Antonio de Orleans llegó a España como duque de Montpensier y esposo de la infanta María Luisa Fernanda, hermana de Isabel II. Aquel matrimonio no fue un simple enlace dinástico: fue la puerta de entrada de un ambicioso príncipe francés en el corazón de la política española. Desde el primer momento, Orleans entendió que el trono era un objetivo posible, no para él de manera inmediata, pero sí para su linaje. Y en ese tablero de poder, Carabanchel ocupó un lugar estratégico.
La Quinta de Vista Alegre, situada entonces en el corazón de los Carabancheles, pasó a formar parte de su inmenso patrimonio gracias a la cesión de bienes realizada por la reina madre María Cristina de Borbón. Aquella finca, concebida como espacio de recreo, representación y prestigio, simboliza bien la relación entre el poder cortesano y un territorio que hoy identificamos con una idea muy distinta de ciudad. Vista Alegre fue escenario de lujo, de arte y de decisiones tomadas lejos del pueblo, pero que terminaron influyendo de forma decisiva en su devenir histórico.
El relato incluido en 15 imprescindibles de Carabanchel y Latina reconstruye con pulso narrativo la obsesión de Antonio de Orleans por alcanzar la Corona: las intrigas, la financiación de conspiraciones, su implicación indirecta en la revolución de 1868 y, finalmente, el episodio que marcó su caída definitiva: el duelo a muerte con su primo Enrique de Borbón en la Dehesa de los Carabancheles, en 1870. Aquel enfrentamiento, ocurrido en suelo carabanchelero, no solo segó una vida, sino que enterró para siempre sus aspiraciones al trono y selló su destino político.
Hoy, cuando el Distrito 11 se reivindica con fuerza como barrio cultural de Madrid, comparado cada vez con referentes europeos como Montmartre, Chiado o el Soho londinense, resulta especialmente pertinente mirar atrás. Carabanchel ya fue, en el siglo XIX, un espacio donde se cruzaban poder, patrimonio, ambición y modernidad. Lo fue desde parámetros aristocráticos; hoy lo es desde la cultura, la creación artística y la memoria compartida.
Reivindicar Carabanchel como espacio cultural no significa borrar su historia, sino integrarla en su magnífico presente. Desde palacios decimonónicos hasta fábricas, desde la construcción de colonias arquitectónicas hasta los movimientos vecinales que transformaron el barrio, y, por supuesto, desde la nueva creación artística contemporánea, Carabanchel ha sabido reinventarse sin renunciar a su memoria. Y en esa memoria, incómoda pero fascinante, también habita la sombra de un duque que quiso ser rey y encontró en este territorio uno de los escenarios decisivos de su destino.
No es casual que este relato esté dedicado a Antonio Sánchez Molledo, cuya obra Mis paseos por Carabanchel. Historia, sabores y vanguardia ha supuesto un auténtico punto de inflexión en la forma de concebir y narrar el distrito. Sánchez Molledo ha sabido conjugar memoria, cotidianidad y futuro, convirtiendo el paseo en una herramienta cultural y el barrio en un relato vivo. Gracias a libros como el suyo, Carabanchel ha dejado de explicarse desde el margen para reivindicarse como epicentro: un territorio creativo, diverso y en plena ebullición, donde conviven galerías, arte urbano, gastronomía y una ciudadanía cada vez más consciente de su valor histórico y cultural.
En ese diálogo entre pasado y presente, entre la ambición de un duque sin corona y la energía cultural de un barrio que se reinventa, reside la verdadera fuerza del Distrito 11. Y en obras bibliográficas como las de Antonio Sánchez Molledo se encuentran, sin duda, algunas de las claves para entender por qué Carabanchel ya no solo se vive: se piensa, se escribe y se reivindica.