Es una realidad que las desigualdades de género se acentúan en tiempos de crisis. De este modo, con el estallido de la Covid-19, se han hecho visibles profesiones feminizadas y que hasta ahora habían permanecido invisibles. Me estoy refiriendo a trabajos sanitarios, de cuidado de personas, cajeras, educación o la hostelería. Es justamente por eso que millones de mujeres antes invisibles se han convertido en heroínas anónimas que han conseguido dar respuesta a la grave crisis en la que todavía estamos inmersos. Esta heroicidad se ha hecho palpable no sólo en los trabajos sino también en los hogares donde las mujeres se han hecho cargo del cuidado de los niños y del hogar compaginando en muchos casos el teletrabajo (circunstancia que les ha provocado una mayor ansiedad y estrés).
Mi pregunta es: ¿Las mujeres son diferentes a los hombres? La respuesta es más que clara si atendemos a la legislación. La Constitución Española, nuestra ley de leyes, reconoce la igualdad entre hombres y mujeres, condena la discriminación por razón de sexo y reconoce la igualdad como un derecho fundamental especialmente protegido[2]. Por su parte, la Unión Europea también lucha por esa igualdad que se configura como principio general inspirador y fundamental que los Estados miembros deben de respetar y garantizar[3]. En España, contamos con un Ministerio de Igualdad, con un Instituto de la Mujer y Para la Igualdad de Oportunidades y con otras tantas instituciones encargadas de realizar estudios y de denunciar las situaciones de injusticia social en las que se encuentran las mujeres. Sin embargo, si sobre el papel está todo tan claro, ¿por qué continuamos hablando de desigualdad?
Albert Einstein dijo en una ocasión: “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio” Creo realmente que resulta tan difícil eliminar estas desigualdades a causa de unas creencias del pasado instauradas tanto el subconsciente masculino como en el femenino y que cuesta eliminar. Hemos conseguido grandes logros como el acceso al mercado laboral, el poder cursar estudios de todo tipo y en algunos casos acceder a puestos de responsabilidad. Sin embargo, continuamos chocando con el temido y archiconocido por todas nosotras techo de cristal. ¿Les suena esa famosa barrera invisible que dificulta que las mujeres, en igualdad de estudios y capacidades que los hombres, puedan acceder a puestos de responsabilidad?
Ahí va otro concepto que me gustaría compartir con todos ustedes y que me parece muy interesante: “Suelo pegajoso”. Concepto que se emplea para describir aquellas circunstancias que mantienen a las mujeres en la base de la pirámide económica. Me refiero a circunstancias como las responsabilidades y cargas familiares. Las mujeres nos seguimos esforzando en compaginar el hogar con el trabajo intentando convertirnos en “supermujeres”. En nuestra mente, asumimos que tenemos que ser capaces de llegar a todo y de atender las necesidades de todo nuestro entorno y si no lo logramos nos sentimos frustradas. ¿Por qué es necesario poder llegar a todo sin importar el precio que debemos pagar por ello? En mi caso, creo que se trata de un tema de repetición de patrones.
Nuestras madres y abuelas han sido un ejemplo de superación y de lucha para todas nosotras. Sin embargo, hemos crecido viendo cómo en algunos casos han sacrificado sus carreras profesionales o incluso han hecho juegos malabares para poder tener sus casas bien atendidas y perfectas mientras cumplían con sus responsabilidades en el trabajo y todo ello sin quejarse. ¿Estamos obligadas a repetir los roles? ¿Acaso los hombres no pueden asumir responsabilidades domésticas? ¡Por supuesto que pueden! Pero volvemos al mismo punto de partida: están copiando patrones con lo que al final se acaban instaurando unos estereotipos difíciles de eliminar. En una ocasión, leí una frase que me gustó mucho: “Un buen padre tiene algo de madre”. Todo esto no significa que no hayamos avanzado en la desintegración de estos prejuicios pero el camino es lento. Del mismo modo, no quisiera generalizar porque sé que hay hombres que han crecido en otro entorno y han aprendido a tratar a la mujer en igualdad de condiciones.
En otros puestos de trabajo las mujeres se encuentran con otro fenómeno que también me gustaría compartir con ustedes: el ascensor de cristal. Este término se utiliza para explicar cómo en algunas profesiones (básicamente femeninas) los pocos hombres que acceden a ellas consiguen ascender más rápido que sus colegas mujeres. ¿Se debe esto a que las mujeres tienen menos capacidades? No lo creo en absoluto. Se han desarrollado estudios para intentar explicar por qué las mujeres no acceden a puestos de liderazgo y muchos de ellos hablan de la existencia de valores diferentes en los hombres y en las mujeres. Las mujeres se vinculan más a los sentimientos, se identifican con la comunidad o el grupo, tienen más facilidad para expresar sus sentimientos y valoran más la colaboración, la relación, el cuidado, la protección y el diálogo.
Por su parte, los hombres se asocian más a la competitividad, al individualismo, son más racionales y actúan mejor en situaciones de estrés al poder tomar decisiones fríamente y de forma rápida. Se mueven más por la persecución del éxito y por eso son más racionales. Estas diferencias de valores han hecho que en las sociedades en general cale el pensamiento del “Think manager- think male” por el que se piensa que los puestos de dirección requieren de ciertas habilidades o características que sólo los hombres poseen. Es importante romper con estos planteamientos. Por un lado, porque en el fondo, no creo que se trate tanto de habilidades o aptitudes como de actitud. Por otro lado, tenemos que empezar a pensar que los hombres y mujeres se complementan y no se excluyen. ¿No sería perfecto el individuo si contara con valores femeninos y masculinos? Sin duda, sería un “superhombre” o una “supermujer”.
Les invito a dar vueltas a la idea de la existencia de valores femeninos y masculinos y por tanto de la exclusión para centrarse en la idea del ser humano como un jardín de capacidades. Todo individuo cuando nace es como un jardín con una vegetación incipiente que son sus capacidades. El azar, su entorno, sus experiencias y su educación determinarán qué plantas estarán presentes. De este modo, todo individuo, hombre o mujer, tendrá unas habilidades que son las que les harán únicos. Como sociedad es importante que demos facilidades para que nuestros recién llegados adquieran el máximo de habilidades posibles para que tengan las mismas oportunidades y que sean libres para decidir por ellos mismos qué plantas quieren para su jardín.
Es cierto que hemos conseguido mucho en la lucha por nuestros derechos pero no es menos cierto que aún quedan muchos prejuicios por eliminar. A nivel personal, me gustaría que nos dieran las mismas facilidades para acceder a puestos de mayor responsabilidad y que en las entrevistas de trabajo no nos repitieran de forma reiterada eso de “se requiere de disponibilidad absoluta” como asumiendo que por ser mujer ya tienes unas cargas que serán incompatibles con el puesto de trabajo. Estamos lejos de esa representación paritaria de género tan buscada y sobre todo en puestos de liderazgo. No quisiera finalizar mi artículo sin dar las gracias a nuestras madres, abuelas y a todas aquellas mujeres que continúan luchando y que incluso, han dado su vida por defender unos valores y derechos que nos son propios. Gracias a todas por allanarnos el camino y enseñarnos a luchar.
[1] Las cifras mensuales de Eurostat muestran que mientras la tasa de desempleo masculina subió de un 6,2% a un 7,1% en el caso de las mujeres el aumento de la tasa de paro fue más significativo pasando de un 6,7% a un 7,9%.
[2] Artículo 1.1 CE: “España (…) propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”
Artículo 14 CE: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer ningún tipo de discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo (…)”
Artículo 53.2 CE: “Igualdad formal se configura como un derecho fundamental especialmente protegido”
[3] Artículo 2 TFUE: “La Unión se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, de la libertad, de la democracia, de la igualdad (…) Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre hombres y mujeres”