PEDAGOGÍA AUSENTE
¿Dónde está el discurso de los empresarios?
Por Abel Cadiz
jueves 09 de julio de 2015, 16:30h
Actualizado el: 07/11/2015 15:52h
Cuando hay cierto temor por la convulsión del sistema político que nos dimos con la Constitución del 78, con una transición esforzada que no quieren reconocer algunos jóvenes propulsores de sustituirla, lo primero que se echa en falta es un discurso potente de quienes realmente crean riqueza. Porque -nadie se engañe- se puede redistribuir la riqueza poniendo más o menos énfasis en unos u otros capítulos sociales según sean los políticos que alcanzan el poder de legislar y gobernar, pero quienes generan esa riqueza, a partir del acto de emprender un proyecto con riesgo económico propio, solo son los empresarios.
El discurso ausente que viene faltando desde hace años en la vida española, debe ser pedagógico y con carga conceptual suficiente para desmontar las ideas de los que tratan de producir un cambio del modelo que ha proporcionado a Europa en su conjunto 70 años de paz y prosperidad, como nunca tuvo en veinte siglos transcurridos de nuestra era, por situarnos prescindiendo de los 800 años anteriores de Grecia y Roma. Y es importante que se construya ese discurso, porque lo que estamos escuchando con estudiada frecuencia va destinado a corroer nuestro modelo de economía liberal.
La plasmación del deseo de cambio viene del movimiento que ha incorporado a nuestra sociedad la indignación como motor de conducta. (Javier Marías lo ha descrito magistralmente en El País 5/7) Y como si se hubieran puesto de acuerdo Javier Cercas en el mismo día, señala quiénes son y por qué no han encontrado vías de participación política, en el anquilosado sistema de partidos, los nuevos protagonistas que reclaman sitio.
Para el objeto de este articulo, fijémonos en dos de los perfiles de quienes podrán ser dirigentes en nuestro próximo futuro si, como parece inevitable, se impone en las urnas el efecto combinado de la ignorancia y la indignación. Tales son, de una parte, Juan Carlos Monedero, emisor de una doctrina económica que ignora algo tan esencial como señaló Adam Smith al explicar la razón de la riqueza de las naciones (si hay pan suficiente en Londres no es por la bondad del panadero, sino por su deseo de obtener beneficio afanándose todos los días para fabricarlo con la intención de contratar más trabajadores, si le va bien, para aumentar su beneficio). Para Monedero, el empresario que no reparte en sueldos todo lo que gana la empresa es un ladrón (entrevista TV6). O sea que este docto profesor (así nos va en la Universidad) está anclado en un viejo principio marxista del siglo XVIII. Cómo enseñarle el concepto de que toda actividad empresarial reconvierte una inversión inicial de capital en productos o servicios que revierten en una cuenta de resultados, con capacidad de crear valor suficiente para pagar a los empleados, retribuir al capital, invertir en innovación y desarrollo y así asegurar la supervivencia de la empresa.
Dejemos ofertado que si este docente universitario incompleto desea un breve curso al respecto, podemos explicarle cómo funciona la generación de valor o riqueza para beneficiar al conjunto, salvo que él desee reiniciar aquí el sistema comunista en su primera modalidad china, rusa o en la actual de Cuba o Corea del Norte. Las contradicciones de nuestro personaje le llevan a descalificar a Felipe González de quien dice: “es un hombre de negocios que se está lucrando” (entrevista en El Mundo de 6-7). Y esto lo dice quien ha facturado cerca de 400.000 euros a Venezuela como asesor.
El otro protagonista del cambio político que las encuestas anuncian en grado presumiblemente fiable es Pablo Iglesias, el cual ha vertido su alma en El País y al hacerlo nos ha producido sentimientos encontrados. El primero es de cierta pena por cuanto nos declara de sí mismo y de las influencias que recibió: la abuela le inculcó el odio que ella sentía por el fusilamiento de un hermano en 1939. Su abuelo estuvo condenado a muerte hasta conmutarle la pena por 30 años de prisión. Sus padres, comunistas, le llevaron a ingresar a los 14 años en el PCE. He aquí un caso que, desde la empatía, hace comprensible el rescoldo de revancha que le impulsa. Pero él debe saber que la sociedad española que hizo la transición logró superar el odio. Marcelino Camacho (con diez años de cárcel a la espalda) habló en el Congreso de los Diputados elegido en 1977 teniendo como testigo, a un lado los grandes exiliados y al otro una derecha dispuesta a asumir los valores de la democracia. Y esto fue lo que dijo: “los comunistas que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”.
Cuando la izquierda llegó al poder dos años después en muchos Ayuntamientos y tres años más tarde al Gobierno de España, ya estaban probadas las intenciones y compartidos los valores constitucionales que han situado a España en Europa, con un estado de bienestar universalizado y sin plantearse volver al trato con los demonios del pasado. Y ahora vienen estos chicos a decirnos que todo lo hecho debe ser desmontado para crear un orden nuevo. Y un 22% de potenciales votantes les darán su confianza. ¿No es suficiente lo expuesto para exigir más pedagogía?