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LA DUDA INCORRECTA

Don Marcelino, un siglo

By Luis Sánchez de Movellán
martes 21 de octubre de 2014, 14:31h
Don Marcelino, un siglo
"El juego más apasionante del Menéndez Pelayo niño consistía en la lectura: devoraba con los ojos cuantos libros caían en sus manos y a la edad en que otros niños escuchan cuentos adecuadamente pueriles de hadas, gigantes o hechiceros".

Cuando pensamos en el Santander donde nació Marcelino Menéndez y Pelayo, el 3 de noviembre de 1856, hemos de hacer un esfuerzo de imaginación y olvidarnos de la moderna ciudad, de sus avenidas, de sus muelles, de su nueva fisonomía surgida del terrible incendio que destruyó media ciudad en aquel asurado día de febrero de 1941.Tenemos que imaginarnos un Santander pequeño y amable, provinciano y recogido, quieto y aletargado, pero pintoresco y lleno de color, así como abierto a los viajes afortunados y a las especulaciones mercantiles, todo ello aromatizado con los productos ultramarinos descargados de los bergantines o goletas en El Muelle: azúcar de caña, café, tabaco, especias…Era todavía La Montaña aldeana de El sabor de la tierruca y la ciudad marinera y pescadora de Sotileza, que tan bien retratara un pintor incomparable, un hidalgo de Polanco, el escritor costumbrista don José María de Pereda.

El juego más apasionante del Menéndez Pelayo niño consistía en la lectura: devoraba con los ojos cuantos libros caían en sus manos y a la edad en que otros niños escuchan cuentos adecuadamente pueriles de hadas, gigantes o hechiceros, él no se despegaba de las faldas de una tía suya, doña Perpetua, que le leía en voz alta novelones por entregas, más o menos literarios, que Marcelino escuchaba con gran atención y de los que su memoria prodigiosa le permitía retener páginas enteras.

Al estudiar las primeras letras en Santander, ya llamaba la atención de todos, grandes y chicos, por su aplicación y una cierta gravedad melancólica impropia de sus pocos años, siendo fama que su buena madre, doña Jesusa Pelayo, tuvo que tomar precauciones para evitar que se pasase todas las noches leyendo, pues el jovencísimo Marcelino se guardaba en los bolsillos todos los cabos de vela que encontraba para alumbrarse con ellos durante la vigilia clandestina.

A los diez años empezó el bachillerato, que estudió con extraordinario aprovechamiento, obteniendo el premio ordinario en todas las asignaturas, excepto en la de geometría, en la que renunció a hacer oposición por ser su padre, don Marcelino Menéndez Pintado, uno de los jueces al ser catedrático de Matemáticas en el Instituto de Santander. Durante esta etapa siguió estudiando el latín y el inglés (el francés, el catalán y el italiano los aprendió solo), estudiando el alemán y el griego más tarde. Su primer ambiente literario fue la tertulia del librero Hernández, en donde se reunían su tío don Juan Pelayo con otros redactores y colaboradores de La Abeja Montañesa, y en aquella librería adquirió uno de los primeros libros de su biblioteca, las Disquisitiones magicae, de Martín del Río.

Ya bachiller, no resultó problema en la familia la elección de su carrera. En 1871 se trasladó a Barcelona para estudiar Filosofía y Letras,”no sólo –dice el señor Cedrun- porque allí vivía y era profesor de la Universidad el doctor Luanco, paisano y amigo de su padre, sino porque a éste no le agradaban las doctrinas racionalistas de algunos catedráticos de la Facultad de Letras de Madrid”. En la Ciudad Condal siguió el joven Marcelino los dos primeros cursos de la carrera, llamando desde el primer día la atención de maestros y condiscípulos por su tenacidad, sencillez, patriotismo y apasionamiento. La estancia en Barcelona del polígrafo montañés, como él mismo confesó, ejerció grandísima influencia en la educación de su espíritu, siendo sus grandes maestros don Francesc Xavier Llorens y, sobre todo, don Manel Milà i Fontanals.

La marcha a Madrid de su tutor, el doctor Luanco, determinó la de su joven pupilo, cursando Marcelino en la Universidad Central el curso 1873-74, dejando tras de sí la admiración y el cariño de muchos catalanes, con los que no pierde el contacto nunca y, a su vez, él guarda dentro de sí un noble entusiasmo por Cataluña,”destinada acaso –son sus palabras- en los designios de Dios a ser la cabeza y el corazón de la España regenerada”.

En la capital sufrirá el primero y único tropezón en su triunfal carrera, tropiezo que al mismo tiempo fue decisivo en la vida del erudito cántabro. Fue el caso que no se presentó al examen de Metafísica que explicaba Salmerón, porque éste había prometido suspender a todos los que se presentasen a examen, ya “que ni uno había sorprendido las sublimidades del krausismo”, y Menéndez Pelayo era uno de estos, pues sentía contra los krausistas una invencible antipatía, además de la diferencia radical de sistema filosófico y principios religiosos que los separaban.

Con objeto de aprobar la Metafísica marchó a Valladolid, en donde se licenció el 27 de septiembre de 1874 –con sólo 17 años- disertando sobre el Examen y juicio crítico de los Concilios de Toledo, ganó el Premio Extraordinario con su notable estudio acerca del Conceptismo, Gongorismo y Culteranismo; y, sobre todo, trabó conocimiento y amistad entrañable con don Gumersindo Laverde. Regresa a Madrid, donde se doctora con Premio Extraordinario, presentando su tesis sobre La novela entre los latinos, en junio de 1875. No tenía siquiera los veinte años, y ya había iniciado por entonces obras de gran envergadura: la Biblioteca de autores españoles, una Bibliografía de escritores españoles y un Estudio sobre escritores montañeses.

Entre sus proyectos figuraba opositar a cátedras, pero le faltaban todavía cinco años para cumplir la edad reglamentaria, fijada a la sazón en veinticinco años. Pero desconocía Marcelino el interés y la complacencia con que sus paisanos de Santander seguían su brillante carrera, cuyo broche final persuadió a todos de que dentro de la cabeza de Menéndez Pelayo se encerraba un cerebro privilegiado. Se reunieron el Ayuntamiento y, más tarde, la Diputación, acordando por unanimidad concederle sendas subvenciones de doce mil reales para que ampliase sus conocimientos en viajes de estudios por el extranjero. Se le comunicó, en enero de 1876, esta decisión de las Corporaciones provinciales, contestando Marcelino en unos expresivos términos de gratitud. Sentimiento sincerísimo que alimentó toda su vida hacia su ciudad natal y que hizo que en agradecimiento legara en su testamento a la ciudad de Santander la biblioteca privada más importante de Europa, en parte constituida por los numerosos libros que en estos viajes subvencionados adquirió, y que está abierta como póstuma llamada del sabio polígrafo a todo español o extranjero que de algún modo se proponga el estudio de cualquier aspecto de la cultura.

En los primeros meses de 1878 muere Amador de los Ríos, que deja vacante la cátedra de Literatura Española en la Universidad Central. Menéndez y Pelayo se apresura a trasladarse a Madrid, mueve sus poderosas influencias y amistades, adquiridas gracias únicamente a su talento y estudio, y consigue que sea aprobada una ley que rebaja a veintiún años los veinticinco que entonces se exigían para opositar. Una gran expectación provocaron estas oposiciones –recordemos que también se presentaba Canalejas- que se celebraron en octubre, y donde, a pesar de las dificultades de las pruebas, arrolló Menéndez y Pelayo con su vasta elocuencia y ciclópea erudición. No existió la menor vacilación en la mayoría de los miembros del Tribunal –presidido, por cierto y como era costumbre, por don Juan Valera- y el sabio santanderino salió catedrático por seis votos contra uno, a los veintidós años.

Imposible es, a partir de sus brillantes oposiciones, seguir paso a paso su inagotable actividad pública e intelectual: publicaciones, conferencias, artículos, prólogos y cartas salen de su pluma incesantemente. A los veinticinco años es elegido académico de la Lengua en la vacante de Hartzenbusch, y se le disputan distinguidos personajes, como los condes de Gauqui, la duquesa de Villahermosa, la de Villalobos y su hijo el marqués de Cerralbo, y tantos más, a cuyas tertulias, fiestas y comidas asiste con tal regularidad y frecuencia en los primeros tiempos, que obliga a más de uno a preguntarse con cierta perplejidad cuándo le quedaba a Marcelino tiempo para estudiar y trabajar.

Al morir en 1898 Tamayo y Baus, ocupó su vacante de Director de la Biblioteca Nacional, función que le permitió descansar de su función docente, cuyo mecanismo absurdo y obsoleto se le había hecho antipático. Como director de este centro nacional, dedica sus esfuerzos a la publicación de importantes catálogos y a la organización interior de la Biblioteca y sus servicios. No obstante, tropezó con la indiferencia de los gobiernos y, sobre todo, con la falta de recursos económicos.

El desastre colonial de 1898 afectó profundamente el patriotismo del sabio. En las cartas, lo mismo que en los actos públicos, se escapan de su pecho frases de dolor y de amargura. Pero no se dejó llevar del pesimista ambiente; dominó su dolor y redobló los esfuerzos a favor de la renovación de la cultura española. En 1902, comenzó para él la era de los sinsabores: quiso ser director de la Academia de San Fernando, y no lo consiguió (aunque sí lo fue de la de la Historia); deseó serlo de la Española, y fue derrotado por su antiguo amigo, don Alejandro Pidal. Estos desengaños le hirieron mucho, aunque fueron compensados en parte por la manifestación de desagravio que el pueblo de Santander realizó en su honor y por la publicación de un Homenaje a don Marcelino, patrocinado por el Ateneo de Madrid en 1906.

Pero el día fatal se aproximaba. Su afección hepática se agravaba y fue necesaria una intervención quirúrgica. No se nutría y enflaqueció notablemente. Mas la Parca rondaba la casa familiar y el ilustre sabio, a la vista de su amada biblioteca, que contenía ya más de 45.000 volúmenes,”la única de sus obras de la que se encontraba medianamente satisfecho”, fortalecido con los sacramentos de la Santa Madre Iglesia y besando el crucifijo de familia, cerró los ojos al caer la tarde del 19 de mayo de 1912, hace ahora cien años. Dicen que su última frase fue: “Lástima que tener que morir ahora, faltándome tanto que trabajar…”.

El polígrafo montañés fue un intelectual de excepción “que –como escribiera Ángel Herrera Oria- consagró su vida a su patria y quiso ponerla al servicio de Dios”, un monstruo de la naturaleza que, desde los diez hasta los cincuenta y seis años, trabajó sin descanso, poseído de un gran ideal, al cual lo sacrificó todo, el espíritu y el cuerpo, que se gasta y se consume como una hoguera que alumbra España y a todos los españoles.

Marcelino Menéndez y Pelayo, español hasta las cachas y católico a machamartillo, nos ha dejado una herencia vital extraordinaria y un legado intelectual excepcional, un camino trazado y una herramienta de trabajo poderosa, sus libros imperecederos, para la tarea en marcha de la salvación y reconstrucción de España. En definitiva, podemos decir, como escribiera Leopoldo Alas Clarín, en 1886, que “no se parece a ninguno de los que brillan en las filas liberales porque respeta y ama cosas distintas; no se parece a los que siguen el lábaro católico porque es superior a todos ellos con mucho, y es católico de otra manera y por otras causas”.
  • LUIS SÁNCHEZ DE MOVELLÁN DE LA RIVA es Doctor en Derecho y Director de la Vniversitas CEU Senioribvs
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