En España, “unidos”, se refiere a los ciudadanos. En cuanto a la diversidad, se cita para recordar elegantemente que dichos ciudadanos no pueden ser discriminados por cuestiones de raza, religión, sexo, territorio, cultura…, puesto que, afortunadamente, los ciudadanos españoles son muy diversos. Sin exagerar. Hay más diversidad en Francia o en Italia, por ejemplo, pero, dichosamente, tenemos admirable diversidad, sobre todo cultural y folclórica, sin la cual España no sería España. La diversidad española, estructural y cultural, existe desde siglos y nada ni nadie puede acabar con ella. Algunos pueden pretenderlo bajo la dictadura del pensamiento único o de un talibanismo ideológico o religioso, pero en democracia eso es vano intento como lo demuestran las grandes democracias de nuestro entorno. De hecho la única manera de acabar con algo de diversidad en España, sería… acabar con España.
Llegamos a un punto interesante. Cualquier observador objetivo de la dinámica española de los seis últimos lustros (al menos) se percatará que, políticamente, y ante la total eclosión de la permanente diversidad española, lo que está en peligro es la palabra “unidad”. Dicho de otra manera, el deber apremiante de los Gobiernos es recuperar urgentemente la amenazada unidad de los ciudadanos españoles. Justo lo contrario de lo que lleva ocurriendo hace treinta años. Peor aún, el bonito lema se ha convertido en consigna en boca de los destructores de la unidad para perseguir todo lo contrario. El último intento (sorprendentemente impune) es decretar que España es “Nación de naciones” (sic). El camino más directo para crear españoles de distintas categorías, de hacerlos desiguales ante la Ley, de destrozar cualquier asomo de solidaridad interpersonal y, a la postre, de establecer unos distinto niveles de libertad para “convivir”. Una aberración democrática mayúscula e indecente. Y es que la pretensión no es desunir a los españoles, sino desintegrar España, de suerte que se acabó la unidad y la diversidad.