· Por Emilio Suñé Llinás, Catedrático de Filosofía del Derecho y Derecho Informático de la Universidad Complutense de Madrid
Sánchez es muchas cosas y ninguna buena, también un prestidigitador malévolo. España ha sufrido un ensayo de invasión, donde Marruecos ha tomado el pulso a sus posibilidades de invadir con éxito Ceuta y Melilla. Él ha exonerado a Marruecos y culpado a las mafias y al Tribunal Supremo, con el mensaje subliminal añadido, que conecta a unas con el otro. Quiero dejar muy claro, que no me refiero al PSOE, sino a Sánchez. Tengo muy buenos amigos en el PSOE, algunos muy relevantes, que por respeto a la privacidad de las relaciones personales, no mencionaré; incluso al selectísimo nivel de lo que yo llamo “familia de la que se escoge”. Y de la misma manera podría referirme a otras personas, también ilustres, tanto del del PP, de Junts, o de cualquier otra ideología, salvo las totalitarias. Lo último que influye en mis relaciones personales, es pensar igual, o del todo distinto. Amo el pluralismo, porque soy demócrata. Sánchez temo que no. El PSOE es un partido básico para la estabilidad del sistema constitucional y, al igual que España, ha de soltar raudo este lastre, a riesgo de su desaparición.