El empecinamiento castrense está agrietando la formación republicana y enfureciendo a quienes votaron un programa que supuestamente anteponía los intereses estatales a una intervención desmedida en el tablero internacional. Sin embargo, debido a la desconfianza mutua, los sempiternos intereses israelíes y la cuestión nuclear, las negociaciones se mantienen inciertas y frágiles. El chabacano acercamiento diplomático de quienes responden únicamente a los intereses presidenciales no logra aminorar las tensiones en el estrecho de Ormuz.
Si algo ha quedado manifiesto desde el pasado 28 de febrero, día inaugural de los bombardeos sobre Irán, es que la estrategia financiera trumpiana no puede extrapolarse a la política internacional. El tycoon aconsejó a su yerno Jared Kushner y el cómplice en negocios lucrativos Steve Witkoff, cuyos entendimientos de Oriente Medio son ínfimos, no apresurarse o firmar un tratado de paz que no beneficie directamente a Washington. Pero la imagen pública de Trump sigue debilitándose a velocidad de crucero y es posible que siga maldiciendo el respaldo que otorgó a Netanyahu. Los responsables de la diplomacia norteamericana tampoco logran aquietar el nerviosismo de unos electores que tendrán que exponerse en los comicios de medio término el próximo 3 de noviembre.
Marco Rubio, secretario de Estado, afirmó hace unos días que un acuerdo “satisfactorio” era “inminente” (véase el interesante reportaje de Político al enlace https://shorturl.at/m3fPK) y que se había delineado “una propuesta bastante convincente”. Pero estas cataratas de optimismo suelen enfriarse rápidamente ante las medidas contestaciones del régimen de los ayatolas, que no sólo han logrado comerle la tostada a EE.UU. desde un prisma militar y estratégico, sino también diplomático. “Por el momento no se aborda la cuestión nuclear, lo que interesa es finalizar la guerra”, zanjó Esmaeil Baghaei, actual portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores persa. Si bien parece que existan algunos puntos de convergencia, “un memorando de entendimiento entre Irán y EE.UU. o cualquier tipo de acuerdo llevará su tiempo, nada a corto plazo” incide la italiana Benedetta Berti, asesora del secretario de la OTAN Mark Rutte.
Según Alessandro Neto, alto funcionario diplomático transalpino que desempeñó sus funciones en Arabia Saudí, “los rumores sobre un tratado o posible acuerdo circulan ininterrumpidamente porque forman parte del juego”. Trump necesita una victoria, aunque pírrica, que faculte aquietar sus decepcionados seguidores y un colectivo MAGA (Make America Great Again, NdA) cada vez más encolerizado. Pero el magnate se encuentra atrapado entre la espada y la pared: la necesidad de detener una ofensiva militar desastrosa económicamente alimenta también el desánimo en las filas republicanas. Algunos halcones tanto en el Capitolio como en el Senado lamentan una excesiva bajada de pantalones ante el régimen teocrático.
Si bien el mismo Trump ha declarado que “sólo algunos privilegiados conocen el texto del acuerdo” y que “aún no se han terminado las negociaciones”, filtraciones interesadas apuntan que EE.UU. no se opondría a liberar los activos iraníes congelados en el extranjero. Según informa The Guardian (más información al enlace https://shorturl.at/cLNER) la proposición de acuerdo otorgaría a Teherán el levantamiento de las sanciones y la liberación de hasta 20 mil millones de dólares a cambio de la reapertura del estrecho de Ormuz y un diálogo bilateral sobre el programa nuclear a partir del 5 de junio. Washington posibilitaría el acceso a 6 mil millones detenidos en Qatar si Irán acepta entregar uranio enriquecido, pero desde la capital persa condicionan el más mínimo avance a que se termine la ofensiva militar israelí en Líbano. El efecto mariposa es una constante de la geopolítica actual. Los ayatolás necesitan reestructurar aunque engañosamente el denominado Eje de la Resistencia, y una vez recuperado el prestigio internacional, eximirían a los miles de cargueros retenidos en el Golfo el sufragio de peajes y facultarían el tránsito por la estratégica arteria comercial. Por supuesto los detalles se negociarán de forma colectiva con las restantes monarquías afectadas.
En este partido de ajedrez quien necesita encontrar una salida inmediata es la administración norteamericana. Irán, que ha sabido responder inteligentemente a las embestidas de Washington y Tel Aviv, dilatará los tiempos sabedor de que el reloj juega en contra de EE.UU. En la Casa Blanca aumenta descontento con una línea estratégica impuesta por un Trump que obvió los consejos de sus asesores en política exterior. Mike Pompeo, ex director de la Central Intelligence Agency (CIA) y secretario de Estado durante el primer mandato del tycoon, ha criticado abiertamente el posible entendimiento que se estaría negociando al considerarlo “demasiado similar” al que firmó Barack Obama en 2015. “Un copycat”, afirmaba Pompeo, “otorgaría una ventaja enorme a la Guardia Revolucionaria (…). Lo que necesitamos es la reapertura de Ormuz y que Teherán vea mermada su capacidad para amenazar a cualquiera de nuestro aliado en Oriente Próximo” (véase enlace https://shorturl.at/b0pO5).
Igualmente, el senador Lidsey Graham, otrora uno de los más firmes acólitos del presidente, ha asegurado que “cualquier negociado que no garantice la predominancia estadounidense en una región tan importante para nuestros intereses, sería percibido como una derrota e Irán se coronaría único vencedor”. Las críticas más estridentes proceden del sector más radical del conservadurismo republicano, el mismo que en 2018 celebró la decisión de Trump de retirar EE.UU. del acuerdo JCPOA. Nuevamente los intereses electorales se mezclan con los financieros y la percepción de que Washington salga derrotada de una guerra que nadie ha sabido explicar sería un mazazo de cara a los sufragios del 3 de noviembre.
Trump suele consultar el índice bursátil antes de dormirse. En las últimas semanas el comportamiento de los mercados sugiere que el fin de la guerra se estaría acercando. El precio del Brent ha caído por debajo de los cien dólares por barril y algunas bolsas, impulsadas por el optimismo de los inversores, se encuentran cotizando al alza. También influye el moderado optimismo de Shehbaz Sharif, primer ministro de Pakistán que viajó a Pekín en un intento por contribuir al restablecimiento de la paz. Una vez más China se erige como el hacedor de la política internacional y si bien logró un total abastecimiento de hidrocarburos antes del inicio de las hostilidades, su dependencia del combustible pérsico la obliga a significarse a favor de un cese de la guerra.
El verdadero condicionante y una de las incógnitas que rodean el futuro es la postura de Israel. Trump puede filtrar el contenido de la incendiaria llamada telefónica con el líder del Likud, pero hasta la fecha “Bibi” se ha valido del paragua norteamericano actuando de forma independiente y violando los acuerdos de la frágil tregua de Sharm el Sheik. Al Gobierno sionista interesa mantener una presión constante sobre Teherán y es improbable que los ministros ultraortodoxos Bezales Smotrich e Itamar Ben-Gvir acepten exigencias que limiten el despliegue militar en la región. Israel ha sabido rentabilizar como nunca los atentados del 7 de octubre de 2023 debilitando las sucursales de un enemigo existencial. Sin los logros conseguidos militarmente, Netanyahu no podría utilizar la política exterior para blanquear o minimizar los escándalos que le rodean y ahogan en un lodazal nauseabundo. Una situación similar a la de su amigo Donald, y a la de un hombre profundamente enamorado que se obstina en reivindicar su papel de némesis, quedándose en un berlanguiano alter ego.