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DEBILIDAD DE LOS PARTIDOS TRADICIONALES EUROPEOS

Macron y Europa, una unión imperfecta
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Macron y Europa, una unión imperfecta

· No está de más recordar que en 2017 el ascenso de la extrema derecha y el euroescepticimos que alimentaba los repliegues nacionales alcanzó su máximo apogeo en muchos países europeos y cuyo máximo exponente era el Brexit

viernes 01 de noviembre de 2019, 09:03h
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Cuando Emmanuel Macron ganó las elecciones presidenciales francesas de 2017 medios de comunicación, una buena parte de la opinión pública y muchos líderes políticos vieron en él el líder político que le hacía falta a la UE para tomar el suficiente impulso político que permitiera salir de las distintas crisis en las que se encontraba sumida en ese momento. La fundamental una crisis de identidad que dividía en cuatro partes a Europa, norte, sur, este y oeste, y que hacía necesaria una profunda reflexión sobre el proyecto que había comenzado hacia casi 70 años antes y que había traído la paz al continente.

No está de más recordar que en 2017 el ascenso de la extrema derecha y el euroescepticimos que alimentaba los repliegues nacionales alcanzó su máximo apogeo en muchos países europeos y cuyo máximo exponente era el Brexit, que ya se estaba negociando en aplicación del artículo 50 del Tratado de la UE; que la crisis con Moscú como consecuencia del conflicto en Ucrania seguía su curso; o que la crisis de la gestión del refugio había minado profundamente la confianza y la solidaridad entre los estados miembros. Además, de las cuestiones internas, el nuevo y flamante líder francés se encontraba en un momento en el que la política internacional recobraba su dinamismo y se volvían a escuchar palabras como geopolítica después de algún tiempo escondidas. Trump ya estaba en la Casablanca, Putin seguía en el Kremlin, China era una realidad y la lucha por la información y el relato era la verdadera batalla por ganar.

Los partidos tradicionales europeos, socialdemócratas y conservadores, se encontraban en un momento de enorme debilidad, incapaces de dar con un discurso político que fuera atractivo para un electorado desencantado de las promesas antes, durante y tras la crisis económica y que no encontraban respuestas en la idea de Europa. Los partidos etnonacionales comenzaban a adquirir una mayor presencia pública, extrema derecha, populismo y ultraconservadurismo ganaban adeptos entre la población. De hecho, en las elecciones presidenciales de 2017, ninguno del dos partidos históricos franceses había competido en la segunda vuelta. Socialistas y republicanos habían quedado fuera de la competición. El social liberalismo de Macron se media con la ultranacionalista Lepen.

Con una Angela Merkel de salida de la política, el Reino Unido fuera de juego, Italia a la deriva política, Macron reivindicaba la fuerza del eje franco-alemán, y la vuelta las raíces de Europa con discursos sobre su futuro que a muchos hicieron ilusionar. Nada más lejos de lo que estaba por llegar. No era más Europa lo que quería el líder galo, en realidad, quería una Europa que se pareciera más a Francia y menos al resto, sobre una ideología de más liberal que social. Más allá de una auténtica renovación política, seguía una deriva continuista con unas políticas sociales que no beneficiaban en nada a los sectores más débiles y empobrecidos. Lo sorprendente es que esto generara sorpresa. Macron había sido el ministro de trabajo francés que había puesto en marcha la reforma del mercado de trabajo y que había sacado a la calle a sindicatos y trabajadores. Los chalecos amarillos no eran más que un nuevo episodio de los efectos de la misma política.

Cuando tuvieron lugar las elecciones europeas en la primavera de 2019, Macron consideró afianzado su liderazgo europeo. Situaba a una francesa a la cabeza del Banco Central Europeo, y el grupo Renew Europe se convertía en indispensable para el nombramiento de los topjobs. El nombramiento de Van der Leyen como Presidenta de la Comisión le hizo alentar la ilusión de que los estados estaban recuperando parte de poder y que, sin cambiar las cosas, podrían manejar a la Comisión a su antojo.

Sin embargo, no contaba Emmanuel con la capacidad de bloqueo por parte del Parlamento Europeo. Tampoco contaba con que socialistas y conservadores pudieran jugarle una mala pasada, no se atreverían con él. Y sin embargo, se han atrevido. De los tres comisarios rechazados por los eurodiputados, uno es húngaro, otra es rumana y la última es francesa. Macron mandó a Bruselas a una candidata manchada por el escándalo de la corrupción, Sylvie Goulard, y por muy francesa que fuera, fue reprobada.

Es probable que imaginemos la estupefacción del Presidente francés, el más europeísta de todos los líderes europeos. Lo que, sin duda, no estaba en el guión es que esa estupefacción fuera seguida de una rabieta que se materializó con el bloqueo en el Consejo Europeo de octubre a la apertura de las negociaciones de ampliación con la República de Macedonia del Norte y con Albania.

Desde luego, esta no es, ni mucho menos, la estrategia más europeísta que se podía haber adoptado. Esta decisión, deja en una situación de inestabilidad política a uno de los mejores aliados de Bruselas en la región de los Balcanes, Zaev, que había puesto todo su capital político al servicio de la perspectiva europea de su país. Sin duda, la decisión de Macron, va a generar más euroescepticismo y desconfianza en las instituciones europeas en este y en el resto de países de la ampliación. Y esto mismo hará que miren hacia otras latitudes en busca de mayores apoyos y fiabilidad. Macron ha demostrado que le importa más la grandeur francesa que la construcción de una Europa fuerte.

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