Sociedad

Belfast, Madrid y la problemática migratoria: cuándo la historia no se repite como farsa

· La capital norirlandesa, que desde 1998 se agarra a un endeble Acuerdo de Paz, vuelve a ser el epicentro de la violencia continental

Luca Pollipoli | Jueves 16 de julio de 2026

Esta vez, quienes estuvieron matándose durante un siglo podrían estar forjando una espeluznante alianza. Desde la tremenda agresión de un refugiado sudanés hasta los incendios entre llamamientos de deportaciones masivas, el caso de Belfast demuestra cómo la instrumentalización interesada de algunas noticias puede reavivar una polarización secular aunque los objetivos sean diametralmente distintos. Los alborotos estallados tras la violenta agresión a un operador sanitario retrotrae la memoria a los denominados troubles, o sea los años de plomos que ensangrentaron la ciudad del Titanic. Pero nos equivocaríamosmos si lo cortocircuitamos a un simple episodio de tensión vinculado a la problemática migratoria. Representa más bien la detonación de un coctel explosivo de crisis de orden público, estagnación económica, alteración política y una profunda transformación de la derecha británica.



En los días anteriores, el Reino Unido se había visto sacudido por la sentencia del asesinato del joven Henry Nowak, un adolescente de Southampton que agonizó mientras la policía le esposaba dando credibilidad al testimonio de su verdugo, el sij Vickrum Digwa. Los sectores más exacerbados de la derecha populista interpretaron lo acontecido como un episodio discriminatorio hacia los ciudadanos autóctonos y lanzaron duras invectivas contra un sistema judicial “arbitrario e incapaz de garantizar nuestra libertades” según Robert Lowe, fundador del partido xenófobo Restore Britain (se aconseja la lectura del interesante reportaje de Celia Maza al enlace https://shorturl.at/Ayz0B). Cuándo las imágenes de la agresión de Belfast empezaron a moverse en las redes sociales, la carga explosiva ya había sido depositada. Quedaba encender la mecha.

La cuestión migratoria se ha convertido en uno de los temas más relevantes del debate público británico. Las incesantes travesías por el Canal de la Mancha tanto en pequeñas embarcaciones como utilizando la infraestructura ferroviaria, la imposibilidad del sistema nacional para ayudar a todos los solicitantes de asilo y las protestas contra la apertura de nuevos centros han alimentado una controversia cada vez más acalorada. Además, la presión de Reform UK, la formación que capitanea Nigel Farage, lleva al gobierno laborista de un Starmer cada vez más debilitado y cuestionado internamente a adoptar políticas más propias de los tories o de la transalpina Giorgia Meloni. La aversión al inmigrante que procede de un determinado contexto geopolítico monopoliza tanto las reuniones en Downing Street como el contenido de los debates televisivos y radiofónicos.

La dureza de las imágenes del apuñalamiento se vio amplificada por el maniqueo interés y la falta de escrúpulos de mediático agitadores que han convertido la cuestión identitaria en un instrumento de polarización social. Tommy Robinson, cuya verdadera identidad es Stephen Yaxley-Lennon y logró movilizar a decenas de miles de personas en Londres el 13 de septiembre de 2025, exhortó a millones de seguidores para que se organizaran “de manera escuadrista” y se desplegaran en varias ciudades del Reino Unido e Irlanda del Norte contra un fantasmagórico “ataque invasor”.

El mensaje racista fue luego compartido por el bombero pirómano Elons Musk - tal vez la presidenta de AfD Alice Weidel era un perfil demasiado “moderado” - quien instó a los ciudadanos a protestar “repetida y enérgicamente” solicitando medidas draconianas y cambios en las políticas migratorias. Casi al mismo tiempo, empezaron a circular mensajes anónimos de WhatsApp y otras plataformas similares que instaban a los hombres norirlandeses mayores de 18 años a “estar preparados a luchar”. Fuentes solventes de inteligencia confirman que “una gran parte de las directivas proceden de West Belfast y Shankill Road”. Cualquier avezado es sabedor de que las localidades mencionadas son históricos bastiones de formaciones terroristas unionistas y republicanas (sobre la decenal violencia en Irlanda del Norte se aconseja la lectura de las monografías del catedrático Rogelio Alonso Pascual, NdA).

Estos populistas, que maquillan sus intereses económicos detrás de una simbología y un disfraz de épocas pretéritas que alegraría el día a Karl Lagerfeld, consiguieron transformar una noticia en un símbolo político de mayor alcance. En cuestión de horas, el debate ya no giraba en torno a la crueldad del atacante, sino que pivoteaba alrededor de la cuestión migratoria, el eventual cierre de las fronteras y la identidad nacional. Los medios de comunicación, y no exclusivamente aquellos que incorporan habitualmente narrativas de extrema derecha, alimentaron la suspicacia de que el Gobierno no sabría responder adecuadamente planteando como opciones a tener en cuenta “deportaciones masivas”. Lo que hace años se hubiese considerado marginal, ahora se debate como una propuesta legítima.

Lo más inquietante es la sobrevenida en el tablero político británico de movimientos que convierten a Farage en un demócrata moderado. Durante mucho tiempo fue el referente del euroescepticismo y de la antiinmigración y sus dimisiones, al verse rodeado de escándalos y corrupción, significan un hasta luego y no un adiós definitivo. El auge del citado Restore Britain sólo puede reducirse asumiendo posiciones cada vez más ortodoxas. Una dinámica que se va instalando también en otros contextos europeos, donde actores relativamente marginales logran influir en el debate público y presionar a formaciones masivas para que adopten su lenguaje, prioridades y respuestas. Los casos más evidentes son los de República Checa, Eslovaquia y Hungría.

En el medio de esta santabárbara, las protestas de Belfast deben interpretarse como un síntoma de una profunda transformación. Los recientes episodios de violencia se incorporan a un ecosistema que ha sido marcado por una inquina visceral hacia quienes eran considerados “targets legítimos”. El más que necesario recuerdo de las tres mil víctimas de los troubles queda ulteriormente dañado ante la unión de intereses de quienes consideran al Provisional IRA (P-IRA) o Uster Volunteer Force (UVF) ejemplos a seguir. No es casualidad que los alborotos adquirieran rápidamente una dimensión identitaria. Se golpearon viviendas asociadas a ciudadanos extranjeros, decenas de personas fueron obligadas a abandonar sus hogares y los uniformados policiales reconocieron la matriz xenófoba de los atentados. De nada sirvió que la familia del hombre acuchillado, Stephen Ogilvie, pidiera que la tragedia no se utilizara para alimentar odio y divisiones sociales.

Debido al historial atesorado por Belfast y una polarización que nunca ha remitido, aunque sean numerosos los mercaderes que intentan vender la “tranquilidad” de Irlanda del Norte como algo ejemplar, las imágenes de casas quemadas y de familias desalojadas a la fuerza evocan una “memoria histórica” –término ambiguo e incoherente como bien explica Javier Cercas en El Impostor – aún sensible por los episodios de violencia sectaria que marcaron a enteras generaciones.

Lo ocurrido en Belfast es una importante señal de alarma. Afortunadamente en la península ibérica no se han dado episodios similares, pero desde hace tiempo formaciones extremistas de ambos espectros ideológicos han adoptado la infausta palabra remigración como leitmotiv narrativo y mínimo común denominador de sus folklóricas apariciones callejeras (servidor en enero de 2024 dedicaba un artículo a un vocablo que ha adquirido una importancia estratégica en la narrativa de ambos espectros políticos. Véase enlace https://shorturl.at/4EkPO). Núcleo Nacional, movimiento radical que ha logrado establecer importantes vínculos estratégicos con grupos xenófobos de toda Europa y que ha optado recientemente por quitarse la careta y sumarse a las alternativas políticas del tablero nacional, ofreció abiertamente a Roberto Vaquero, líder in pectore del rojipardo Frente Obrero, un acuerdo para establecer una avanzadilla común en cuestiones migratorias. La propuesta, que aparentemente no ha tenido continuidad, disparó las alarmas de los servicios de información del Cuerpo de Policía Nacional (CPN) y de la Guardia Civil (GC).

En climas polarizados como Belfast, Madrid o Roma, dónde neofascistas quemaron las oficinas centrales del sindicato CGIL en octubre de 2021 y Casapound recauda más de 150 mil firmas que servirán para sustentar una draconiana propuesta legislativa de carácter popular, la delgada línea entre un evento municipal y una sublevación nacional parece cada vez más difusa. Es precisamente en este ámbito dónde los radicales, independientemente del posicionamiento ideológico, ejercen su mayor influencia.

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