Ya se produjo en tiempos de Zapatero un daño enorme a la hostelería, a la que se obligó a remodelar bares y restaurantes, a recomponer espacios, a tabicar para separarlos de los ‘libres de humo’. Luego se siguió pasando el rodillo y ya se prohibió por completo el tabaco en el interior de locales, tirándose millones y millones de euros sin ningún sentido y por culpa del imperante sectarismo. Huelga decir que el Partido Popular, que en su momento puso el grito en el cielo y anunció a bombo y platillo que recuperaría esos espacios de libertad, nada cumplió y nada hizo.
Ahora, aprovechando la ola y la inercia de las restricciones post-covid 19, la situación es casi peor, más opresiva y demencial. Hay derechos y libertades que se han enterrado circunstancialmente pero cuyo entierro se pretende prolongar sine die, para siempre, de manera injustificada, inmotivada y caprichosa, con las pseudo-explicaciones más paradójicas, absurdas y lesivas.
Así, la arbitrariedad se ha impuesto como norma y en espacios gastronómicos al aire libre (una terraza del ático de un hotel o junto a la playa) se prohíbe terminantemente encender un cigarrillo o un puro… “por lo del coronavirus”. Aún más: hay integristas antitabaco que miran con absoluta sospecha (como si de delincuentes o personas extravagantes o extraterrestres se tratase) a quienes sacan el mechero para acompañar una copa en la sobremesa.
Por supuesto, la normativa de ayuntamientos y de Comunidades Autónomas es simplemente caótica en este sentido, falta de entera claridad, pero se está orientando claramente a cercenar (aprovechando que el covid-19, por lo visto como el Pisuerga, pasa por Valladolid) derechos y libertades que los ciudadanos se ven obligados a ejercer, inevitablemente y en exclusiva, en sus domicilios particulares, en donde, al aire libre o no, sí pueden organizar almuerzos o sobremesas y disfrutar de nuestra cultura, de nuestro estilo de vida, de nuestras normales formas de ocio junto a amigos y familiares.
El sector de la hostelería verá lo que hace: si permanece de brazos cruzados o acepta el trágala ante las ideas (no pocas de bombero) difundidas por los integristas antitabaco. Sería una lástima que claudicase, que obligase a levantarse y salir corriendo (a veces sin postre y sin café) a sus clientes, por la incomodidad de éstos. Y, desde luego, sería una ruina total para un sector extremadamente debilitado, cerca de ser noqueado.