¿Nunca han tenido un amigo íntimo en el que han confiado sin ambages y luego se han dado cuenta de que en el fondo su cercanía se debía a su propio interés? Seguro que sí. Pues bien, en el mundo geopolítico actual estas cosas pasan más de lo que debieran y la fábula de la rana y el escorpión está a la orden del día.
Corría el año 1948 cuando el Plan Marshall llegó a Europa con el objetivo, a priori, de reconstruirla después del horror de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos se había convertido en nuestro gran amigo, el que nos protegía, el que nos ayudaba y en quien podíamos confiar. En la letra pequeña figuraban las cláusulas de la ayuda, puesto que se trataba de créditos a pagar en el futuro, pero además, todo el dinero se tenía que utilizar para comprar bienes y servicios a empresas norteamericanas (¿les suena?), lo cual permitió que los americanos transformaran su industria de guerra en una industria de paz, dando trabajo a los soldados que volvían del frente y creando de paso los veinticinco años que duró el American Dream en el otrora paraíso de las libertades.
Además, la amenaza de extensión del comunismo precisaba de un escudo europeo, como hacían antes los romanos, por ejemplo con los dacios, para evitar que los godos les invadieran. Los países europeos eran la primera línea de batalla contra la amenaza soviética, y así no tenían que enviar a los marines a luchar, como tuvieron que hacer en Corea o en Vietnam. Nos ayudaron sí, pero no de una forma tan desinteresada.
Los países europeos decidieron unirse y crear la Unión Europea y la Eurozona, y superaron en comercio al amigo americano, creando un estado del bienestar que muchos norteamericanos envidiarían en esa comunidad que establece una desagradable distinción entre “winners” y “losers”, y permite que centenares de miles de personas vaguen por las calles empujando trolleys. Y por si fuera poco, el enorme gasto público hizo que las cuentas norteamericanas se desestabilizaran, generando un elevado déficit comercial y un océano de deuda pública que, al igual que la española, tendrán que acabar pagando nuestros nietos, porque los hijos ya están en quiebra técnica.
Pero, hete ahí, que aparece un curioso sujeto, nieto de un inmigrante alemán, forrado de dólares, con un afán inusitado de protagonismo durante toda su vida, carácter misógino, supremacista por genética (a Hitler no le gustaban los judíos y este no aguanta a los hispanos) y con un nivel intelectual que difícilmente le harían acreedor a un premio Nobel, aunque haya alguien con no demasiado amor propio que se lo regale.
Pues bien, este individuo con carácter autoritario y vocación imperialista, rayana en la actitud de un matón de barrio, y de cuyo nombre no quiero acordarme, resulta que ha decidido cambiar el mundo a una edad en la que debería ceder el paso a alguien más joven y con menos complejos freudianos. Todos los días, cuando se levanta, tiene que poner algún tuit para demostrarse a sí mismo que está manejando el cotarro, y de paso pone el mundo patas arriba, dando pábulo a individuos como Putin o Netanyahu, mientras que al que no le gusta, directamente les manda a los marines para que lo secuestren, y así de paso, deja a Cuba sin recursos energéticos para que los pobres cubanos literalmente acaben viviendo como cavernícolas.
Pero ¿tiene él la culpa? Sinceramente, creo que no. Habría que preguntar a los votantes de Arkansas, Dakota o Alabama cómo usan sus votos y el porqué de votar a este hombre, visto lo visto con su primer mandato. Acaba el primer año de su segundo mandato y ya se nos ha hecho largo, especialmente a los que creemos en la libertad y en la concordia entre los diferentes pueblos de este mundo, y todavía quedan otros tres.
Siempre he admirado la idiosincrasia de los estadounidenses, desde la creación de la primera Constitución moderna a finales del siglo XVIII, antecedente de la francesa (traída a Francia antes de la toma de la Bastilla por Lafayette, que había luchado con las milicias de Washington), a la creación de una sociedad entre iguales en la que destaca la importancia de la meritocracia, en lugar de las rancias aristocracias europeas y la estructura clasista en la que impera la recomendación y “ser hijo o sobrino de”.
La verdad es que la libertad es como una droga; cuando la has probado ya no puedes vivir sin ella. Probablemente es una nota conceptual característica del ser humano actual, al menos en Europa. Necesitamos sentirnos libres, que ningún orangután por muy naranja que tenga su pelo nos diga lo que tenemos que hacer.
La pregunta que nos hacemos es qué pasará con Estados Unidos cuando se vaya Trump. Los americanos que siguen creyendo en la libertad piensan que todo volverá a ser como era antes y que habrá una cierta alternancia entre demócratas y republicanos, pero sobre estos últimos ha pasado el rodillo trumpista y no sabemos como será este partido después de su líder actual. Conociéndole puede estar preparando algo así como lo que ocurre en Corea del Norte, donde hay una monarquía comunista que ya va por la tercera generación, y puede hacer uso del nepotismo para entronizar a su hijo como nuevo presidente, con la aquiescencia de sus votantes del Medio Oeste y del Sur de Estados Unidos.
La respuesta, obviamente, la tienen los propios norteamericanos. ¿Qué quieren ser? ¿Quieren ser como Trump y su cohorte? Las revoluciones tienen que surgir del pueblo, como los hippies en los años sesenta o los alemanes en 1989 liberándose del yugo soviético. Tienen que ser ellos mismos los que voten y pongan en su sitio a quienes sólo piensan en sí mismos y califican al resto de la humanidad de “losers” por no ser como ellos.
Mientras tanto, sus seguidores pensarán que está funcionando el MAGA (Make America Great Again), sin darse cuenta de que el verdadero apelativo sería MALA (Make America Lone Again), puesto que Estados Unidos está regresando al aislacionismo previo a las grandes guerras mundiales, con su doctrina Monroe y, en el fondo, su complejo de inferioridad respecto del nivel cultural y social que siempre hemos tenido los europeos.
No todo son marines y dólares; pertenecer a la raza humana es algo más, pero alguno parece que no vio Barrio Sésamo cuando era pequeño; sólo le enseñaba su padre a jugar al Monopoly.