecía a un partido político distinto del mío (en aquellos tiempos había un gobierno de coalición en Madrid), pero ni corto ni perezoso, allí me fui a discutirlo con el Delegado del ramo que tuvo a bien recibirme.

La reunión fue extraordinariamente cordial. El único problema que tenía es que no me daba la sensación que el Delegado se enterara del tema. Me lo confirmó sin duda, las preguntas que me hacía. Estaba yo nervioso porque pensaba que, pese a todo mi despliegue dialéctico, al final el proyecto seguiría su curso. Y ante esta posibilidad dramatizaba mi discurso con mayor énfasis si cabe. Cansado ya el delegado de tanta charla, espetó:

—Alberto, por favor déjalo ya. Sólo te quiero preguntar: los que protestan ¿quiénes son?

Mi respuesta debió sonar un poco falsa viniendo de mí:

—Hombre, pues quienes van a ser: nuestros votantes.

Concluyó diciendo:

A mi este proyecto me importa un bledo. Voy a indagar quien está detrás de las protestas —no se fiaba obviamente de mi— y si es así como cuentas: fin del proyecto, porque yo no sé qué haces tú aquí, pero yo estoy para ganar las siguientes elecciones.

En el fondo, me estaba dando una gran lección de la política actual y yo me sentía un caballero trasnochado del medievo. No la asimilé. Seguí trabajando sin pensar en ningún mañana electoral y tratando de beneficiar al vecino sin mirar su color. Así me fue, a mí y a mi partido. No superamos la primera lección de política con mayúscula: trabajar para capitalizar los resultados electoralmente.

TEMAS RELACIONADOS: