El fenómeno mediático-político ascendente Podemos no se puede despachar diciendo que son cuatro “perroflautas”, los “rojos de siempre”, unos “tapados de ETA” o un grupo de bolcheviques postmodernos. Son calificativos que aparecen en las redes sociales, pero que no explican lo que representa esta formación, ni a qué es debido su éxito ni lo que implica su irrupción en el panorama nacional. Hay que ir más allá de las descalificaciones gratuitas, interesadas, erróneas o viscerales para entender por qué han sacado 1.245.948 votos (7,97% de los votantes) en esta España lanar y mansurrona. Y, por ello, si analizamos su vídeo electoral (53 segundos inteligentísimos) podremos empezar a entender por qué su campaña se ha convertido en todo un éxito. Contra todo lo que pudiera parecer, en el vídeo no se recurre a los clichés, típicos y tópicos, de la izquierdona más cañí: no hay peticiones para legalizar los “porros” ni proclamas a favor del movimiento gay o del feminismo de género ni soflamas panegíricas del “okupamiento” o reivindicaciones de la “memoria histórica”. Tampoco aparece una profusión de banderas republicanas tricolores o banderas rojas al viento ni llamamientos a la “revolución proletaria” ni a la constitución de “consejos obreros y campesinos”. No hay consignas de otros tiempos.
Lo que sí se puede ver es a un campeón de España de jabalina, con la camiseta olímpica española, abrir el vídeo. Luego siguen rostros de personas comunes, como las que nos cruzamos todos los días al salir de casa, que denuncian sus problemas y animan a superarlos mediante la participación electoral. Van apareciendo el atleta enérgico, la trabajadora más que en precario, la estudiante, el científico discapacitado, el profesional jubilado, es decir, una muestra de los españolitos corrientes y molientes. Y todo aparece en el vídeo sin estridencias, intentando suscitar la esperanza entre los claroscuros del paro, el exilio económico, la deuda impagable, la corrupción generalizada y la falta de perspectivas laborales y sociales.
El éxito de Podemos se ha sustentado en cuatro pilares interactuantes fundamentales. El primero, la existencia previa del llamado “Movimiento 15-M” que ha aportado la “base social”, damnificada por la globalización: jóvenes que han de optar entre la precariedad o el exilio económico, clases medias “proletarizadas” con salarios menguados y “sufridores” de una presión fiscal creciente para pagar una deuda no generada por ellos, profesionales que contemplan horrorizados como España va camino de convertirse en una “nación de servicios” sin más horizonte económico.
El segundo pilar ha sido la utilización de “códigos comunicativos” y redes sociales que maneja su propia base electoral. Mientras el PP, el PSOE e, incluso, IU, han realizado una campaña electoral clásica y sin tirón, Podemos ha utilizado inteligentemente otros recursos completamente diferentes a los que ya se habían utilizado anteriormente por los partidos tradicionales. Podemos ha sabido hábilmente expresar sus consignas en los 140 caracteres de Twitter, tan claramente que los mensajes se entendían por sí mismos. Podemos ha realizado una campaña de perfil bajo, pero muy afinada respecto a los medios seleccionados, para así llegar a los grupos sociales que constituyen su target, su mercado político objetivo.
El penúltimo pilar ha sido muy simple: utilizar un “discurso propio” que ha venido en romper el esquema plano de los partidos tradicionales. El fondo estratégico de la cuestión ha sido para Podemos articular, por primera vez en España, un discurso antiglobalizador serio, aunque algo confuso, que responde a un hecho real. Y este reconocimiento de la crisis de la globalización contrasta con el discurso plano de los dos partidos mayoritarios que, aceptando el fenómeno globalizador sin más, solamente se han peleado para ver cual de los dos es el gestor empalidecido de la globalización en nuestra patria.
Y el último pilar, ha sido encontrarse con unas condiciones objetivas extremadamente favorables. Entendiéndose como “condiciones objetivas” aquellas que dependen de una coyuntura dada y sobre las que un movimiento político no puede operar: las que son, son inamovibles en cada época. Las “condiciones objetivas” de la España actual son: creciente deseo de cambio, descrédito del régimen partitocrático, insolidaridad extendida de las masas ciudadanas con la casta política, existencia de una crisis económica y social insuperable y profunda, incapacidad de los partidos tradicionales para superar la coyuntura actual, imposibilidad de superar la crisis moral de la nación. Por ello, Podemos ha sabido centrar solamente el mensaje en la respuesta a la angustia y al estado de ánimo de los grupos que constituyen su base social. Ha afinado extraordinariamente el mensaje y lo ha canalizado a través de las redes sociales. No ha perdido el tiempo con consignas poco rentables o que iban dirigidas a colectivos minoritarios.
Se viene aceptando que su orientación es de “izquierdas”, para unos y de “extrema-izquierda”, para otros. Aunque sería más fino y correcto definirlo como un movimiento de “izquierda alternativa”, más parecido fisonómicamente a la Syriza griega que al histrionismo del Movimento Cinque Stelle.
El éxito de Podemos responde a un cambio de percepción que está experimentando la sociedad española. Hasta ahora sólo era “políticamente correcto” votar a cualquiera de los partidos de la “banda de los cuatro”. Pero eso ya ha quedado lejos y en las últimas elecciones europeas (y también en las anteriores autonómicas catalanas) ha quedado claro que el electorado está experimentando un cambio de perspectiva inducido por tres fenómenos: el primero, el agotamiento del modelo político surgido de la Transición; el segundo, el despertar brusco de gran número de españoles motivado por la crisis económica; el tercero y último, los elevados niveles de corrupción que se están dando a todos los niveles del Estado.
De no haber sido por estos tres fenómenos y por las “condiciones objetivas, ya analizadas, Podemos jamás habría logrado hacerse con un espacio, ni siquiera mínimo, en el panorama político español. Hay que recordar que tanto las “condiciones objetivas” como el cambio de perspectiva del electorado español, estaban ahí, al alcance de cualquier fuerza política emergente que hubiera sabido hacer un análisis de coyuntura político-social correcto. Sólo lo supo hacer Podemos.
Y, para concluir, solamente precisar que la abdicación del Rey Juan Carlos I es la demostración más palpable de que la crisis económica ha mutado en crisis política, tras la persistencia de la crisis social. Quienes han precipitado el “problema real” son conscientes de que el período del bipartidismo imperfecto ha tocado a su fin y que en un futuro Parlamento en el que la “banda de los cuatro” estuviera capitidisminuida sería ya más difícil aprobar una Ley Orgánica que aceptara la abdicación del actual Monarca y la aceptación del Príncipe de Asturias como sucesos a título de Rey. En resumen, desde los llamados “poderes fácticos” (no perder de vista la última reunión del Club Bilderberg en Copenhage, entre el 29 de mayo y el 1 de junio, víspera del mensaje real) se reconoce con esta abdicación que se ha cerrado un ciclo y que otro está empezando a surgir.
- Luis Sánchez de Movellán de la Riva es Doctor en Derecho y Director de la Vniversitas CEU Senioribvs