El que históricamente y desde tiempos remotos las islas Diaoyu han pertenecido a China , es un hecho que resulta innegable desde cualquier análisis objetivo y desapasionado, simplemente histórico, En fecha tan lejana como en el año 1532 la presencia china en las Diaoyu ya era una realidad, pero para más abundancia a finales del siglo XVIII, en 1785, puede comprobarse como un mapa japonés, si japonés, incluye a dichas islas coloreadas con el mismo tono con el que figuraba China. El imperialismo japonés iniciado con fuerza a finales del siglo XIX, y aprovechando la débil situación de plena decadencia del imperio chino provocó la guerra chino-japonesa, y tras la victoria de la Marina nipona, arrebató por la razón de la fuerza Taiwán y otras islas a China, entre ellas las islas hoy en disputa.
Tras la derrota japonesa en la II Guerra Mundial, las islas Diaoyu pasaron a ser controladas por los Estados Unidos de América, y así lo estuvieron desde 1945 hasta 1972, año en que mediante el Tratado de Reconversión de Okinawa se devolvieron a Japón los territorios nacionales japoneses ocupados, pero al igual que en 1945 se reconoció que los territorios ocupados por la fuerza japonesa, cual fue el caso de Taiwán fueron devueltos a China como parte indisoluble de la patria, se cometió el error de no incluir a las Diaoyu en dicha devolución.
Mediante el tratado de Seguridad entre Japón y los EE.UU. estos últimos se reconocen a prestar ayuda militar frente a cualquier ataque a los primeros. Como la constitución japonesa diseñada por los EE.UU. prohibía el disponer de Fuerzas Armadas,(ciertamente algo abusivo por parte de los vencedores ) se recurrió al eufemismo de crear las Fuerzas de Autodefensa, que hoy en día, y correspondiendo a la potencia industrial y económica de Japón, constituyen un verdadero Ejército, una verdadera Marina de Guerra, y una verdadera Fuerza Aérea.
Con independencia de las riquezas pesqueras y otras que puedan ofrecer las Diaoyu, y por encima de cualquier consideración económica, China las considera como algo inalienable en relación con la patria. Y así las enormes protestas populares en 2012 cuando Japón anunció su intención de compra de tres de las islas a un propietario articular. Toda esta situación se ha agravado con la implantación por el gobierno de Pekín de la ADIZ, zona de defensa aérea en el Mar de la China Oriental, lo que ha sido presentado en gran parte de los medios informativos occidentales como una amenaza, fruto del creciente poder militar chino, especialmente para Japón. Sin embargo China que no alberga intenciones agresivas hacia sus vecinos, por el contrario insiste en su afán de diálogo, y presenta una respuesta calmada y moderada , frente al sensacionalismo y a ciertas notas de histerismo.
Pekín quiere que Japón reconozca la existencia de una disputa formal, pero Tokio la rechaza, negándose a dicha discusión. El vuelo sobre las islas de bombarderos yanquis B-52, aunque desarmados, ha significado la preocupación estadounidense frente a la defensa de los intereses chinos. China quiere el diálogo, y sólo responde a las provocaciones japonesas, dejando bien claro, eso si, que no permitirá que nadie se inmiscuya en su zona de interés. China hoy es una gran potencia, y no la nación desarmada y débil de épocas pasadas.
Los círculos políticos y económicos de los Estados Unidos, y también de Gran Bretaña, insisten incansablemente en las bondades de la globalización, en traspasar las fronteras nacionales, en que las fronteras son malas pero la globalización es buena. Pero cuando China reafirma su voluntad globalizadora, se disparan las alarmas.
Cuando se solucionan las disputas territoriales pacíficamente en zonas fronterizas tan extensas, y se produce la colaboración entre Rusia y China, crece la alarma y el sensacionalismo. La Rusia de hoy, fuerte y creciente, lejos de la Rusia inmediatamente post soviética débil y dividida, que estuvo a punto de romperse en diferentes estados, goza de la animadversión no sólo de los EE.UU. sino de los eurócratas de Bruselas. Concluyendo: la globalización es buena para los EE.UU. , pero cuando China quiere desarrollarla, a la Casa Blanca y al Pentágono parece acometerles el histerismo.