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LA IMPORTANCIA DE LA MOVILIDAD JUVENIL

Cultura europea y ciudadanía

Por Fernando Maura

Fernando Maura
Fernando Maura
Visto el asunto desde su perspectiva financiera -que es como mejor se observan las prioridades- podríamos decir que Europa está haciendo frente de forma razonable a sus restos culturales. El programa Europa Creativa, que ha sustituido al antiguo programa Cultura y al programa Media, y que pretende el apoyo a los sectores culturales, creativos y audiovisuales está dotado de un presupuesto de casi 1.500 millones de euros -entre 2014 y 2020-. Eso supone un incremento del 9% respecto de los presupuestos anteriores. El programa Europa Creativa marcaría la toma de conciencia por la UE de la importancia de los sectores cultural y de la creación en el empleo, el crecimiento y la innovación en Europa.

Se trata en realidad -aunque los presupuestos hayan visto su aprobación con anterioridad al comienzo de su mandato- de la misma visión que el nuevo presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, se planteaba respecto de la educación y de la cultura. En su discurso en Estrasburgo, el candidato luxemburgués establecía un relación directa entre la cultura y el desarrollo económico. Más aún, definía la cultura como catalizador de la innovación, de la cohesión social y de la creación de empleo para los jóvenes,

Por su parte, y en el mismo sentido, Juncker se refería a las políticas de educación en el marco de un triángulo en el que sus otros dos vértices serían los negocios y la investigación. No es extraño, es difícil que Europa compita en la economía global en mano de obra barata, precisamente.

En este sentido, la UE concede una gran importancia a la movilidad de los estudiantes. Lo hace a través del programa Erasmus Plus, que para esos años 2014-2020 alcanzará la cifra de casi 15.000 millones de euros -aproximadamente el doble del correspondiente a los últimos presupuestos.

No tengo ninguna duda de que el doble binomio cultura-desarrollo económico, educación-puestos de trabajo -y también una integración de los mismos- es cierta. Pero esas situaciones deberían a mi juicio resultar compatibles con lo que constituye un valor formativo y social de la cultura europea. Lo que podríamos señalar como el concepto de la ciudadanía europea, o lo que es lo mismo, la educación respecto de Europa en la escuela.

Me refiero al programa Europe for Citizens, del que soy ponente es, de entré los mencionados, el único que ha sufrido un drástico recorte en su presupuesto, pasando de 215 millones de euros a 186, lo que supone un 20% de reducción. Se trata del único programa que sale al contacto directo con los ciudadanos. Sus objetivos consisten en apoyar sus peticiones, sus actuaciones y sus derechos civiles. Se refiere además al valor común de ser ciudadano de Europa.

En este mismo sentido, he preguntado en el mes de octubre a la Comisión sobre las medidas que este organismo va a adoptar en orden a conceder un mayor espacio y recursos a las organizaciones de la sociedad civil europea, cuyo papel es fundamental en la construcción del proyecto europeo, tal y como lo señala el artículo 11º del Tratado.

No puedo comprender cómo, en plena expansión de las posiciones euroescépticas y aún eurófobas, como han puesto en evidencia las elecciones del pasado 25 de mayo, no se quiere hacer frente a este peligro con una reflexión sobre la necesidad de poner en valor la idea de la ciudadanía europea y, en consecuencia, de explorar la identidad común de los ciudadanos en el marco de la participación democrática en Europa.

Porque, sí bien Europa ha llegado tarde a la cultura -se atribuye a Jean Monnet la expresión según la cual sí tuviera que empezar de nuevo la construcción de Europa empezaría por la cultura-, si nuestro proyecto se ha fundamentado en los intereses económicos y no en valores; pienso que en esta oportunidad que estamos atravesando la economía no es suficiente. La ciudadanía debe tomar su protagonismo en el escenario europeo y esta debe hacerse visible en los jóvenes europeos, en las próximas generaciones, de manera muy significativa. Las personas mayores quizás puedan llegar tarde a su cita con el concepto de ciudadanía europea, es posible que no intuyan la idea de integración superior para saber que pueden ser miembros de una actuación global en un mundo que ha superado para siempre las viejas fronteras locales, regionales o nacionales. Pero los jóvenes tienen esa oportunidad que no deberían permitirse perder.

Es verdad que, de acuerdo con el principio de subsidiaridad -y más en especial en el ámbito cultural-, la Unión solo interviene cuando los objetivos pretendidos no pueden ser alcanzados de manera razonable por los Estados miembros. Por lo tanto, la acción comunitaria no sustituye a la de los Estados, la completa. En este caso, en el de la promoción de la ciudadanía europea, es evidente que el papel de las instituciones comunes es esencial. Nadie hay que la sustituya.

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