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DESTRUCCIÓN Y RENACIMIENTO

El conflicto y su biología social

martes 21 de octubre de 2014, 14:31h
El conflicto y su biología social
Permitir la destrucción como opción forzosa y positiva significa justificar la barbarie como inevitable en la sociedad. Para Edgar Morin, por ejemplo, la brutalidad de la conquista y de la dominación conforman cualquier civilización en la que surgen, incluso, formas refinadas de cultura.

En « La disputa del Sacramento » de Rafael, fresco realizado en 1509 en Vaticano , son representados los Padres de la Iglesia en controvertida polémica. Se dibujan distintos caracteres y temperamentos ,no obstante, concurre solamente la unidad de voluntad y palabra. Rafael plasmó la definición de Nicolás de Cusa sobre la divinidad: la « coincidentia oppositorum ». Simmel emplea el mensaje de esta pintura para simbolizar que la unidad no excluye la diversidad o el conflicto (2010:19).

Los términos: creación y plagio, crisis y expansión, atracción y repulsión, simpatía y antipatía, son el resultado de fuerzas divergentes que surgen necesariamente en toda entidad social. La destrucción no resta a lo construido, sino que , en conjunto, integra el resultado final. Por ello es positivo.

Pero permitir la destrucción como opción forzosa y positiva significa justificar la barbarie como inevitable en la sociedad . Para Edgar Morin, por ejemplo, la brutalidad de la conquista y de la dominación conforman cualquier civilización en la que surgen, incluso, formas refinadas de cultura ( Morin,2009: 18-9).

Pero admitirlo nos llevaría a justificar una cultura de la muerte . Los genocidios , como el soportado por los judíos, bien por el nazismo de forma sistemática, bien por la sociedad occidental siglos atrás: Fuese a través del confinamiento en sus urbes ; fuese a través de invenciones convertidas en verdades por inercias maledicentes, como el envenenamiento de los pozos de agua para propagar la peste o el infanticidio para emplear su sangre en la fabricación del pan ázimo ( cfr.: Levi, 2000:61).

Y justificar las deportaciones estalinistas a los Gulag de Siberia y hospitales psiquiátricos ( cfr. Herling-Grudzinski, 2012) . O lo sucedido en Katyn con polacos. O el vértigo de la depravación en la Isla de Nazino .

Y justificar las atrocidades cometidas en la Silesia contra civiles alemanes derrotados y sacerdotes y religiosas católicos . Finalizada la II Guerra Mundial, indiferentes los países « in victos » de la contienda ( cfr.: Kaps, 2008). Olvidando la clemencia que el honor impone al vencedor , como versó Alonso de Ercilla:

« (…)No consiste en vencer sólo la gloria
ni está allí la grandeza y excelencia
sino en saber usar de la vitoria,
ilustrándola más con la clemencia.» .

Y justificar los conflictos extremos de la guerra de Bosnia entre 1992-1995. Y justificar los confinamientos culturales en nombre de la libertad y el consenso comunitario. Porque en esa intolerancia se refugia la destrucción del pensamiento que impide percibir al hombre su dimensión histórica, su trayectoria anímica , para ser conscientes de su verdad y de su libertad.

La Revolución francesa de 1789, por ejemplo, fuerza destructiva de una clase social contra otra , no solamente generó crímenes, injustificables siempre, sino que rompió con una estructura jerárquica para ser implementada por otra distinta pero igualmente de jerárquica.

El racionalismo fue motor de este cambio que hoy , en el siglo XXI, vemos languidecer . El error consistió en confundir el poder autoritario con el orden. Solamente para conquistar poder .

Sin jerarquía no existe ninguna sociedad y aquella construida exclusivamente sobre la libertad sucumbe a manos de la disolución, primero y del despotismo , después (Röpke,2010:139).

No toda jerarquía es alienante pero se prescindió de todo lo que implicaba una cierta ordenación dando paso a la entropía de lo «emocionalmente instintivo » . La verdad pasó a ser patrimonio de lo clandestino.

Las constituciones occidentales persiguen preservar al individuo de lo omnímodo de cualquier poder. Ofrecen, al menos en el texto, una esfera de libertad personal inalienable contra las coacciones de la comunidad y del estado.

La acción revolucionaria, destructiva , ofrece aristas confusas e imprevisibles, porque una vez iniciada se sumerge en lo que se ha llamado la « ecología de la acción » ( (Morín, 2008,115).

Se desgaja de su autor y cobra independencia, es penetrada por lo aleatorio, el azar, la desfiguración y , finalmente, el ambiente es quien toma posesión. Ya es incontrolable. Ya es dañino para cualquiera.

Porque no hay dominio de la complejidad que aglutine el pensamiento, por una parte, y el dominio de las cosas simples por otra. Lo importante en la vida es inesperado porque no controlamos el descubrimiento, el conocimiento y la acción.

Lo destructivo avoca a un final imprevisible, nunca conocido, siempre desolador. No es la arquitectura de algo nuevo, sino la decadencia de lo que existe. Un fin sin porvenir. La voluntad de la nada ( Spengler,2011:143). Una salida sin llegada. Una caída constante, un vacío átono. La creatividad que construye elude el narcótico de la utopía para devastar .Para generar la disonancia en lo armónico.

El hombre sufre de un infantilismo propio de especies inmaduras. Su « candidez» frente a la existencia habla de su fragilidad. Indica una decadencia del comportamiento social ( Lorenz,1975:67). Y esto puede dejarnos a merced de tempestades sin rumbo.

Como especie se ha sumido en una competencia tan voraz que evita « el poder eternamente activo y sanadoramente creador » . Determina su evolución como el más poderoso factor biológico impidiendo lo bueno y útil para la humanidad como un todo ( Lorenz, 1973). La destrucción no hace avanzar: los bustos destruidos de los césares de Roma no han borrado su memoria para la eternidad.
  • Juan B. Lorenzo de Membiela es investigador y escritor.
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