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LA MUERTE NO ES UN INVENTO RECIENTE

Muerte (In) digna

· Por Luis Sánchez de Movellán, Doctor en Derecho. Profesor y Escritor

By Luis Sánchez de Movellán
sábado 01 de abril de 2017, 08:56h
Actualizado el: 05 de abril de 2017, 08:16h
Luis Sánchez de Movellán
Luis Sánchez de Movellán
Si investigamos toda una serie de documentos, libros e informes sobre la eutanasia, podemos comprobar que la misma es arbitraria, no sometida a límites. Muchos médicos e incluso personal sanitario, convertidos en dioses, deciden sobre la vida de los pacientes, determinando aleatoriamente si una persona merece seguir viviendo o no. Una vez que se asume la eutanasia como normal, las autoridades no ejercitan los controles pertinentes para asegurar que el paciente ha solicitado, de manera libre y reiterada, que se le aplique la sedación mortífera. En muchos casos de depresión o desesperación irracional, el paciente puede expresar deseos de morir y en lugar de ayudarle a salir de ese estado depresivo o de esa situación de desesperación (que haría desaparecer ese deseo tanático) se le toma la palabra sin más y se pone en marcha el diabólico proceso mortuorial, en el que el paciente se ve atrapado como en una tela de araña.

Muchos galenos no se preocupan de resolver problemas complicados de salud en sus pacientes mayores, porque ya tienen a mano la eutanasia como “bálsamo de Fierabrás”. Los cuidados paliativos, que serían la alternativa ética a la eutanasia y supondrían una verdadera muerte digna, se abandonan y se adoptan medidas indignantes de corte meramente utilitarista y criminal.

En nuestra Patria, se está hablando ahora de introducir la eutanasia. Como ya viene siendo habitual, se empieza con eufemismos (muerte digna, ayuda a morir, piedad luctuosa) para ir “colando de matute” nuevas realidades, de manera que parezcan inicuas. La eutanasia es un paso más en el proceso de ingeniería social que pretende dar realidad al infierno del “mundo feliz” huxleyano.

Primero se afirmó, retorciendo a Freud, que todos teníamos barra libre sexual y el que no tenía relaciones sexuales era un reprimido. Luego, al aumentar exponencialmente el número de embarazos no deseados, se aseguró que la solución eran los anticonceptivos y se empezó a hacer publicidad de los mismos y a distribuirlos en escuelas y ambulatorios. Esto provocó una banalización de la sexualidad, con lo que, en lugar de disminuir, aumentó el número de embarazos no deseados. Entonces, se aseveró que era necesario el aborto, el cual se fue introduciendo, paulatina y sibilinamente, primero para algunos supuestos más restrictivos y luego liberalizándose hasta convertirlo en un derecho de la mujer, incluso para menores sin conformidad paterna y sin contar con el padre de la criatura. El aborto, los anticonceptivos y el socavamiento de la institución familiar, nos han conducido a un riguroso invierno demográfico.

El hecho de que haya cada vez menos jóvenes, junto con la áspera crisis económica (en parte producto de la era de automatización y digitalización crecientes que vivimos) ha supuesto un desfase entre las aportaciones a un sistema de pensiones (por reparto y no por capitalización) en el que cada vez es más lo que cobran los pensionistas y menos el dinero que entra para pagar las pensiones. De ello, se desprende una realidad apocalíptica para cuadrar las cuentas: los viejos empiezan a sobrar.

La sociedad ultramoderna donde se pretende implantar la postverdad, se está convirtiendo en una sociedad hedonista y utilitarista, donde cada uno busca gozar al máximo y para ello aspira alcanzar el poder a toda costa. La competencia deviene en feroz y despiadada, la verdad pasa a ser relativa o a no-ser, los débiles son cosificados y explotados, siendo la vida válida mientras sea meramente útil. Se nos promete un paraíso consumista y se nos conduce a un averno egocéntrico, en el que, como diría el maestro Jean-Paul Sartre, en su obra “A puerta cerrada”: “L´Enfer, c´est les Autres”.

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