Eran tiempos de ilusión y de esperanza, de un mapa autonómico que se acercaría a solucionar los problemas reales de cada comunidad, con una confianza casi sin límites en los partidos encargados de la hazaña. Hoy, después de más de 30 años de empeño, hemos comprobado cómo se han ido instalando en los partidos políticos los que denomino “bastardos”, hijos ilegítimos de la ilusión democrática. Tanto el PP como el PSOE se han ido encargando de situar la política fuera del alcance de los ciudadanos, alejando cada día el apego y el afecto de los primeros años de nuestra democracia hacia los partidos. Les ha interesado poco o nada que la abstención creciera y el desafecto se hiciera patente.
Han ensuciado lo más sagrado para los ciudadanos libres: la gestión de lo público. Y no les ha preocupado lo más mínimo que los electores se fueran desencantando, a ellos lo que les interesa es el porcentaje, no el número de votos, y cuantos cargos les conceden esos porcentajes. Han permitido, cuando no encabezado, tantísimos casos de corrupción como ocasiones se daban, prostituyendo el fin del trabajo para el bien común. Ambos son culpables y además no podemos perdonarlos porque sabían lo que hacían.
Pero los ciudadanos hemos de ser responsables y cumplir con nuestra obligación de regenerar la vida pública. Primero, echándolos a la calle, no votándolos; y, segundo, sabiendo elegir a quienes nos representen desde otra forma de hacer política, manteniendo sobre ellos un control permanente para que no se desvíen. Los bastardos de la política tienen sus horas contadas. No vamos a permitir por más tiempo su ineptitud, los clanes, las mafias, los robos ni la corrupción. Miraremos con lupa ciudadana las propuestas y pediremos explicaciones y resultados. Se acabó la fiesta. A todos los bastardos que se habían instalado en la opulencia, el latrocinio, el poder por el poder, tenemos que recordarle que a cada cerdo le llega su San Martín.
- Francisco Pineda Zamorano es Asesor en Relaciones Internacionales y Cooperación.