La quinta, situada en un rincón apartado del ruido de la capital, parecía el lugar ideal para un hombre que enfrentaba los tormentos de la edad, la sordera que lo acompañaba desde hacía años y las cicatrices psicológicas que la perdida de sus hijos había dejado en su espíritu. En esta propiedad, rodeado por la naturaleza serena de las riberas del Manzanares, Goya comenzó un periodo de intensa producción creativa.
En 1812, el curso de su vida dio un giro definitivo con la muerte de su esposa, Josefa Bayeu, quien había sido su compañera durante décadas. La pérdida lo sumió en una profunda melancolía, pero también consolidó su vínculo con la quinta, a la que se trasladó de manera definitiva. Allí, encontró el espacio necesario para dar rienda suelta a una obra que se adentraba cada vez más en lo sombrío y lo introspectivo. Su casa, en la calle Valverde, se la queda su hijo, Francisco Javier, a pesar de que el pintor ya le había regalado otra vivienda en el centro de Madrid por su boda unos años antes.
En 1814, tras la expulsión de los franceses de España, Goya volvió su mirada hacia los horrores que había presenciado durante la ocupación. En su quinta, creó una de las obras más icónicas de la pintura universal: Los fusilamientos del 3 de mayo, un grito desgarrador contra la violencia y la barbarie. Paralelamente, retrató a Fernando VII, el monarca que volvía al trono, con una mezcla de maestría y mordacidad que solo un genio como Goya podía lograr.
El vínculo de Goya con la quinta se fortaleció aún más en 1819, cuando decidió comprarla a su propietario, Pedro Marcelino Blanco, apodado “el Sordo”, por la suma de 9.522 reales. Con esta adquisición, la finca pasó a ser más que un refugio; se convirtió en su hogar y en el escenario de una de sus etapas creativas más enigmáticas. Goya emprendió obras en el edificio y los alrededores de la finca, adaptándola a sus necesidades, y fue allí donde comenzó a plasmar las que serían conocidas como las Pinturas Negras. Estas obras, cargadas de simbolismo y angustia, transformaron las paredes de su casa en un lienzo que reflejaba las profundidades de su alma y los temores de su tiempo.
Sin embargo, los años finales de Goya en la quinta estuvieron marcados por la incertidumbre. En 1823, temiendo por su patrimonio debido a la inestabilidad política y la restauración absolutista de Fernando VII, decidió donar la propiedad a su único nieto. Este acto no solo respondía a una preocupación práctica, sino que también reflejaba la crisis personal que lo consumía. Aislado y enfrentando sus propios demonios, el pintor comenzó a planear su partida definitiva.
En 1824, Goya dejó atrás la quinta y su amado Manzanares para instalarse en Burdeos, buscando un exilio voluntario lejos de las tensiones de la España absolutista. Allí, en tierra extranjera, continuó creando hasta el final de sus días, falleciendo en 1828, en un silencio que contrasta con la intensidad de su vida y obra.
Hoy, las Pinturas Negras resplandecen en la sala 67 del Museo del Prado, un lugar que les otorga el reconocimiento y la inmortalidad que merecen. Sin embargo, estas obras maestras estuvieron a punto de perderse para siempre, como la quinta que fue tanto su hogar como su lienzo. La historia de su preservación es casi tan intensa y dramática como las propias pinturas.
Se reivindica poco la presencia de Goya en el histórico territorio de Carabanchel que hoy forma parte del distrito de Latina. Es algo que hace el libro 15 imprescindibles de Carabanchel y Latina, aunque sería deseable que las administraciones públicas tomaran cartas en el asunto ante esta imperdonable omisión.