Preguntas como estas, complejas e incómodas, dan savia a la propia filosofía, y las cavilaciones y conclusiones de las mejores mentes del pasado pueden acudir en nuestra ayuda y probablemente brindarnos algún consuelo o servirnos de luz y guía. Estamos ante una situación extraña, insólita, imprevista, en la que las discusiones se han vuelto cotidianas y presentes: una polémica sobre el acaparamiento irracional de determinados bienes u objetos, sobre el uso y abuso de pasear el perro más de la cuenta o sobre la impostura de tantos “deportistas” sobrevenidos, puede llevarnos a invocaciones del imperativo categórico de Kant, por el que comportarnos de determinada manera haga que la máxima de nuestra conducta pudiera convertirse en ley universal.
La filosofía no nos va a resolver problemas materiales o sociales inminentes, pero sí es una disciplina práctica que puede aportar mucho al ser humano. Especialmente en situaciones donde las cosas se han salido de los cauces habituales y la gente tiene que replantearse muchas cosas para proseguir con un día a día novedoso y muy cambiado. La filosofía debe tener la función de ayudar a resituarnos y ver la realidad -que no la virtualidad- desde prismas y ópticas diferentes para tratar de recuperar la normalidad en nuestro transcurrir cotidiano y, a ser posible, salir reforzados, con una reflexión serena, razonada, objetiva, de esta situación anómala de ‘arresto domiciliario’, enmascaramiento forzado y “nueva normalidad” que nos quieren imponer de forma autoritaria.
Hay una frase reflexiva que recorre la historia del pensamiento y es aquella que nos dice que filosofar no es otra cosa que aprender a morir. Es una postura para aprender a vivir sin miedo a la muerte. Por ello, quizás sería interesante impregnarnos un poco de estoicismo, esa corriente filosófica que busca suavizar el impacto de la muerte y propiciar una vida virtuosa. Hagamos nuestro ese lema de los estoicos “sustine et abstine” (soporta y renuncia), como fórmula para enfrentarse a la crisis pandémica que hoy amedrenta a tantos ciudadanos. Hagamos exactamente lo contrario de lo que Europa predica, de lo que los antisistema y demás compañeros de viaje proponen y de lo que constituye el credo -una juventud invertebrada- de quienes han crecido amodorrados a los pechos, hoy exhaustos, del Estado de Bienestar.