Mediante entrevistas, publicaciones en redes sociales, declaraciones vertiginosa y numantinas contradicciones – “cambios de opinión” dixit Pedro Sánchez – el líder estadounidense acapara todos los espacios mediáticos. Pero su forma de gestionar la política exterior sólo contribuye a incrementar la confusión, la incertidumbre global y la tensión geopolítica. Fíjense en la endeble tregua en Oriente Próximo, el manifiesto resultado de una guerra que se ha vuelto costosa a nivel económico y estratégico.
Pese a un historial delictivo enciclopédico o la sombra permanente de la corrupción, no hay periodista que no desee entrevistar a un líder gubernamental importante. “No hace falta mirar a Washington, me conformo con mandatarios autóctonos”, asegura un reportero con decenal experiencia en los rotativos más prestigiosos de España e Italia. A pesar de la trivialidad de la conversación, de que no se logre hacer mella en el interrogado y tampoco difundir exclusivas, el diálogo confirma el estatus del periodista y de su medio, elegido por el líder para difundir sus ideas. Tristemente en España episodios similares llevan acumulándose años, y aquella estupenda lección deontológica que transmite una película como Frost/Nixon del cineasta Ron Howard con las memorables interpretaciones de Frank Langella y Michael Sheen ha quedado en el olvido, semienterrada o en la UCI del cuarto poder.
Curiosamente en el desorden actual, es más laberíntico conseguir una entrevista con el acalde de una urbe provincial que con el presidente de los Estados Unidos. Hay algo compulsivo en la relación entre el magnate neoyorkino y la prensa. Cualquiera que sintonice la FOX tiene la sensación que durante las conversaciones entre corresponsales y Donald Trump se establecen los periodos de guerra, las treguas, acuerdos de paz, el crecimiento económico o la recesión global, el futuro o el declive del imperio estadounidense. Un cálculo aproximativo indica que el republicano concede una entrevista diaria, luego hay que sumar tres declaraciones cuando sube o baja del Marine One, el helicóptero presidencial. También acostumbra dialogar mientras pasea desde el Rose Garden al despacho oval o cuándo se acerca o aleja de un podio cualquiera. Y sin contabilizar las peroratas diarias en X o en Truth, su aplicación favorita.
Como un funámbulo o trapecista de la incoherencia, Trump raramente mantiene una versión coherente de los hechos. Cada declaración contradice la anterior y será desmentida por la siguiente. Es una mina de oro para cualquier reportero, pero una tragedia de cara a la estabilidad global. La totalidad de los analistas llevan preguntándose si habrá un verdadero acuerdo de paz con Irán o si los tambores de guerra seguirán escuchándose. Los asesores de la corriente MAGA, aquellos que no se han distanciado de Trump y tampoco renegado de su apoyo incondicional como Carlos Tucker, y los altos mandos uniformados que estudian cuidadosamente los peligros y las oportunidades, ambicionan poner fin a un conflicto que está provocando un efecto boomerang a seis meses de las elecciones legislativas de noviembre.
Pero nadie logra comprender los designios de un mandatario que ha perdido el control de la situación. “Es como si el objetivo de Trump no fuera gobernar, sino estar constantemente en el foco de la atención mediática”, precisa un diplomático de alto rango. Ducho en el business televisivo, el empresario ha convertido el mapamundi en un gran hermano omnipresente. Aunque quisiera cambiar de canal, siempre te lo encuentras. A principios de abril, los inexpertos mediadores del republicano elaboraron un plan de paz que ofrecerían a los ayatolás y Guardia Revolucionaria. A los imberbes Steve Witkoff y Gerard Kushner, elegidos por razones meramente instrumentales y no por una dilatada experiencia en ámbito internacional – el primero es amigo y colega del sector inmobiliario y el segundo yerno in pectore – se sumaron el vicepresidente J.D. Vance y Marcos Rubio, defensores de posiciones antagónicas.
El New York Times ha cargado duramente contra esta armada Brancaleone definiéndola “un enredo de emisarios que refleja el enfoque improvisado del mandatario y su total y absoluto desdén por los diplomáticos profesionales” (véase publicación al enlace https://shorturl.at/e7Mly). El mismo Trump publicó los quince puntos de la oferta a Teherán en sus redes sociales, antes de que los negociadores los transmitieran. “Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de mediación internacional sabe que airear logros y propuestas son manifiestas señales de debilidad, el meollo de las cuestiones se tratan con total y absoluta discreción”, afirma un experimentado peacekeeper.
Al hilo de lo ocurrido, y sin mostrar ninguna simpatía hacia el régimen teocrático, es comprensible que sus negociadores se pregunten si hay atisbo de seriedad en todo esto. Incluso antes de la guerra, siempre han existido fricciones en Irán entre moderados y partidarios de la revolución permanente. Dado por descontado que cualquier armisticio gira alrededor de esta confrontación, es indudable que las declaraciones inconsistentes y la escasa fiabilidad de Trump están jugando a favor de los altos mandos de la Guardia Revolucionaria y del sector radical.
Que Marco Rubio ocupe tanto el cargo de Secretario de Estado como de principal Asesor de Seguridad Nacional es una aberración estratégica e institucional. En un proceso de toma de decisiones habitual, los funcionarios proponen al último receptor un abanico de diferentes perspectivas. La disconformidad sirve también para lucirse o captar la atención del presidente. Durante el mandato de Richard Nixon entre 1969 y 1974 tanto Kissinger como William Rogers protagonizaron una cruenta lucha de poder. La bicefalia de Rubio ha conllevado el desmantelamiento de la Oficina del Asesor y el despido de centenares de expertos. “No debe sorprender que las decisiones de Trump sean cada vez más incoherentes e inestables”, señala el Wall Street Journal (más información al enlace https://shorturl.at/kb5Xg).
Si Sófocles levantara cabeza… optaría por emular a Luis García Berlanga.