Exterior

Trump vs Xi Jinping acto II: ¿se mantiene el empate intencional?

· La diplomacia y la tecnología se han entrelazado en la cumbre del 14 y 15 de mayo: Taiwán, los semiconductores y la inteligencia artificial están en el centro del debate entre Washington y Pekín.

Luca Pollipoli | Miércoles 10 de junio de 2026

Donald Trump aterrizó en Pekín con un gap considerable respecto a su más directo antagonista. Trazando un paralelismo cinematográfico, recordaba a Matt Damon en el largometraje Rounders interpretando a un talentoso jugador de póker que sin embargo, en este caso, regresó al tapiz verde sólo para ayudar a sí mismo, y no al mejor amigo. Con el inconveniente de que las cartas a disposición eran de un perdedor anunciado. Pero lo único que mantiene a EE.UU. y China sentados a la mesa es el miedo a los daños económicos que pueden causarse mutuamente (se aconseja la lectura del editorial de The Economist al enlace https://shorturl.at/dnaPK).



Pocas visitas presidenciales a China han estado acompañadas de tanta expectación e incertidumbre. El último encuentro entre Trump y Xi Jinping se remontaba a octubre del año pasado, cuando ambos líderes se reunieron en Busan, Corea del Sur, en el marco de la cumbre de la APEC, el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (EMF tuvo la cortesía de publicar un artículo de servidor al respecto que es posible consultar al link https://shorturl.at/fAf5L). Si bien ambos líderes calificaron la reunión como un éxito, en realidad sirvió principalmente para ganar tiempo.

Entonces, para el tycoon el objetivo era obtener influencia para lograr construir una cadena de suministro independiente de tierras raras y otros minerales críticos, actualmente bajo el control casi total de China. Toda interrupción en estos suministros pondría en riesgo sectores enteros de la economía estadounidense, incluidas las capacidades militares del país. Pekín, por su parte, obtuvo una concesión mucho más inmediata: una flexibilización parcial de los controles de exportación de procesadores de inteligencia artificial de alto rendimiento (semiconductores), esenciales para que China siguiera siendo competitiva en la carrera por el dominio en IA. Taiwan es bastante más que el chocolate del loro.

El acuerdo alcanzado en Busan fue, por lo tanto, táctico, no estratégico. No resolvió los problemas subyacentes, simplemente los pospuso. Sin embargo, había un elemento favorable a Pekín: la cumbre posterior se celebraría en la capital china, y pronto. El escenario internacional juega a favor del dragón asiático. Xi Jinping y su guardia pretoriana estudia con lupa la esquizofrénica conducta del mandatario norteamericano y sus extravagantes iniciativas. El modus operandi no puede ser más antagónico.

Si Trump se acuesta tarde por las noches contemplando el índice bursátil pero sin una estrategia a largo plazo, el líder del PCCh madruga con medidas de contención perfectamente estudiadas. El rictus frío, aséptico y el desafío a la hegemonía estadounidense se lleva cabo extremando las precauciones. Pekín cuida no atravesar las líneas rozas trazadas por Washington, especialmente en lo referente al suministro militar a Irán. El islote tecnológicamente más avanzado al mundo es la única razón por la que Xi Jinping no ha aprovechado el caos en Ormuz para aumentar la presión en el Indo-Pacífico. Como buen estratega, Xi Jinping se reserva munición diplomática para negociaciones más amplias y que podrían comenzar de inmediato.

El pasado septiembre la Casa Blanca rechazó un paquete de ayuda militar de 400 millones de dólares para Taiwán. En diciembre, Washington anunció la mayor venta de armas jamás realizada: un paquete de tecnología avanzada por valor de 11 mil millones de dólares. Si bien el acuerdo fue notificado al Congreso, su implementación sigue siendo incierta a medida que se acerca la cumbre. En febrero, Trump admitió públicamente haber consultado con el alter ego chino sobre la venta de armas a Taiwán, optando por esperar a que terminara el vértice antes de proceder. Desde entonces, ha crecido la incertidumbre sobre cuánto de ese arsenal llegará realmente a la isla.

Trump llegó a Pekín en una situación de manifiesta debilidad. Su capacidad negociadora es inusualmente frágil por alguien que ha construido una imagen política utilizando la prepotencia y la arbitrariedad. Atascado en el estrecho de Ormuz y con un régimen iraní que le ha comido la tostada, como justamente señalaba el canciller Friedrich Mertz, sin el apoyo de los aliados europeos y lidiando con una economía nacional que no despega y lastrada por una política arancelaria que se ha convertido en un boomerang. El republicano ha necesitado un acuerdo que pueda vender a su electorado como una victoria, especialmente de cara a los sufragios de medio término de noviembre.

Xi Jinping, que gobierna un país totalmente domesticado, no debe lidiar con calendarios electorales y tampoco con una prensa – la norteamericana - que se mantiene a duras penas independiente, pero que goza de márgenes de actuación impensables dentro de la Gran Muralla. Pekín tiene una ventaja inconmensurable respecto a su rival: el manejo de los tiempos. Se permite el lujo de esperar. Y no hace falta leer a Sun Tzu para entender quien lleva la batuta.

Las conversaciones en la Ciudad Prohibida se han centrado en el comercio, siendo Oriente Medio y Ucrania paréntesis insignificantes de un contencioso secular. Lo que está en juego va mucho más allá. El estrecho de Taiwán es una de las arterias centrales de la nueva economía tecnológica global. La Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) produce más del 90 % de los chips avanzados del mundo. Componentes esenciales para bases de datos de IA, sistemas de armas de última generación y la infraestructura digital de las democracias occidentales.

Una crisis en el estrecho —o incluso una eventual amenaza— tendría efectos en la economía global comparables, si no mayores, a los de un cierre del estrecho de Ormuz. Con una diferencia crucial: no sería el petróleo lo que dejaría de fluir, sino los chips que impulsan la transformación tecnológica de nuestro tiempo. Para comprender la magnitud del desafío se aconseja la lectura de Chip War: The Fight for the World's Most Critical Technology del académico estadounidense Chris Miller.

Trump llegó así a Pekín con pocas cartas que jugar. O, más precisamente, habiendo gastado ya algunas de las más importantes incluso antes de sentarse a la mesa. Las negociaciones con Xi Jinping no solo decidirán el futuro de una isla de 23 millones de habitantes, sino que también contribuirán a definir el equilibrio de poder tecnológico y militar para las próximas décadas. El tiempo apremia, y es Pekín quién marca el ritmo.

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