Sin embargo, el monoteísmo judaico únicamente consiente la adoración de una única divinidad. Y desde hace tiempo esta no entiende de armisticios y concordia. Al cumplirse 78 años de su fundación, Israel sigue atrapado en una espiral de violencia que no resuelve ni apacigua conflictos, más bien allana el camino hacia otros. La calculada postura de Netanyahu, que desde hace tiempo mira a su ombligo y no a los intereses de la nación, ratifica la supremacía de la fuerza sobre el dialogo.
Entre el 21 y 22 de abril millones de israelíes celebrarán el Yom Ha'atzmaut, la festividad nacional que conmemora el fin del mandato británico y el empoderamiento de David Ben-Gurion. Pero no habrá festejos públicos y tampoco desfiles callejeros, más bien será otro aniversario de guerra. Hamás aún maniobra entre los escombros y los túneles de la Franja, el partido de Dios sigue atrincherado en las colinas meridionales de Líbano y la teocracia chiita se mantiene en el poder en Teherán. Atrapado en un bucle dantesco, que ha conscientemente alimentado, el Estado judío sigue luchando.
Nahum Barnea, pluma afilada y reconocida a nivel internacional, escribió que sus compatriotas “están acostumbrados a planificar sus vidas alrededor de la guerra”. La cultura de seguridad empreña la cotidianidad de aquellos que nacieron un año después de la guerra del Yom Kippur, soplaron nueve velas presenciando la avanzada de los tanques hacia Beirut y se casaron en vísperas de la segunda intifada, el gran levantamiento palestino en septiembre de 2000.
Israel siempre ha recurrido al comodín de Gaza y Cisjordania como pretexto para justificar las ambiciones regionales. Un modus operandi utilizado también por el defensor del panarabismo Gamal Abdel Nasser, gobernador de Egipto desde 1954 hasta 1970, y Saddam Hussein en Irak. A ello se suma el rechazo inicial a Oriente Medio sintiéndose parte de Europa, el nacionalismo y el fanatismo de los ultrahortodoxos, la rama haredim, como explica Isabel Kershner en su aclamado The Land of Hope and Fear.
Pero este breve resumen histórico no explica del todo la querencia de Israel a abrazar una ordinariedad castrense. Existe otra razón que justifica la beligerancia de nueve millones de personas: un militarismo enquistado que antepone el ruido de los cohetes y ametralladoras a la diplomacia. Opción que encuentra la legitimación de los representantes políticos, altos cargos militares – si bien algunos como Ehud Omert han planteado soluciones dialogadas – y en particular de la opinión pública. Sin embargo, las guerras no resuelven el problema que las originó, más bien alimentan las condiciones de nuevos conflictos.
El primer intento de crear una zona de seguridad en el Líbano data 1978. Bajo el liderazgo de Menájem Beguin se aprobó la Operación Litani. En aquel entonces el espacio fronterizo se denominaba Fatahland y estaba controlada por los guerrilleros palestinos de Yasser Arafat. El ejército israelí volvió a cruzar la divisoria en 1982 con el objetivo de erradicad a los fedayines de una vez por todas. Lo consiguieron, pero la medicina fue pero que la enfermedad. Después de 18 meses de ocupación la milicia chiita Hezbolá ocupó su lugar, y pionero en el utilizo de los vehículos bombas, asesinó a centenares de uniformados franceses e ingleses el 23 de octubre de 1982. Una matanza que aceleró la retirada de ambos contingentes.
La historia se repite, pero desmintiendo a Carl Marx aquí no hay farsas que suceden a las tragedias. El rio Litani, vía acuífera que discurre paralela a la frontera con Siria y desemboca en el Mare Nostrum, separa algo imposible de erradicar. Los ataques indiscriminados de las Fuerzas Armadas de Israel (IFD), encolerizando no sólo a los chiíes sino también a las otras confesiones religiosas del país, fomentan las condiciones para el siguiente enfrentamiento.
Benjamin Netanyahu ha optado por refugiarse en el interior de un tanque ante las decenas de escándalos que le rodean y las imputaciones por fraude, abuso de confianza y soborno. La comparecencia en un tribunal a finales de de 2024 “no le ha pasado factura, aunque cuesta entenderlo su popularidad se ha disparado también entre los escépticos” matiza Rafael Anibal, director ejecutivo de Fuente Latina, una de las agencias de comunicación más importantes del país. “Es muy complicado entender a los israelíes, especialmente para aquellos que desconocen la historia del país e ignoran la trascendencia de la cultura de seguridad”, afirma un oficial de inteligencia con experiencia sobre el terreno.
En contra de la sensatez democrática, “Bibi” se ha convertido en el símbolo de una actitud nacional. Trazando un paralelismo incómodo, su forma de proceder asemeja más a la de Vladimir Putin que a la de un primer ministro de un estado democrático. Netanyahu no es el único gobernante que utiliza resortes institucionales para tapar desvergüenzas o las de su entorno familiar, abundando casos similares en otras orillas del Mediterráneo. Pero nadie ha llegado tan lejos. La feroz respuesta al pogromo de Hamás el 7-O fue una bendición envenenada, una mera venganza y no un intento de resolver el problema.
Desde aquel fatídico sábado, Israel ha bombardeado capitales árabes de países no todos hostiles, ocupado territorios limítrofes y convencido a Trump de la necesidad de declarar la guerra a Irán falseando las pruebas y embaucando al norteamericano. Los periodistas Jonathan Swan y Maggie Haberman del New York Times redactaron un interesantísimo artículo sobre las reuniones entre el magnate y Netanyahu y cómo el segundo logró convencer al tycoon de que la caída de los ayatolás era una cuestión existencial (véase reportaje al enlace https://shorturl.at/wG8SY).
En 2020 una gran parte de la región había soterrado el hacha de guerra contra Tel Aviv. Los acuerdos de Abraham prosperaban y las monarquías del Golfo, capitaneadas por Riad, habían optado por arrinconar definitivamente a Teherán. Sin embargo, la continuación de las operaciones militares en Gaza, la brutalidad en Cisjordania, los bombardeos en Líbano y Siria y la tensión constante con Irán confirman que el objetivo sigue siendo la dominación militar de un polvorín geopolítico.
También en los momentos de paz y ausencia de violencia, “Bibi” utilizó su experimentada retórica para incitar al conflicto y señalar amenazas incluso donde no las había. En 1996 fue elegido primer ministro surfeando la consternación por los terribles atentados de Hamás. El derrotado Shimon Peres lamentó “el fraccaso de Israel y la victoria de los judíos”. El adalid del Likud nunca ha exhibido una fe religiosa, pero en la construcción de su hegemonía ha convertido la Biblia en un manual político-militar y la fe en un instrumento. El actual gobierno, del que forman parte los extremistas Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir, niega la existencia de Palestina y pretende anexionar Cisjordania. Poco importa que esto vaya en contra de los mismos intereses estadounidenses, y eso que Israel necesita a Washington para librar sus guerras.
Incluso durante las negociaciones de los Acuerdos de Paz de Oslo, que transcurrieron entre 1993 y 2000, Israel ha continuado apoderándose de tierras palestinas. En esos siete años el número de asentamientos judíos en Cisjordania ha aumentado un 100%.
Es impensable que no haya alguien parecido a Simón, el agente del Shabak (servicio de inteligencia interior, NdA), magistralmente interpretado por Shlomi Elkabetz, que cuestiona el integrismo nacional reconstruyendo el brutal asesinado de un joven palestino por mano de judíos ortodoxos en la serie Our Boys.
Netanyahu ha optado por Ares, sabedor de que su continuidad únicamente depende del respaldo de un autócrata que ha convertido la Casa Blanca en un salón de fiestas. Giorgia Meloni, otrora pareja de baile del tycoon, ha suspendiendo el acuerdo de defensa con Israel en vigor desde 2003. Otros podrían seguir el mismo camino…