Salimos al tráfago de la calle y encaminamos nuestros pasos a uno cualquiera de los múltiples centros comerciales que han proliferado como hongos en las grandes urbes y en las zonas metropolitanas. Entramos y es difícil moverse con una cierta soltura entre tanta gente que abarrota cualquier tarde la planta de juguetes del centro comercial ¡Y qué sinfín de juguetes hay! Pero no es la única sección así en este o en otro centro comercial; igualmente populosas están las de cosmética, informática, audio-video, menaje del hogar, alimentación, y…realmente, no hay rincón que se escape a esta fiebre compradora que vemos por todas partes en estos días. Un ajetreo convenientemente aderezado y ambientado por la decoración especial –las más de las veces, por cierto, de un horroroso gusto kitsch- que lo invade todo: hojas de acebo, lazos y bombillitas de colores, gorros colorados, muñecos de nieve con aires de clochard, impostores hombres gordos con barba blanca y hasta la parafernalia postmoderna de algunos alcaldes o alcaldesas “centristas” ¡Felices compras!
Dejamos el ambiente abigarrado y sofocante del centro comercial y salimos a la calle, no menos transitada. Hoy, mañana, parece que todo el mundo camina más de prisa ¡Hay tanto qué hacer estos días! Preparar la cena de Nochebuena, tener a punto los regalos, en perfecto orden nuestras mejores galas, sufrir pacientemente los desplazamientos…La luz del sol ha dado paso a una orgía derrochadora de iluminación artificial, a la que hace casi un mes se añade la de millones de bombillas que decoran las calles formando estrellas, campanas luminosas o diseños abstractos “laicamente correctos” -¡qué chics los de Hannibal Laguna, qué atrevidos los de Purificación García!- que acompañan los rótulos benevolentes ¡Felices Fiestas!
Recordemos que los ayuntamientos han instalado la iluminación navideña a finales de noviembre ¡Antes del Adviento ya vivíamos con mentalidad navideña! Cada año parece que comienza antes la ambientación de las Fiestas de Navidad ¿Veremos algún año una estrella plateada o un Belén en la diáspora estival? No se rían, ni sorprendan, ya hemos visto la Lotería de Navidad en chanclas asomada a la playa o acodada en el chiringuito ¡Bendita Navidad!
No hay ningún escaparate ajeno a la decoración navideña: árboles con luces de colores, angelitos voladores y estrellas brillantes. En las calles céntricas y concurridas parece que todas las tiendas se han puesto de acuerdo para ofrecer al viandante su mejor imagen, además de horarios que rayan en lo infinito. Es normal, manda el mercado. Los comercios incrementan considerablemente su actividad y su caja durante las fechas de Navidad y hay que responder a la incesante demanda ¡Felicidades! Seguimos sin rumbo determinado, disfrutando del paseo ocioso. Vemos a la gente que lleva bolsas y paquetes envueltos en papeles brillantes que nos guiñan desde los pliegues. Frente a un puesto de lotería, la serpiente de una fila de personas aguarda pacientemente, ajena a la pandilla de adolescentes que, tocados con clónicos gorros carmesíes o sintéticas pelucas, se embadurnan unos a otros con espumas de colores. Un poco más adelante, un emigrante vestido de Santa Claus reparte octavillas anunciando una gran fiesta –cotillón de Nochevieja en una discoteca famosa -¿la organizará, por cierto, el concejal Villanueva?- ¡Sólo 60 euros, barra libre hasta la extenuación etílica, concurso de baile (¡Danzad, malditos, danzad!) y actuación sorpresa -¿será una stripper?-¡¡Feliz Nochevieja! El escaparate de una agencia de viajes presenta un aspecto radiante:
, ¡Ay, quién pudiera pasar las Navidades en Seychelles!
Seguimos paseando sin rumbo fijo. Ha sido un acierto venir al centro de la ciudad, simplemente para ver el ambiente. No lejos se oye la música de un acordeón que entona villancicos populares de aire eslavo. El músico parece un emigrante de algún país del antiguo Telón de Acero. La verdad es que no lo hace nada mal y pone una nota musical y festiva que acompaña al decorado, al atrezzo navideño. Al acercarnos vemos a sus pies, junto a la funda vacía del instrumento, la foto de dos niños con semejantes rasgos que su padre...¡Qué pena! Seguro que este hombre pasará la Navidad lejos de su país, de su familia. No solemos hacerlo, pero hoy es distinto; estamos en Navidad, nos sentimos generosos y solidarios, echamos unas monedas antes de seguir andando y…pensando. Esperemos que este emigrante tenga al menos un sitio donde dormir.
Proseguimos disfrutando de un derrotero incierto. Levantamos la mirada y descubrimos la iluminación callejera ¡Espectacular! ¿Cuántos cientos de miles de bombillas dijeron que había puesto el ayuntamiento este año? Más gente con paquetes, más anuncios de todo tipo, más escaparates con decoración navideña. En el de una joyería han cuidado con esmero la colocación de las piezas. Incluso no falta el Portal de Belén con el Niño Jesús de plata sobre un precioso pesebre de alabastro ¡El Niño Jesús…! El recién nacido Jesús que, según San Lucas, no tuvo sitio en la posada. El Verbo de Dios hecho carne, acampado entre nosotros…La gran noticia, incomprensible noticia, de un Dios que se despoja de su rango y toma la condición humana.
Hay momentos en que la Navidad nos deja un sabor agridulce, nos llena de melancolía. Quizás no sea más que ese sentimiento contradictorio que, en algún instante, nos llega todos los años por estas fechas al experimentar la paradoja contradictoria entre lo que sabemos que celebramos y la manera como vemos que se está celebrando. Pero, ¿qué es lo que estamos festejando en Navidad? Otros, ya lo vemos; nosotros, los cristianos, celebramos que Dios, el Dios infinito y misericordioso, invisible e inefable, se ha encarnado, se ha hecho uno de nosotros en la persona de Jesús de Nazareth. Y además, naciendo de una humilde doncella en una apartada aldea de una región remota de un imperio. Sin embargo, es fácil constatar cómo la celebración de la Navidad se ha ido progresivamente banalizando en nuestra secularizada sociedad. Entre tanta parafernalia se hace cada vez más difícil encontrar el misterio de ese Dios que se abaja desmesuradamente, haciéndose ser humano y además, instalándose en la periferia de la sociedad. Con los relatos evangélicos en la mano –y en el corazón- la celebración de la Navidad debería suscitarnos unas vivencias muy distintas a las que nos invitan las costumbres sociales o los medios de comunicación.
En la cultura del usar y tirar en que vivimos, las fiestas navideñas parecen precisamente la gran bacanal del derroche donde todo el mundo echa los restos, algo así como las fiestas saturnales del consumismo, la gran celebración donde se manifiesta la grandeza del sistema, aunque ocultando convenientemente sus miserias. Y ello precisamente tomando como pretexto la Navidad.
Siendo fieles a la verdad, hay que reconocer la parte de responsabilidad que tenemos los cristianos en que hoy se celebre la Navidad con estos excesos. No en balde son los llamados “países cristianos” los que están a la cabeza del consumismo desaforado e irresponsable. Pero, ¿no podríamos hacer algo para corregirlo?
No basta que procuremos cada uno vivir la Navidad de la mejor manera posible, no basta que vivamos la Navidad cristianamente mientras fuera en la calle, se utiliza el nombre de Dios en vano. Debemos expresar que la Navidad no es eso y que no hay que confundir las cosas. Debemos hacer pequeños gestos de afirmación y rebeldía que muestren que otra Navidad es posible.
- Luis Sánchez de Movellan de la Riva es director de la Vniversitas CEU Senioribvs