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MARXISMO ORGÁNICO EN LAS SOCIEDADES ACTUALES

La axiología gramsciana

La axiología gramsciana

Por Luis Sánchez de Movellán, doctor en Derecho y director de la Vniversitas CEU Senioribvs

By Luis Sánchez de Movellán
martes 21 de octubre de 2014, 14:31h
Cuando todo el mundo pensaba que el marxismo, con la caída del Muro de Berlín, había llegado a su fin, nos encontramos que la secuela gramsciana se ha infiltrado y todavía impregna nuestra vieja Europa. Sus teorías acerca del papel de los intelectuales y el rol que deben jugar en el control de la educación y la cultura son fundamentales para entender la sujeción de las mentes que siempre ha querido tener el materialismo histórico.

Según el político y pensador marxista italiano, Antonio Gramsci, los intelectuales modernos no son simplemente escritores o profesores, sino directores y organizadores involucrados en la tarea práctica de construir la sociedad o, como dirían los marxistas, de articular la superestructura. Es importante recalcar la distinción gramsciana entre la “intelligentzia” tradicional, que se ve a sí misma como una clase aparte de la sociedad, como una élite, y los grupos de pensadores que cada clase social produce “orgánicamente” entre sus propias filas. Estos “intelectuales orgánicos” no se limitan a describir la vida social de acuerdo a reglas científicas, sino que más bien “expresan”, mediante el lenguaje cultural, las experiencias y el sentir que las masas no pueden articular por sí mismas.

Las teorías gramscianas se van a plasmar en sus famosos Quaderni del carcere, escritos durante su cautiverio, en los que, de forma artera, marca las pautas y señala las directrices para adaptar el comunismo a las democracias occidentales. Gramsci se percató de que la revolución, la lucha de clases, el enfrentamiento social y la violencia no eran ya recomendables ni el camino a seguir para lograr el objetivo revolucionario. El marxismo pacífico debe contar con cómplices que colaboren, consciente o inconscientemente, facilitándole la tarea de penetrar y dominar los pilares fundamentales de las instituciones occidentales –familia, Iglesia, Ejército, escuelas y universidades, medios de comunicación, tribunales, sindicatos, asociaciones y colegios profesionales, grupos de presión, etc.- corroerlos desde dentro y minar con elementos infiltrados las bases de sustentación de las sociedades occidentales.

Lo que Gramsci sostenía es que, mientras el revolucionario se haga cargo de la educación y la cultura, aunque para ello deba ceder momentáneamente otros ámbitos de poder, como el económico, el fomento o la sanidad, con el paso del tiempo, las nuevas generaciones formadas en la cultura y la educación revolucionarias, serán las que, desde dentro de las mismas sociedades occidentales, habrán subvertido, pacífica, silenciosa e imperceptiblemente, la axiología de las mismas.

Si contemplamos la Europa o la España modernas, veremos los estragos de la estrategia gramsciana. Una marea de relativismo y materialismo que nos invade sin apenas resistencia, pues una sociedad “débil” difícilmente se puede imponer a la labor de zapa revolucionaria que, sigilosa y sibilinamente, se ha ido infiltrando en todas las capas de la sociedad: “Crear una nueva cultura –decía Gramsci- no significa hacer sólo individualmente descubrimientos originales, sino también, y especialmente, difundir críticamente verdades ya descubiertas, socializarlas, por así decirlo, y por lo tanto convertirlas en base de acciones vitales, elementos de coordinación y de orden intelectual y social”.

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