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Nafta 3.0, bastante más que un certamen de futbol

· Los equipos anfitriones de la más importante prueba deportiva a nivel global no lograron superar los octavos de final, sin embargo, EE.UU, México y Canadá se enfrentan a un desafío aún más importante que la coordinación logística y el correcto desarrollo de la Copa del Mundo: la primera revisión de su acuerdo comercial

Luca Pollipoli | Domingo 09 de agosto de 2026

Y no faltan los obstáculos. La historia norteamericana de los últimos dos siglos es una amalgama de contradicciones, y pocos momentos logran resumirla como este volcánico mes de julio. En toda la región, los estados se llenan con miles de aficionados que han aterrizado desde los lugares más recónditos del globo. La Copa del Mundo de fútbol ha sido el proyecto de organización conjunta más ambiciosos que el continente haya emprendido jamás. Los partidos tienen lugar en las grandes urbes los tres estados desde Vancouver, pasando por Nueva York y finalizando en Ciudad de México.



Pero la imagen de veintidós jugadores profesionales corriendo detrás de una pelota esconde un frenesí diplomático y financiero. En los elegantes despachos y en las salas de los aeropuertos de Washington, Los Ángeles y Ottawa altos representantes de los tres países trabajan a destajo en la primera revisión formal del T-MEC, el acuerdo comercial que ha moldeado la integración económica de Norteamérica desde principios de los años noventa con la llegada a la Casa Blanca del exponente demócrata Bill Clinton. El gran certamen futbolística plantea un simple interrogante que también adquiere valor de cara al macro evento que organizarán España, Portugal y Marruecos – el gran beneficiario si logra que la final se dispute en Casablanca como vaticinan algunos periódicos (más información al enlace https://shorturl.at/XyZ0u) – en 2030: ¿es viable que tres estados con intereses antagónicos logren algo extraordinario actuando conjuntamente? En el escenario norteamericano los analistas financieros se preguntan si el éxito alcanzado albergando la gran competición deportiva facilitará aún más la integración económica o el tratado se enfrenta a un momento de impasse y retroceso.

Trump, que ha logrado el total y absoluto vasallaje de la FIFA representada por el invertebrado Gianni Infantino, en uno de sus cotidianos exabruptos verbales ha declarado que a EE.UU. le iría mejor sin el T-MEC. El pasado 1 de julio era una fecha clave para refrendar el acuerdo de libre comercio. En esa fecha el tratado podría haberse prorrogado automáticamente por otros 16 años, pero una negativa oficial de Washington frustró cualquier atisbo de optimismo. El representante comercial de la Casa Blanca, Jamieson Greer, comunicó la inviabilidad de una actualización. No obstante, la falta de consensos entre las tres partes no ocasionó la expiración del T-MEC. Desde la señalada fecha se ha puesto en marca una cuenta regresiva hacia dos posibles desenlaces: una prórroga de 16 años o una gradual fase de eliminación que conducirá a la ruptura definitiva en mayo de 2036. “El vaso medio lleno”, aclara la economista transalpina Maria Lorenza Dalle Pezze, “es que hasta entonces los tres anfitriones pueden conseguir un acuerdo supuestamente beneficioso”.

Como se ha podido comprobar en el escenario pérsico, la verdadera amenaza nos es la retirada de Estados Unidos, sino la incertidumbre que genera el quehacer de un pícaro octogenario que confunde el despacho oval con una tienda de juguete como si al frente de la gran potencia económica y militar estuviera Bejamin Button. Recordar, eso sí, que lo último que suele hacer Trump antes de acostarse es consultar el índice bursátil. Los intercambios y las balances comerciales norteamericanas están más que integradas. Los flujos energéticos, las cadenas de valor de sectores estratégicos como el automotriz – la amenaza china está detrás de la esquina – y las inversiones transfronterizas no pueden reconfigurarse fácilmente.

El coste estructural de una ruptura sería muy elevado. Una suspensión total del acuerdo pondría en entredicho las mismas cadenas de suministro y las inversiones que sustentan la competitividad de EE.UU. Asimismo, y esta es la gran criptonita trumpiana, se dispararía la inflación y los gastos de los consumidores desde Boston hasta San Francisco en un momento en que la asequibilidad representa el flanco más débil de la administración republicana. Y cabe recordar que en noviembre tendrán lugar las elecciones de medio mandato.

El neoyorkino es más que consciente de todo esto, por eso una vez más su estrategia de elefante en una cacharrería y las amenazas consecuentes deben interpretarse más como una herramienta de presión que como un objetivo real. Pero una vez más la ambigüedad prolongada conlleva un desgaste a corto plazo. Las empresas se ven obligadas a retrasad cualquier plan expansionista, los inversores optan por multinacionales extranjeras y la logística mercantil se arraiga en otros hemisferios y regiones. El daño no es ostensible de forma repentina, sino más bien va consolidándose la incertidumbre entre quienes atienden desde hace años la puesta en marcha de una fábrica que proporcione empleos y los adquirentes no tiene otra opción que mirar hacia el sur de Asia o Europa.

A finales de julio volverán a reunirse los negociadores en la capital azteca. Sobre la mesa únicamente quedan dos opciones: o la continuidad del tratado o su finalización. Lo importante es qué tipo de acuerdo y los costos añadidos.

México ha logrado cuantificables avances bajo el gobierno de López Obrador. Las desavenencias y los choques verbales entre el líder y fundador de Morena y Trump no han echado a perder la buena sintonía alcanzada durante el mandato de Joe Biden. Las negociaciones bilaterales cuentan con unas fechas establecidas, algo muy significativo ya que una gran parte del primer semestre de 2026 – y Claudia Sheinbaum no es mujer que rehúya la confrontación dialéctica – estuvo marcada por unas disputas arancelarias y tensiones bilaterales.

Washington presiona con el objetivo de ahuyentar al dragón asiático. Exige una participación estadounidense del 50% en el sector del automóvil y que las multinacionales que intervienen en las cadenas de suministro de América del Norte adquieran material desde las grandes empresas USA. Las ventajas arancelarias son reales, pero son las normas ahora mismo el objeto de renegociación. El anterior tratado diferenciaba agendas económicas y políticas. Ahora Trump exige, con razón, una cooperación a largo plazo en materia de seguridad: desmantelamiento del tráfico de fentanilo e intercambio de valiosa información por parte de las agencias de inteligencia. En juego más de ocho millones de empleos vinculados al comercio norteamericano y la administración Sheinbaum deberá gestionar ambas fuerzas simultáneamente.

El primer ministro de Canadá Mark Carney ha disipado cualquier duda sobre su tibieza o eventual supeditación a Trump en una memorable intervención durante el Foro Económico de Davos el pasado 25 de enero (es posible visionar su discurso al enlace tiny.cc/g1l6101). La viabilidad de un acuerdo prioritario entre Ottawa y Bruselas no es quimérica, pero tampoco logrará articularse en un periodo reducido de tiempo. De momento ambas administraciones parecen haber recuperado una fluida interlocución y el economista haber comprendido un punto clave: Washington estaría dispuesta a separar las disputas más amplias sobre aranceles y soberanía territorial de las cuestiones más específicas del T-MEC. Lograr mantener similar compartimentación posibilita abrir una ventana de oportunidad inexistente hace unos meses.

Canadá con sabiduría ha estrechado un pacto de hierro con México y la alineación entre las dos administraciones es total y absoluta. Trump no podrá sacarse de la manga jugarretas bilaterales y si ambos países acuden a las negociaciones con líneas rojas compartidas su desempeño será bastante más eficaz que si actuaran por separado. Es un hecho comprobado que los canadienses que viven limítrofes al Estado de Michigan ya no cruzan el puente y transcurren fines de semanas de ocio en Detroit, como bien explica Argemino Barrio en uno de sus interesantísimos reportajes (https://shorturl.at/HmxzW).

El riesgo, y siempre hay que incluir en la ecuación la variable china, no es de una ruptura drástica. Más bien de una erosión paulatina resultado de fricciones diplomáticas e incertidumbre prolongada. Y si esto ocurriera los tres renunciarían a una ventaja estructural: la compartimentación que los rivales operativos en Latinoamérica intentan replicar mediantes inversiones desmesuradas.

Este verano millones de apasionados han seguido las proezas futbolísticas de Mbappé, Halaand, Bellingham o Messi. La Copa del Mundo ha evidenciado la capacidad de la región para operar de forma conjunta. Pero la revisión del T-MEC es un escollo bastante más dificultoso. Echar a perder lo edificado conjuntamente sería el error más costoso de todos. Que gane el mejor, recordando que la unión hace la fuerza.

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