Me lo leí todo y al poco tiempo releía los textos que más emoción dejaban en la memoria del corazón: El Coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad y La Hojarasca. Compartí con amigos de Bolivia, Colombia, Chile y Cuba, las dudas sobre las visiones del realismo mágico y ansiaba constatar con mi experiencia in situ cómo era realmente América Latina. Tamizaba cada descubrimiento de sus lugares más remotos, sus gentes, sus costumbres, con lo aprehendido de las novelas de Gabo. También de Vargas Llosa, Manuel Scorza, Galeano, Octavio Paz o Neruda. Todos me aportaron visión de continente, amplitud de miras y concepto humano.
Donde más pude sentir a García Márquez fue en las zonas selváticas de Bolivia, en el trópico cochabambino, en la Leticia colombiana y en el Acre brasilero, pero también en las ciudades inundadas de campesinos migrantes de lo rural a lo urbano, en conurbaciones inmensas que formaban urbes dentro de urbes. Presente en las casas coloniales de Cartagena o de La Paz, en pueblos pequeños como Pocona o en el Chile de Pinochet.
Descubrir que eso del realismo mágico partía de un conocimiento profundo de la idiosincrasia latinoamericana, amerindia, de la colonia española, de las independencias y próceres, de las dictaduras y de las incipientes democracias y, sobre todo, de sus gentes, del sufrimiento y de la esperanza, de la agonía y la posesión, del amor y del cólera.
El aporte que ha hecho este hombre a la literatura mundial es inmenso. Para los latinoamericanos, imprescindible. Se estudiará durante decenas de años en las aulas de secundaria de todo el mundo y ayudará a millones a entender qué se esconde tras la realidad de una época y cómo son y sienten las personas integrantes de una región tan basta como América del Sur. Nos ha regalado una visión amplia, unos sentimientos reflexivos y unas horas maravillosas de lectura. Cuando a uno le hacen tan importantes regalos sólo puede decir: Gracias.
- Francisco Pineda es asesor en Relaciones Internacionales y Cooperación