Lo mejor de Enrique de Diego es que tiene una interpretación sentimental de la Historia de España que yo estoy en situación para entenderla por nacer donde nací. Pero no basta el sentimiento para entender la Historia ni para hacerla. Lo bueno de Enrique de Diego es que cree en lo que dice, los que le siguen creen lo que dice Enrique de Diego y los lectores de AD tienen el privilegio de contar en exclusiva con la mejor pluma periodística del momento y también con el mejor novelista español del siglo XXI.
De Diego. Segoviano de pro. Español perfectamente realizado. Hombre con destino para supremos empeños. Sabe hacer y hace muy bien. La ruta de su vida bien trazada, noble y espléndida, tiene dos llegadas que se unen sin confundirse: España y defender lo que él considera justo.
Hace 20 años trabajamos juntos en el siempre recordado diario ‘Ya’. Siempre estuvo ahí, como fiel contraste de las grandes virtudes morales que acrisolaron su formación humanística. En el decir de Enrique de Diego, en su palabra luminaria y a veces descarnada y dura surge la verdad intelectual con ortodoxa explanación, una intelectualidad comprometida, serenamente llena de certezas.
Enrique de Diego no es un desfasado en nada. De Diego no es un dogmático ni un sectario. De Diego es la verdad de siempre. Pueden existir matices en él con los que yo mismo no esté de acuerdo, pero la esencialidad del pensamiento de Enrique de Diego es de una rotunda claridad y tan clarificante que no es una exageración considerarle como un gran bien del periodismo y de la patria.
Compartir con él este proyecto informativo es todo un lujo. Sentirme amigo suyo lo es todavía más. Muchas de sus opiniones, como las mías, podrán ser discutidas, pero el fin que persigue justifica su pasión en plantear problemas todos de la máxima atención para el devenir de esta queridísima nación llamada España. Ya quisiéramos todos que los políticos que nos rodean, sean de la tendencia que fueren, tuviesen la sinceridad de producirse de una forma tan meridiana como Enrique de Diego, con su sistema -tan molesto para muchos- de llamar al pan pan y al vino vino.
Es harto posible que el señor Díaz de Vivar (personaje al que tanto admiramos) visitara hace años a Enrique de Diego, tendiera hacia él una mano generosa y le recordara dulcemente que ambos eran de la misma quinta. De aquella visita surgió un compromiso, y de aquel compromiso una certeza: que para personas tan comprometidas, patriotas y cabales como Enrique de Diego, no hay el menor papel decente dentro de esta comedia partidocrática. Y así mientras algunos glosaban a Rajoy o a Mario Conde, él escribió ‘Las Navas de Tolosa’ y ‘La monarquía inútil’, teniendo que pagar el altísimo precio de su despido de Intereconomía.
Negarle a este hombre su independencia intelectual y su honradez ideológica, sería tremendo pecado de desconsideración esimativa. Enrique está donde estaba cuando nos conocimos en la vieja redacción de Mateo Inurria, hace la friolera de más de 20 años. Combate lo que entonces combatió, manteniéndose en sus trece, frente a otros que no se mantienen en nada porque siempre están acechando el color de los aires que van a soplar para ponerse la bufanda camaleónica adecuada que les hagan entrar en el juego de la casta.
Déme usted amigos y periodistas como Enrique de Diego, que son consecuentes, claros, sinceros, directos y tercos, frente a esos otros sutiles individuos e individuas que desayunan con la astucia, almuerzan con el medraje, meriendan con el halago, cenan con la hipocresía y duermen siempre con el poder.