Exterior

El verano que decidirá el nuevo equilibrio mundial

· Por Axier Amo Izarra, periodista experto en MK Digital en RRSS y Asuntos Públicos, exDirector General de Transparencia y Buen Gobierno de la Comunidad Autónoma de La Rioja

Lunes 29 de junio de 2026

Ucrania y Oriente Medio afrontan semanas decisivas mientras Estados Unidos intenta contener dos crisis que, por primera vez, comienzan a formar parte de una misma estrategia geopolítica. Mientras la atención internacional continúa centrada en la guerra de Ucrania y la crisis de Oriente Medio, en los despachos de Washington, Bruselas, Moscú y Teherán se libra una negociación mucho menos visible, pero probablemente más decisiva. El verano comienza con dos conflictos abiertos, varias iniciativas diplomáticas y una pregunta que condiciona el tablero internacional: ¿es posible contener simultáneamente la guerra en Europa y la tensión en Oriente Medio sin que ambas terminen convergiendo en una crisis de mayor alcance?



La reciente cumbre del G7 ha confirmado el respaldo occidental a Ucrania y la voluntad de mantener la presión sobre Rusia. Al mismo tiempo, ha situado en el centro del debate la estabilidad de Oriente Medio, la seguridad de las rutas energéticas y la necesidad de evitar una escalada entre Israel e Irán. Son asuntos diferentes, pero cada vez más interdependientes.

Ucrania: una guerra larga que entra en una nueva etapa

Más de cuatro años después del inicio de la invasión rusa, la posibilidad de una victoria militar decisiva parece remota. El conflicto ha evolucionado hacia una guerra de desgaste en la que el tiempo se ha convertido en un factor estratégico.

Rusia mantiene capacidad para sostener el esfuerzo bélico gracias a la adaptación de su economía y de su industria de defensa. Ucrania, por su parte, continúa resistiendo gracias al apoyo occidental, la innovación tecnológica y el uso creciente de drones y sistemas de ataque de largo alcance.

Todo apunta a que el verano estará marcado por una intensificación de los ataques sobre infraestructuras críticas, centros logísticos y objetivos estratégicos más que por grandes avances territoriales. Ninguna de las partes parece disponer hoy de la capacidad necesaria para imponer una victoria definitiva, pero ambas intentarán llegar a una eventual negociación desde una posición de mayor fortaleza.

En este escenario, el papel de Estados Unidos continúa siendo determinante.

Trump busca equilibrio entre presión y negociación

La Administración Trump mantiene el apoyo a Ucrania, aunque con un discurso diferente al de sus predecesores. El objetivo ya no es únicamente reforzar la capacidad militar de Kiev, sino impulsar una salida negociada sin proyectar una imagen de debilidad frente a Moscú.

Al mismo tiempo, Washington exige a los aliados europeos un mayor compromiso en materia de defensa y financiación. El mensaje es claro: la seguridad del continente dependerá cada vez más de la capacidad de Europa para asumir responsabilidades que hasta ahora recaían principalmente sobre Estados Unidos.

Oriente Medio: la oportunidad de la diplomacia o el riesgo de una nueva escalada

Si Ucrania representa una guerra de desgaste, Oriente Medio continúa siendo el escenario donde cualquier incidente puede desencadenar una crisis regional.

La evolución de las conversaciones entre Estados Unidos e Irán constituye uno de los movimientos diplomáticos más relevantes de los últimos meses. Aunque el debate público se ha centrado en el programa nuclear iraní, distintos analistas sostienen que las negociaciones también persiguen un objetivo más amplio: reducir la tensión regional y evitar una confrontación directa que afecte a la seguridad del Golfo y a las principales rutas energéticas.

Es en este contexto donde Líbano adquiere un protagonismo especial.

La gran incógnita: ¿presionará Trump a Netanyahu?

Una de las hipótesis que comienza a ganar fuerza entre diversos analistas internacionales es la posibilidad de que Washington aumente la presión sobre el Gobierno de Benjamin Netanyahu para limitar las operaciones militares en el sur del Líbano.

La lógica estratégica resulta comprensible. Si Estados Unidos pretende consolidar una vía de diálogo con Irán, necesitará evitar que un nuevo enfrentamiento entre Israel y Hezbolá haga fracasar cualquier avance diplomático.

Eso no implica cuestionar el derecho de Israel a garantizar su seguridad, pero sí abre la posibilidad de que la Casa Blanca impulse fórmulas de contención, supervisión internacional o incluso un repliegue parcial que reduzca el riesgo de una guerra regional.

Naturalmente, esta hipótesis presenta importantes obstáculos. Netanyahu continúa defendiendo que la amenaza de Hezbolá exige mantener plena libertad de acción militar, mientras que cualquier concesión podría generar fuertes tensiones dentro de su propio Gobierno.

Sin embargo, para Trump también existe un incentivo político evidente. Alcanzar un entendimiento con Irán que contribuya a estabilizar el frente libanés y reduzca la tensión sobre el estrecho de Ormuz supondría uno de los principales éxitos diplomáticos de su mandato.

Europa ya no puede separar ambos conflictos

Quizá el cambio más significativo sea precisamente ese: Ucrania y Oriente Medio han dejado de ser dos escenarios independientes.

La protección de las rutas energéticas, el incremento del gasto en defensa, el apoyo militar a Kiev y la estabilidad del Mediterráneo Oriental forman parte de una misma ecuación estratégica.

No existen pruebas públicas de un acuerdo formal que vincule ambos conflictos. Sin embargo, los acontecimientos recientes permiten plantear una hipótesis razonable: Washington estaría construyendo una estrategia global en la que el respaldo a Ucrania y la contención de la crisis en Oriente Medio forman parte de un mismo objetivo, reforzando al mismo tiempo el papel de la OTAN y exigiendo una mayor implicación europea.

Para Europa, esta realidad supone un desafío histórico. Ya no se trata únicamente de sostener a Ucrania frente a Rusia, sino de prepararse para desempeñar un papel más activo en la seguridad del Mediterráneo, el Mar Rojo y las principales rutas comerciales internacionales.

Un verano que marcará el rumbo de los próximos años

Es poco probable que alguno de estos conflictos termine durante los próximos meses. Lo que sí puede decidirse este verano es la dirección que seguirán.

Si prosperan los esfuerzos diplomáticos entre Washington y Teherán, si Israel acepta mecanismos de contención en Líbano y si el apoyo occidental a Ucrania se mantiene firme, el sistema internacional podría entrar en una fase de estabilidad relativa.

Pero si alguna de esas piezas falla —una ofensiva rusa de gran alcance, una escalada entre Israel y Hezbolá o un incidente en el estrecho de Ormuz— las consecuencias irán mucho más allá de los campos de batalla. Afectarán a la economía mundial, a la seguridad energética y al equilibrio político de Europa.

Quizá la gran pregunta del verano no sea quién ganará estas guerras, sino si las principales potencias serán capaces de impedir que dos conflictos distintos terminen convergiendo en una única crisis internacional. Esa será, probablemente, la verdadera prueba para la diplomacia mundial en la segunda mitad de 2026.

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