Tal escenario devuelve la energía nuclear al centro de la disputa geopolítica reabriendo preguntas casi olvidadas sobre la proliferación y la disuasión. El último acuerdo de control de armas nucleares firmado por Barack Obama y el entonces presidente ruso Dimitri Medvédev, y renovado posteriormente por Joe Biden y Vladimir Putin en 2021, expiró en el primer trimestre. El panorama estratégico de los últimos meses no es demasiado alentador y tampoco se vislumbra la apertura de un nuevo frente diplomático, aunque Moscú haya comunicado a Washington la conformidad a una prórroga anual siempre que la misma no beneficie a Ucrania. En abril el autócrata petersburgués ordenó revisar la doctrina nuclear, rebajando significativamente el umbral para el uso del arsenal – donde ostenta una abrumadora superioridad en armas tácticas – y anunciando el traslado de algunas ojivas en Bielorrusia con la aquiescencia de Aleksandre Lukasenko, desde 1994 un mero títere utilizado por el ex oficial de inteligencia.
Rusia sigue deteniendo la tecnología puntera en todo lo relacionado a la energía nuclear, utilizándola como instrumento de poder y diplomacia. La Corporación Estatal de Energía Atómica (Rosatom) supervisa a nivel global las instalaciones y asesora a administraciones tan dispares como la alemana, finlandesa, iraní o estadounidense, como explica el investigador transalpino Marco Siddi en un artículo de obligada lectura (véase texto completo al enlace https://shorturl.at/1CFbU).
Algo se mueve también en las orillas del Atlántico. Sin tomar al pie de la letra los recientes comentarios de Donald Trump sobre la reanudación de las pruebas por parte de EE.UU. – lo que sería una evidente violación del Comprehensive Test Ban Treaty de 1996 nunca ratificado, pero aún respetado por Washington, Moscú y Pekín y que desencadenaría reacciones en cadena por las tres partes – el Pentagono “está actualmente revisando sus capacidades y su potencial estratégico (…). Sería ingenuo esperar un impasse en el control de armamentos”, precisa el diplomático transalpino Alessandro Neto.
La situación se agrava ulteriormente con el ingreso en el tablero político global de un tercer actor. La principal inquietud de la Casa Blanca y del poder legislativo estadunidense es desde hace tiempo China. De hecho, Pekín ha reforzado significativamente el arsenal nuclear con 500 ojivas, que podrían aumentar hasta 1000 a finales de la década no existiendo ningún acuerdo bilateral que lo limite. El dragón asiático se ha instalado cómodamente en tercer lugar superando ampliamente a Francia y Reino Unido, si bien las informaciones sobre el programa de Corea del Norte escasean y hay que usarlas con extrema prudencia. Una eventual negociación, que Xi Jinping sigue rechazando, sería “muy compleja, equiparable al famoso problema de los tres cuerpos”, advierte un alto oficial del CIFAS, el Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas, fervoroso lector de la trilogía de Cixin Liu.
La ascendente rivalidad geoestratégica y el despuntar de vetustas y nuevas ambiciones imperialistas fomentan una tendencia al rearme nuclear que marca claramente un punto de inflexión respecto al final de la Guerra Fría y los siguientes 25 años. En otras palabras, el arsenal nuclear importa, y disponer del mismo afecta el protagonismo de cada uno de las potencias y su vulnerabilidad a las amenazas externas. Fíjense en Ucrania, Corea del Norte o en Irán, cuya instalación principal de enriquecimiento de uranio fue bombardeada el pasado verano por aviones militares israelíes y de EE.UU.
Y si bien es cierto que tensiones del pasado abril entre Pakistán e India por el control de Cachemira, que se saldaron con la muerte de 26 turistas hindúes, no han desencadenado una peligrosa escalada, es incuestionable que abunden señales de un renovado interés por parte de naciones estratégicas en dotarse de su propio arsenal nuclear. El acuerdo de cooperación militar entre Islamabad y Ryad no ha pasado desapercibido, se han disparado las quejas diplomáticas de Japón y Corea del Sur por el menguante compromiso de EE.UU. de protegerles de vecinos cada vez más amenazantes. Estos disponen de las capacidades industriales y tecnológicas para construir la bomba atómica, y no les preocupa retirarse unilateralmente del Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968, texto que Irán nunca ha suscrito.
También se ha vuelto a hablar de energía nuclear en Bruselas por las incertidumbres que origina la política exterior de EE.UU. El canciller alemán Friedrich Merz y el presidente galo Emmanuel Macron han solicitado un debate honesto sobre el futuro de la estrategia de disuasión. El primer ministro polaco Donald Tusk incluso se ha ofrecido a custodiar ojivas nucleares de países miembros de la OTAN como Italia, Bélgica o Turquía. En el mes de julio los mandatarios de Francia y Reino Unido se comprometieron a una coordinación más estrecha y a poner a disposición sus respectivos arsenales en caso de una “amenaza externa”, como refrendado en la Declaración de Northwood. Según el académico Michele Testoni del Instituto de Empresa (IE) trátense de una “especie de garantía complementaria, pero de ninguna manera alternativa, al artículo 5 de la Alianza Atlántica”.
Londres ha adquirido un escuadrón de cazas F-35 para integrarlos en las misiones de la OTAN, mientras que en París se valora la posibilidad de asistir a las reuniones del Nuclear Planning Group, del que Francia nunca ha sido miembro. Por lo tanto, algo parece estar cambiando también en el Viejo Continente a nivel doctrinal, poniendo en tela de juicio enfoques arraigados. Es cierto que los arsenales combinados de los miembros europeos permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no pueden competir en número de ojivas y sistemas de lanzamiento, pero el objetivo a corto plazo es reforzar la capacidad de disuasión y no de ataque.
Los firmantes del Tratado de No Proliferación Nuclear calculaban que a principios del siglo XXI hubiera al menos veinte potencias que dispusieran de tal energía. Afortunadamente, el convenio ha servido para contener los riesgos de proliferación y el tabú sobre la bomba atómica se ha mantenido. A Rusia, EE.UU., Francia, Reino Unido y China se han sumado India, Pakistán, Israel y Corea del Norte que no adhieren al Tratado. Pero en un contexto tan imprevisible donde están fallando los sistemas de control de los armamentos y la competencia estratégica se extiende a tecnologías de vanguardia, aquellos temores de hace ochenta años podrían hacerse realidad abocándonos a un punto de no retorno. El icónico DeLorean DMC-12 tampoco sería de gran utilidad…