India es mucho más que el Taj Mahal, construido durante el Imperio mogol, Bollywood, el yoga o las imágenes estereotipadas que todavía existen en Occidente. Es también un país de una extraordinaria diversidad lingüística, cultural y religiosa, con 22 lenguas reconocidas en la Constitución, enormes diferencias regionales y una estructura federal que trata de integrar realidades muy diferentes. Su principal reto y, al mismo tiempo, una de sus mayores riquezas es precisamente la gestión de esa diversidad.
Una independencia acompañada por la Partición
La independencia estuvo acompañada por la Partición del subcontinente, que dio lugar a India y Pakistán y provocó uno de los mayores desplazamientos de población del siglo XX. Sus consecuencias todavía están presentes en las relaciones entre ambos países, especialmente en la cuestión de Jammu y Cachemira, un territorio disputado entre India y Pakistán cuya dimensión internacional ha sido objeto de atención de Naciones Unidas.
La Partición dio lugar a la República de India, mientras que Pakistán nació inicialmente como un Dominio compuesto por Pakistán Occidental y Pakistán Oriental. En 1956, su primera Constitución adoptó el nombre de República Islámica de Pakistán. En 1971, Pakistán Oriental se independizó tras una guerra que dio lugar a Bangladesh.
La historia de estos tres Estados demuestra hasta qué punto la construcción política del subcontinente estuvo condicionada por la diversidad religiosa, lingüística y cultural y por las difíciles consecuencias de la descolonización.
India, sin embargo, optó desde el comienzo por construir un Estado democrático, federal y plural. Su Constitución fue adoptada en 1949 y entró en vigor el 26 de enero de 1950. Desde entonces constituye uno de los principales instrumentos para articular una nación extraordinariamente diversa alrededor de un mismo proyecto político.
India: el difícil proyecto de construir una nación en la diversidad
Después de la independencia, India tuvo que organizarse administrativa y políticamente para gestionar una impresionante pluralidad cultural, lingüística y religiosa. La diversidad no es solamente una característica del país: forma parte de su propia identidad política.
Alrededor del 80 % de la población profesa el hinduismo, mientras que cerca de 200 millones de personas son musulmanas. El Gobierno indio reconoce además como minorías religiosas nacionales a musulmanes, cristianos, sijes, budistas, parsis y jainistas. A ello se suma una enorme diversidad étnica y tribal: el censo de 2011 identificó 705 comunidades incluidas en la categoría constitucional de Scheduled Tribes.
La arquitectura institucional intenta dar respuesta a esta pluralidad. La India es una república parlamentaria federal, con una presidenta como jefa del Estado y un primer ministro como jefe del Gobierno. Actualmente, la presidenta es Droupadi Murmu, primera persona perteneciente a una comunidad tribal en ocupar la Presidencia y segunda mujer en alcanzar este cargo. El jefe del Gobierno es el primer ministro Narendra Modi.
El Parlamento, denominado Sansad, es bicameral y está formado por la Lok Sabha o Cámara del Pueblo y la Rajya Sabha o Consejo de los Estados. Territorialmente, la Unión está integrada por 28 Estados y 8 Territorios de la Unión.
Esta estructura ayuda a comprender una de las grandes características de India: su democracia no se construye a pesar de la diversidad, sino precisamente tratando de integrarla.
Una diplomacia basada en la autonomía estratégica
El crecimiento económico y tecnológico, su enorme dimensión demográfica, su localización geográfica y su capacidad militar han convertido a India en uno de los actores internacionales de mayor proyección del siglo XXI.
Su peso económico ha contribuido a un creciente protagonismo político, tanto en las relaciones bilaterales como a través de su participación y liderazgo en foros como el G20, los BRICS y BIMSTEC, y en iniciativas como el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC), la Indo-Pacific Oceans Initiative (IPOI) o la Indian Ocean Rim Association (IORA). La propia Estrategia española para Asia-Pacífico destaca esta creciente relevancia internacional de India.
La característica principal de su política exterior actual es la búsqueda de autonomía estratégica mediante una política de alineamiento múltiple. Se trata de una evolución de la tradicional política de no alineamiento impulsada por Nehru durante la Guerra Fría.
En aquel momento, India trataba de evitar integrarse en cualquiera de los dos grandes bloques enfrentados. Actualmente, la lógica es más ambiciosa: India desea mantener buenas relaciones con las principales potencias sin convertirse en un aliado exclusivo de ninguna de ellas y seleccionando sus cooperaciones en función de sus propios intereses.
Esta aparente contradicción es, en realidad, una de las claves de su política exterior.
India trabaja con Estados Unidos en ámbitos como defensa, tecnología y seguridad en el Indo-Pacífico. Participa junto a Estados Unidos, Japón y Australia en el Quad. Mantiene, simultáneamente, una relación estratégica y energética con Rusia. Compite con China por influencia en Asia, pero conserva canales diplomáticos y participa con Pekín en foros multilaterales. Es miembro de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghái, donde comparte espacio con China, Rusia, Pakistán e Irán. Y, al mismo tiempo, profundiza su relación estratégica con la Unión Europea.
La propia diplomacia india sigue definiendo como objetivos fundamentales de su política exterior la preservación de un espacio de decisión y de autonomía estratégica, junto con unas relaciones constructivas con las principales potencias y economías.
India puede, por tanto, formar parte simultáneamente del Quad, los BRICS y el G20, mantener una cooperación privilegiada con Rusia y profundizar sus relaciones con la Unión Europea. No se trata de una contradicción, sino de una estrategia consciente para conservar el máximo margen de maniobra en un mundo de grandes potencias enfrentadas.
India no quiere elegir necesariamente entre Washington, Moscú, Pekín o Bruselas. Quiere tener el peso suficiente para poder elegir en cada momento qué relación y qué cooperación le conviene.
Esta política responde también a la percepción existente en Nueva Delhi de que el sistema internacional está atravesando una transformación profunda: de un mundo dominado por una o dos grandes potencias hacia un escenario más multipolar en el que India pretende ser protagonista y contribuir a decidir su configuración.
Una relación creciente con España
España e India establecieron relaciones diplomáticas en 1956. Por este motivo, 2026 ha sido declarado Año Dual España-India, coincidiendo con el 70.º aniversario de las relaciones diplomáticas entre ambos países. La iniciativa tiene como principales ejes la cultura, el turismo y la inteligencia artificial, aunque también incorpora ámbitos como la ciencia y la cooperación académica.
La nueva Estrategia española para Asia-Pacífico 2026-2029 considera a India un socio multidimensional y destaca su creciente importancia económica, tecnológica y geopolítica. España mantiene con India diálogos específicos en economía, defensa y tecnología, además de otros mecanismos de cooperación política, seguridad y turismo. La estrategia contempla incluso la creación de un Consejo asesor España-India y señala la conveniencia de avanzar hacia una asociación estratégica.
La relación económica también ofrece un importante margen de crecimiento. En su visita a India en 2026, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, destacó que las exportaciones españolas al país habían crecido casi un 20 % desde 2024 y manifestó el objetivo de seguir apoyando a empresas e inversores españoles.
España tiene, por tanto, una oportunidad para reforzar su presencia en India en sectores como las infraestructuras, la industria, la energía, la tecnología, la inteligencia artificial, la defensa, el turismo y los servicios.
Además, España e India pueden encontrar espacios de cooperación en terceros países, especialmente en África, América Latina y otros ámbitos del denominado Sur Global. La experiencia española, su pertenencia a la Unión Europea y sus vínculos con América Latina pueden complementar las capacidades y la creciente influencia internacional de India.
Una relación con la Unión Europea basada en intereses convergentes
La relación entre India y la Unión Europea constituye probablemente uno de los ejemplos más significativos de esta nueva etapa.
Comercio, tecnología, energía, transición verde, conectividad, investigación y seguridad ofrecen espacios donde los intereses europeos e indios pueden confluir. Pero esta cooperación debe partir de una realidad que conviene comprender: India no concibe sus relaciones internacionales desde una lógica de dependencia estratégica. Su identidad internacional se basa precisamente en mantener relaciones con múltiples actores y seleccionar las áreas de cooperación en función de sus intereses.
La Unión Europea parece haber entendido esta realidad.
El 27 de enero de 2026, durante la cumbre UE-India celebrada en Nueva Delhi, ambas partes concluyeron las negociaciones de un histórico acuerdo de libre comercio y firmaron además una Asociación de Seguridad y Defensa. El acuerdo comercial debe todavía completar los procedimientos jurídicos necesarios antes de su entrada en vigor, pero constituye un paso de enorme importancia en las relaciones entre ambos actores.
El acuerdo comercial pretende reducir significativamente los obstáculos al comercio y facilitar el acceso de las empresas europeas al gigantesco mercado indio. Según el Consejo de la UE, se estima que eliminará o reducirá el 90 % de los aranceles y generará un ahorro aproximado de 4.000 millones de euros anuales en derechos para los exportadores europeos.
Para España, esta apertura puede generar oportunidades en sectores como alimentación, automoción, bienes industriales, energía, infraestructuras, tecnología y servicios.
Ursula von der Leyen llegó a referirse al acuerdo como la «madre de todos los acuerdos», una expresión que refleja la dimensión política y económica que la Unión Europea concede a su relación con India.
Pero la relación va mucho más allá del comercio. El mismo 27 de enero, la UE y la India firmaron su primera Asociación de Seguridad y Defensa, que abre la puerta a una mayor cooperación en ámbitos como seguridad marítima, ciberseguridad, inteligencia artificial y tecnologías emergentes, amenazas híbridas, infraestructuras críticas, lucha contra el terrorismo, espacio y no proliferación.
La nueva agenda estratégica UE-India contempla, además, una cooperación reforzada en prosperidad y sostenibilidad, tecnología e innovación, seguridad y defensa, conectividad y asuntos globales.
Todo ello demuestra que la relación entre Europa e India está dejando de ser exclusivamente económica para adquirir una dimensión claramente geopolítica.
Una potencia que Europa ya no puede ignorar
India se ha transformado profundamente desde 1947. Aquella nación que acababa de liberarse del dominio colonial se ha convertido en una potencia económica, tecnológica, militar y nuclear, con una población de más de 1.400 millones de personas y una creciente capacidad de influencia internacional.
Su posición geográfica la convierte en un actor esencial del Indo-Pacífico y del océano Índico. Su dimensión económica y demográfica le proporciona una capacidad de influencia creciente. Su desarrollo tecnológico, especialmente en ámbitos como la inteligencia artificial, refuerza sus posibilidades de competir en sectores estratégicos. Y su política exterior le permite mantener relaciones simultáneas con actores que, en ocasiones, son rivales entre sí.
India aspira además a convertirse en una de las principales voces del denominado Sur Global y a desempeñar un papel central en la construcción de un sistema internacional más multipolar.
Para España y para la Unión Europea, comprender esta realidad resulta fundamental. No se trata de incorporar a India a un bloque ni de convertirla en un aliado subordinado. Se trata de construir una relación entre actores que comparten determinados valores e intereses, pero que mantienen también posiciones propias sobre cuestiones esenciales del orden internacional.
En 1947, India celebraba haber dejado de depender de Europa. En 2026, España y Europa intentan estrechar su relación con India porque saben que no pueden permitirse ignorarla.
India se ha convertido en la potencia con la que Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea quieren bailar. Y Nueva Delhi se está dejando querer, pero sin comprometer su libertad de movimiento.
Esa es, probablemente, la mejor manera de entender la India del siglo XXI: una nación que ya no quiere limitarse a participar en el orden internacional, sino contribuir decisivamente a determinar cómo será el nuevo orden mundial.